22.3.21

Bartók: "El castillo de Barbazul" Op. 11 - BB 62

Bartók con los protagonistas del estreno de la ópera en Budapest (1918):
Olga Haselbeck (Judith), Oszkár Kálmán (Barbazul) y Desző Zádor (director de escena)

Bartók escribió tres obras para la escena: dos ballets y una ópera. Su única ópera se titula A kékszakállú herceg vára, esto es, El castillo de Barbazul. Fue compuesta en el año 1911 y revisada en dos ocasiones, en 1912 y 1917-18; finalmente se estrenó el 24 de mayo de 1918 en la Ópera Real de Budapest. Es una obra breve, con solo dos personajes (si no contamos al narrador que introduce la historia), que está muy influida por el Pelléas de Debussy, pero también acusa las de Wagner (algún leit-motiv hay por ahí) y Richard Strauss (en la orquestación). Está basada en el cuento clásico de Perrault y narra la historia de Judith, cuya curiosidad le hace ir abriendo puerta tras puerta en el castillo de su recién estrenado esposo, Barbazul, hasta que se encuentra con su perdición. Es una obra que tal vez mereciera ser más conocida; desde el principio sufrió la incomprensión y fue rechazada en dos ocasiones (en 1911 y 1912) por "inejecutable". Hoy en día quizá se conozca más pero no es precisamente de las más populares: dura poco y es muy exigente desde todos los puntos de vista.

15.3.21

Bartók: Cuarteto de cuerda n.º 3 BB 93

 


Se suele decir que el grupo de seis cuartetos de cuerda que compuso Béla Bartók entre 1908 y 1939 es el más importante desde los de Beethoven. Ignoro si el gran compositor húngaro estaría de acuerdo. Él nunca consintió en encuadrarse en ninguna de las corrientes dominantes de su época y desarrolló su carrera lejos de los centros musicales más importantes. Defendió de forma acérrima su libertad en este aspecto y también en otros, lo cual le llevó a enfrentarse a los diversos regímenes totalitarios que empezaron a proliferar por Europa y que al final lo condenaron a un triste exilio en Estados Unidos. Mucha relación tiene con ese país la pieza que hoy os traigo, el Cuarteto n.º 3, pues fue un encargo de la Musical Fund Society de Filadelfia y en aquella ciudad se estrenó en 1928.




8.3.21

Bartók: 44 dúos para dos violines BB 104 (selección)

 

Béla Bartók en 1927

Una de las facetas más importantes de Béla Bartók es la de pedagogo. Nos dejó importantes obras de este tipo, algunas más difundidas que otras. Quizá su Mikrokosmos, para piano, un conjunto de 153 piezas distribuidas en seis libros, escritas entre 1926 y 1939, sea la más célebre. También compuso Para los niños con la misma intención, en este caso 79 piezas para piano en cuatro volúmenes que datan de entre 1908 y 1945, el año de su muerte. La tercera de estas grandes composiciones pedagógicas, quizá la menos conocida, son los 44 dúos para dos violines, de 1931-32, de la que extrajo algunas piezas para crear nuevas obras (como la Petite suite para piano BB 113) y que tenía la misma intención que las anteriores, en todos los casos aprovechando las músicas populares de diferentes países que fue recopilando en su labor como folclorista. Aquí os traigo una pequeña selección.


1.3.21

Bartók: Concierto para violín nº. 1 BB 48a

 

Béla Bartók en 1899

Los fastos beethovenianos de 2020 (y la puñetera pandemia, que también ocupó su espacio) nos impidieron celebrar otros acontecimientos. Uno de los más importantes, quizá, fue el 75 aniversario de la muerte de Béla Bartók, que teníamos que haber recordado el 26 de septiembre del año pasado. Bartók, uno de los músicos más importantes del siglo XX, fue, además de compositor, pedagogo e infatigable recopilador de melodías populares del centro de Europa, Anatolia y el norte de África. No es de extrañar este gusto por lo popular de muchas culturas diferentes, teniendo en cuenta que nació en lo que se podría considerar un crisol de culturas. Su localidad natal se llamaba Nagyszentmiklós cuando vino al mundo el 25 de marzo de 1881 y formaba parte de Hungría; hoy es la ciudad rumana de Sânnicolau Mare. Bartók, que desde muy pronto mostró dotes musicales, recibió sus primeras lecciones de su madre. En Bratislava, fue discípulo de László Erkel antes de trasladarse a Budapest para proseguir sus estudios. Allí conoció a Zoltán Kodály, con quien emprendió su primera expedición recopilatoria de músicas y cantos populares. Por entonces ya había compuesto bastante música, influida por el tardorromanticismo de Richard Strauss con Liszt y Wagner en la recámara. De esa primera época es la obra que os traigo aquí, el primer Concierto para violín, escrito en 1907-08, una vez concluido ese periplo de exploración folclórica que os he mencionado. En palabras de Paul Griffits, este concierto es un "adiós al compositor romántico tardío que Bartók había sido en su juventud", y también a la violinista Stefi Geyer, de quien estuvo enamorado y para quien compuso la pieza. Aquí lo tenéis, interpretado nada menos que por Isaac Stern:


22.2.21

Beethoven: a modo de epílogo ("Gratulations-Menuett" WoO 3)

 

Nikolaus Johann van Beethoven, hacia 1841
(Retrato de L. Gross)

A modo de epílogo

Termino con esta entrada las dedicadas a Ludwig van Beethoven en el 250 aniversario de su nacimiento. Una conmemoración que ha tenido la mala suerte de coincidir con el año de la pandemia, lo cual ha marcado los momentos en los que he ido publicando los trocitos de mi Vida de Ludwig van Beethoven. Los dos meses de confinamiento los he compensado con los dos meses de este año 2021 que he dedicado aquí al genio de Bonn. Y en este postrer texto, incluyo el que es el epílogo del libro que tantas veces he citado (pp. 378-380) y en el que después hay una lista exhaustiva de las obras de Beethoven, tanto las que tienen número de opus como las que no (WoO), así como todas las catalogadas por Hess.

¿Qué fue de los amigos más cercanos y familiares de Beethoven después de su muerte? Hagamos un breve repaso como epílogo a esta vida del compositor. 

Stephan von Breuning no tardó mucho en seguirlo: murió el 4 de junio de 1827. A pesar de estar enfermo, quiso presenciar la subasta del legado de Beethoven y supervisarla para que no hubiese engaños. Esto le produjo una recaída en la enfermedad hepática que sufría, lo cual lo llevó a la muerte.

Zmeskall, el amigo más duradero de Beethoven en Viena, que no había podido ir a verlo dado su estado de postración pero con quien siguió comunicándose (la última nota del compositor dirigida a él tiene fecha de 18 de febrero de 1827 ), se había retirado de su puesto en la cancillería de Hungría en 1825; murió el 23 de junio de 1833. 

Schuppanzigh estrenó la nueva versión del cuarteto Op. 130, con el final alternativo que sustituyó a la Grosse Fuge, el 22 de abril de 1827, menos de un mes después de la muerte de su autor. Falleció prematuramente el 2 de marzo de 1830. 

Holz nunca llegó a emprender la tarea de escribir la biografía de Beethoven, como veremos en el Apéndice 1. Murió en Viena el 9 de noviembre de 1858, un hecho que ni siquiera sirvió para mitigar el odio que Schindler sentía por él. 

Schindler, por su parte, abandonó Viena poco después de la muerte de Beethoven para seguir con su carrera musical en Pest y, tras un breve regreso a Viena, en Münster, Aquisgrán y, por último, en Fráncfort. En 1840 hizo aparecer la primera edición de su biografía de Beethoven y en 1846 vendió la mayor parte de los documentos sobre Beethoven de los que se había apropiado a la Biblioteca Real de Prusia. Murió el 16 de enero de 1864, tras cuarenta años proclamando haber sido el mejor amigo de Beethoven y la mayor autoridad en su vida y su obra. 

En cuanto a Nikolaus Johann, Gerhard von Breuning hace un retrato un tanto descarnado de él tras la muerte de Beethoven: 
Durante algunos años tras la muerte del gran «propietario de un cerebro», su hermano, el «propietario de tierras» desempeñó un extraño e ingenuo papel. Durante la vida de Ludwig el interés de Johann por sus obras se limitó a las posibles ganancias que reportasen; ahora intentaba presentarse como un admirador elogioso. En los conciertos con música de su difunto hermano se sentaba en la primera fila, ataviado con una chaqueta azul y un chaleco blanco y gritaba «bravos» con su enorme boca al final de cada pieza, dando palmas con sus manos embutidas en guantes blancos con aire de importancia. Estos guantes excesivamente grandes, con sus dedos colgantes, se podían ver asimismo en otros lugares, en los elegantes paseos por el Prater, donde Johann paseaba con un conjunto de dos, incluso muchas veces cuatro, poderosos, oscuros caballos con ornados arneses, rígidamente sentado en un anticuado faetón, o en ocasiones él mismo guiaba, inclinado, casi tumbado, con dos criados con sobrecargados, aunque bien puestos, uniformes dorados, sentados en el otro banco del carruaje detrás de él. Se decía de los dos lacayos que solo uno era el cochero, mientras que el otro era un conserje de su casa en la Allegasse, vestido para la ocasión. También se decía que, en contra de lo habitual, el arnés y las dos libreas, cuya calidad y hechura sugerían que provenían del mercadillo, se guardaban en el vestíbulo de Johann. Toda esta pretenciosidad y en general el aspecto de Johann (que no tenía parecido físico con Ludwig: tenía una cara larga, gran nariz, un ojo estrábico, que daban a su rostro un aspecto de perpetua satisfacción de sí mismo) le valieron el apodo de «Archiduque Lorenz», según el familiar proverbio sobre la gente que se comporta para dar un gran espectáculo y que se conduce ridículamente en el proceso. 
Nikolaus Johann enviudó en 1828 y la hija natural de Therese, Amelie, murió en 1831. Así que cuando falleció el 12 de enero de 1848 se cumplió el varias veces repetido deseo de su hermano: su único heredero fue el sobrino Karl. 

Johanna, la otra cuñada, la «Reina de la Noche», siguió con sus perpetuos problemas económicos y ello le llevó a intentar sacar provecho de uno de los documentos más importantes de los dejados por su cuñado. Había llegado a sus manos el «Testamento de Heiligenstadt», que Artaria había entregado a Jakob Hotschevar, tutor de Karl, en noviembre de 1827 y en 1840 intentó venderlo utilizando para ello a Liszt como intermediario; el documento se subastó en 1842 pero no llegó a alcanzar el precio que ella pedía y Liszt aportó la diferencia. Johanna murió el 2 de febrero de 1868, con cerca de 82 años de edad. 

Dejamos para el final a Karl. Tras la muerte de Breuning, asumió su tutela Hotschevar, que, recordemos, había ayudado a Johanna en las primeras etapas del pleito contra Beethoven. La ejerció hasta que en septiembre de 1830 Karl alcanzó la mayoría de edad. Poco después, en mayo de 1832, renunció a su puesto de segundo teniente en el ejército y ese mismo año, el 16 de julio, se casó con una joven de Iglau llamada Karolina Barbara Naske, con la que tuvo cinco hijos. Pasó el resto de su vida en Viena, viviendo de las rentas que le dejaron sus tíos, como un ciudadano respetable. Murió el 13 de abril de 1858.

Como ilustración musical os traigo una obra no muy conocida y que, como su nombre indica, fue una muestra de agradecimiento -el mismo que tengo yo por quienes habéis mostrado la paciencia de leer estos garabatos sobre Beethoven-. Se trata del Gratulations-Menuett WoO 3, escrito en 1822 como parte de una serenata en honor de Karl Henser, empresario teatral con quien Beethoven mantuvo una excelente relación.



15.2.21

Beethoven: El oscuro año 1821 (Sonata para piano nº. 31 Op. 110)

 

Napoleón, en sus horas más bajas
(Pintura de Paul Delaroche, Museo de Bellas Artes, Leipzig)

Voy a ir poniendo fin a estas entradas dedicadas a Beethoven en el 250 aniversario de su nacimiento. Dos más quedan, la primera de ellas referida al año más oscuro de su vida, del que hay menos documentos. Se trata de 1821, del que se cumple el bicentenario. Así os lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 273-275):

El de 1821 es un año especialmente oscuro para los biógrafos de Beethoven. No se conservan cuadernos de conversación (de hecho, no hay tales documentos entre septiembre de 1820 y junio de 1822) y en la obra de Anderson solo hay 23 cartas correspondientes a 1821, la mayoría sin interés fáctico ya que se refieren a negociaciones con editores. Lo poco que se sabe es que Beethoven estuvo la mayor parte del tiempo enfermo, con fiebre reumática e ictericia. Acaso lo más lamentable de esta laguna documental sea no saber cómo reaccionó Beethoven, si es que lo hizo de alguna manera, a la muerte de Josephine Brunsvík-Deym-Stackelberg, cuya triste vida terminó prematuramente (acababa de cumplir 42 años) el 31 de marzo. Quizá sea significativo hacernos eco, como Forbes, de la entrada del diario de Therese, la hermana de Josephine, escrita el 12 de julio de 1817: 
Si Josephine no sufre un castigo por Luigi ¡ay – su esposa! ¡Qué no habría hecho ella de este héroe!
Igualmente desconocemos qué pensó al enterarse de la muerte de Napoleón, que ocurrió en Santa Elena el 5 de mayo. Sin embargo, su actitud hacia él es posible que cambiase, si hacemos caso a Czerny, que lo visitó en Baden en 1824, y escribió que tras mostrar a Beethoven un anuncio de prensa de la Vida de Napoleón de Walter Scott el compositor dijo: «Napoleón, antes no lo toleraba. Ahora pienso de forma totalmente distinta». 

Sí que sabemos que pasó los meses de buen tiempo en Döbling, Unterdöbling y Baden, que completó una primera versión de la sonata Op. 110 y que comenzó la Op. 111. Entre las pocas cartas no relacionadas con los editores de este año se encuentran varias a la familia Brentano. El 12 de noviembre escribió a Franz, primero disculpándose por no haberse comunicado con él antes, algo que achaca a su mala salud; lo más importante es que insinúa que la Misa está ya cerca de ser completada si es que no lo estaba ya: 
Admito que la Misa se podría enviar más pronto. Pero se ha de controlar cuidadosamente para que los editores que no están en Viena no puedan ciertamente hacer cara y cruz con mi manuscrito, como sé por experiencia, y una copia de ese tipo se ha de controlar nota a nota antes de poder ser grabada.
Hay que tener en cuenta que Beethoven mandaba sus manuscritos a Simrock por medio de Brentano y es probable que en ese momento siguiese pensando en vender la obra al editor de Bonn, ya que dice:
Me inclino a pensar que aún podría yo hacer otro intento para que Simrock suba el valor del luis de oro, particularmente dado que por otras partes he hecho algunos tanteos sobre la Misa, sobre las cuales le escribiré ciertamente muy pronto. 
Poco después, el 6 de diciembre, escribió a Maximiliane, hija de Franz y Antonie, a quien dedicó la sonata Op. 109: 
¡¡¡Una dedicatoria!!! Bien, no es esta una de aquellas dedicatorias de las que usan y abusan miles de personas – Es el espíritu que une a la gente más noble y magnífica de este mundo y que el tiempo nunca puede destruir. Es este espíritu el que ahora habla con usted y que le convoca a la mente y me hace verla aún como una niña y como sus queridos padres, su muy excelente y dotada madre, su padre imbuido con tantas cualidades verdaderamente buenas y nobles y siempre pendiente del bienestar de sus hijos. Así, en este mismo momento estoy en el Landstrasse – y los veo ante mí. Y como pienso en las excelentes cualidades de sus padres no tengo la menor duda de que usted estará bien y que diariamente será inspirada por una noble imitación de ellos – La memoria de una noble familia nunca se puede desvanecer en mi corazón. Ojalá piense en mí alguna vez con un sentimiento de felicidad – Mis deseos más sinceros. Que el cielo bendiga su vida y todas sus vidas por siempre –
                                                                                    Cordialmente y siempre su amigo
                                                                                                                                                    Beethoven 
El 20 de diciembre volvió a escribir a Franz, casi pidiendo disculpas por haberse precipitado al dedicar la obra a su hija sin haber solicitado su permiso y le pide que «le dé de nuevo recuerdos suyos a su excelente y excepcionalmente adorable Toni».

Como estampa musical, aquí tenéis una de las obras con las que estaba enfrascado este oscuro año, la Sonata para piano nº. 31 en la bemol mayor Op. 110, interpretada por Sviatoslav Richter.


8.2.21

Beethoven: Gneixendorf (Último movimiento del Cuarteto Op. 130)

 

Wasserhof, la casa de Nikolaus Johann van Beethoven en Gneixendorf
(Foto CC BY-SA BSonne)

Gneixendorf

Después del intento de suicidio de Karl, Beethoven se derrumbó. Además de la desazón que debió de suponer el hecho en sí, estaba el problema de que se consideraba una suerte de delito grave, con lo cual no le vino mal marcharse de Viena, aunque fuese a un sitio al que se había resistido a ir durante mucho tiempo: la finca de su hermano Nikolaus Johann en la localidad de Gneixendorf. Así os lo cuento en la Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 351-355):

(...) por fin Beethoven aceptó ir a Gneixendorf, en concreto a Wasserhof, la finca que su hermano compró a unos 80 kilómetros de Viena en agosto de 1819 y a la que le había invitado a ir muchas veces, algo que siempre había rechazado. Sabida es ya la animadversión que sentía por la esposa de Nikolaus Johann y por su hija ilegítima. En alguna de las cartas que se han reproducido aquí se han recogido algunos de los poco caritativos epítetos que les dirigió (*). Este sentimiento, que sin duda venía ya de la visita de 1812 a Linz, se exacerbó cuando en 1823, durante una grave enfermedad de su hermano, Therese tuvo un amante al que incluso metió en su casa. Beethoven consideró denunciar esta conducta de su cuñada, que no tenía que ser un caso aislado, a la policía y llegó a pedir a su hermano que se divorciase y nombrara a Karl su único heredero. 

Tampoco es que ayudase la actitud de «nuevo rico» que muchas veces mostraba el hermano y que exasperaba a Beethoven. Conocida es la anécdota según la cual en una ocasión, a una de las notas en las que Nikolaus Johann firmaba como «propietario de tierras» contestó su hermano como «propietario de un cerebro». 

En agosto Nikolaus Johann invitó de nuevo a Beethoven a que se refugiase allí, lejos de Viena, pero la respuesta fue bastante clara: 

No voy –

                                                                    Tu ¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿hermano??????!!!! 

                                                                                                                                                    Ludwig 

Sin embargo, poco menos de un mes después la idea sí que le debió de parecer buena. Allí podría Karl terminar de recuperarse, su cabello crecería y se disimularía la ignominiosa herida. El sobrino fue dado de alta el 25 de septiembre; tras dejar encarrilados unos cuantos asuntos de negocios y escribir varias notas y cartas, los dos hermanos y el sobrino salieron hacia Gneixendorf el jueves 28 de septiembre; allí llegaron el viernes por la tarde, en principio para pasar solo una semana, que es lo que se había previsto que tardaría en solucionarse la entrada de Karl en el regimiento de Stuttenheim. La estancia, sin embargo, se prolongó dos meses. 

Thayer, que visitó Gneixendorf en 1860, se ocupó con su habitual meticulosidad de reconstruir la estancia de Beethoven allí preguntando a testigos presenciales; de esa manera elaboró un relato que muy poco tiene que ver con la idea que Schindler había transmitido en su biografía: que allí había pasado el compositor un infierno, que se le había poco menos que abandonado, que se le dieron malas habitaciones, que se le cobró por su alojamiento… Como dice MacArdle, Schindler «permitió que su rencor hacia el hermano Johann venciese a sus obligaciones como biógrafo». De ahí que resumamos aquí el minucioso relato de Thayer. 

La zona de Gneixendorf era bastante plana y en ella había más viñedos y praderas que árboles, es decir, no era el paisaje que más gustaba al compositor, pero aun así Beethoven no dejó de disfrutar de paseos por las 160 hectáreas de terreno que ocupaba la finca de Nikolaus Johann, la mayoría de las cuales estaban arrendadas. Además, desde las habitaciones que tenía en la casa podía verse el Danubio. Esto le hizo a Beethoven escribir a Schott: 

El distrito en el que estoy ahora me recuerda hasta cierto punto al país del Rin que ardo en deseos de volver a visitar. Pues lo dejé hace mucho, cuando era joven. 

Al menos al principio, la situación fue todo lo apacible que permitía un carácter tan difícil como el de Beethoven, que nunca fue un buen inquilino. Además, llegó enfermo y aunque en principio sus ojos parecieron recuperarse un tanto, poco a poco fue yendo a peor. Gerhard von Breuning cuenta que llegaron desde Gneixendorf cartas a su padre –que no se conservan– que hicieron pensar a Stephan que podría caer gravemente enfermo. 

Sin embargo esto no fue así, al menos en los primeros momentos. Beethoven fue capaz de trabajar, incluso de establecer una rutina en ese sentido: en Gneixendorf terminó el cuarteto Op. 135 y también el nuevo final del cuarteto Op. 130 y empezó a esbozar el quinteto que había prometido a Diabelli años antes. Acompañó a su hermano en algunas visitas e incluso hubo algo semejante a un trato cordial con su cuñada –a la que llegó a confiar un importante recado: recoger el dinero por el nuevo final del Op. 130, que se había entregado en Viena a su hermano Leopold Obermayer. Además hubo los habituales problemas con los criados. En cuanto a Karl, lo de siempre: reproches, preocupaciones cuando salía a Krems, una localidad bastante mayor que Gneixendorf –que no era sino una aldea con una sola calle– situada a una hora de camino, donde no solo compraba a su tío material de escritura, sino que también podía jugar a los bolos, una de sus principales aficiones. 

Es probable que el clima cada vez más frío y el empeoramiento de la salud de Beethoven, que empezó a tener hinchazón de pies, dolores abdominales, sed y falta de apetito (muestras de la enfermedad hepática que acabó con él), unidos a la actitud de Karl, que debía de llevar una vida bastante regalada en Gneixendorf, provocasen que se fueran de allí. Nikolaus Johann, sin duda para evitar una discusión con su hermano, le escribió la siguiente carta a finales de noviembre: 

Mi querido hermano:
No puedo permanecer callado más tiempo sobre el destino futuro de Karl. Está abandonando toda actividad y, acostumbrándose cada vez más a esta vida, cuanto más tiempo viva como actualmente más difícil será hacerlo volver a trabajar. Al marcharse, Breuning le dio dos semanas para recuperarse y ya han pasado dos meses. – Ves por la carta de Breuning que su deseo expreso es que Karl se apresure a acudir a su llamada; cuanto más tiempo esté aquí, más desgraciado será para él, pues más duro será para él ponerse a trabajar y pudiera ser que sufriese daños.
Es una pena infinita que este talentoso joven desperdicie así su tiempo, y ¿si no es sobre nosotros dos, sobre quién ha de recaer la culpa? Pues aún es demasiado joven para seguir su propio camino; razón por la cual es tu obligación, si no quieres que más adelante te lo reproches a ti mismo y te lo reprochen otros, ponerle a trabajar en su profesión tan pronto como sea posible. Una vez esté ocupado será fácil hacer mucho por él ahora y en el futuro, pero bajo las actuales circunstancias no se puede hacer nada.
Veo por sus actos que le gustaría quedarse con nosotros, pero si lo hace será a costa de su futuro y por tanto esto es imposible. Cuando más dudemos, más difícil será para él marcharse; por tanto solemnemente te pido – decídete, no te dejes disuadir por Karl. Pienso que debería estar hecho el próximo lunes, pues en ningún caso puedes esperar por mí ya que no puedo marcharme de aquí sin dinero y pasará largo tiempo antes de que reúna lo suficiente para permitirme ir a Viena. 

Beethoven aceptó a regañadientes la propuesta y aún de peor gana lo hizo Karl, que puso todo tipo de excusas para demorar en lo posible el regreso a Viena. Este viaje está rodeado de oscuridad; Schindler quiso culpabilizar a Nikolaus Johann y también a Karl de lo que sucedió después y por tanto indica que el hermano no quiso dejar a Beethoven su carruaje cerrado para el viaje y por tanto hubo de hacerlo en uno abierto, expuesto al gélido clima de finales del otoño. El doctor Wawruch, que luego lo atendería en Viena, recogió el testimonio de Beethoven quien, según él, decía con humor que el viaje se había hecho en un carro de lechero. 

Tampoco está clara la fecha en la que se realizó este viaje de vuelta, si fue el 27-28 de noviembre o el 1-2 de diciembre. Fuese en una u otra, Beethoven hubo de pasar la noche en una taberna de una aldea, sin protección contra el frío, y, en palabras de Wawruch (que sin duda obtuvo la información del propio Beethoven y de Karl): 

Hacia la medianoche se apoderaron de él los primeros escalofríos y la fiebre, acompañados de una violenta sed y dolores en el costado. Cuando la fiebre empezó a subir, se bebió un par de jarras de agua helada y, en su desesperada situación, anheló la llegada de los primeros rayos de la aurora. Débil y enfermo, se subió al carruaje abierto y, finalmente, llegó a Viena debilitado y exhausto. 

Así que cuando arribó a Viena se había unido una neumonía a todo lo que ya tenía; por eso, la primera tarea fue buscar un médico.

(*) «su sobrealimentada puta y su bastarda» (Carta a Karl Bernard 10 de junio de 1825, Anderson nº 1387) 

Como ilustración musical, os pongo el nuevo final del Cuarteto Op. 130, que completó en Gneixendorf, la última pieza que fue capaz de concluir:

1.2.21

Beethoven y su sobrino (y IV): el intento de suicidio de Karl (Cuarteto en la menor Op. 132)

 

Dagerrotipo de Karl van Beethoven en su edad adulta

Beethoven y su sobrino (y IV): el intento de suicidio de Karl

Una vez consiguió la victoria ante los tribunales y le fue concedida la tutela exclusiva de su sobrino, Beethoven comenzó una extraña relación Karl. Amargos reproches alternaban con almibaradas reconciliaciones y arrepentimientos. No fue una relación muy normal y llegó a un punto de inflexión con el intento de suicidio del sobrino, que devastó al compositor. Así os lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 342-349):

Pero esta situación, esta vida placentera que podría haber tenido Beethoven gracias a la cercanía de esta familia [la familia Breuning], se vio empañada por el creciente deterioro de la relación con Karl, del que hay manifiestas pruebas en la correspondencia y en los Cuadernos de conversación de estos meses. Beethoven pasó la temporada de buen tiempo de 1825 en Baden, mientras Karl permanecía en Viena en casa de Schlemmer. Beethoven esperaba que lo fuese a visitar todos los domingos y festivos –lo cual sin duda perturbaba los estudios de Karl– y pedía a sus amigos y a Schlemmer que vigilasen al joven, ya que sospechaba que se estuviese juntando con malas compañías y que se viera en secreto con su madre. Ya en mayo escribió a Schlemmer: 
¡Señor!
Encuentro muy extraño que sea casi imposible hacer que Karl vaya con agradables compañías a donde en este tiempo podría estar disfrutando de la manera más deseable. De hecho, uno tiende a sospechar que tal vez está disfrutando realmente por la tarde o incluso por la noche de algunas compañías que ciertamente no son tan deseables – Le pido que preste atención a esto y que no permita que Karl deje su casa por la noche bajo ningún pretexto, a no ser que haya recibido algo mío por escrito mediante Karl – Una vez fue a casa del Hofrat Breuning, pero yo lo sabía – Le insto a que esté al tanto de esta cuestión que no ha de ser indiferente ni para usted ni para mí, y una vez más le recomiendo que le preste la mayor de las atenciones. Soy, señor, su muy leal
Beethoven 
En los documentos de ese verano hay numerosos reproches del tío, que culpabiliza de la situación no solo a Johanna sino también a su hermano, y excusas y lamentos por el agobio sentido por parte del sobrino. Beethoven, además, controlaba estrictamente el dinero que tenía Karl a su disposición, lo que le llevó a pedir prestado a las criadas, para irritación del compositor. Sin embargo, también hay cartas mucho más amables e incluso encargos importantes que demuestran que Beethoven aún confiaba en Karl. En definitiva, un tremendo vaivén emocional que oscilaba entre duras regañinas y exageradas muestras de arrepentimiento y perdón. 

Así, el 22 de mayo, apenas llegado a Baden, le escribió diciendo: 
Hasta ahora solo conjeturas, aunque alguien me aseguró que había tratos secretos nuevamente entre tú y tu madre – ¿He de experimentar otra vez la más abominable de las ingratitudes? No, si este lazo se ha de romper, que así sea, pero cualquier hombre imparcial que sepa de esta ingratitud te habrá de despreciar – los comentarios de mi digno hermano y, además, lo que ha escuchado al Dr. Reisser, como dice él, y tu comentario de ayer sobre el Dr. Sonnleithner, que, desde luego, ha de afligirme, a la vista del hecho de que el Landrecht hizo precisamente lo contrario de lo que él pidió, bien, ¿nuevamente me he de ver envuelto en estas vulgaridades? No, nunca más – en el nombre de Dios si el pacto te oprime – te devolveré a la Divina Providencia. He hecho mi parte y con esto puedo comparecer ante el Juez Supremo de todos los jueces. No temas venir conmigo mañana. Aún puedo presumir, quiéralo Dios, de que nada de esto es verdad. Pues si fuese cierto tu infelicidad sería infinita, por muy desenfadadamente que el canalla de mi hermano y tu –madre se tomen este asunto –
Te espero con certeza – junto con la vieja 
En otras cartas se despide de él diciendo «Lamentablemente, tu padre o, aún mejor, no tu padre». Muchas de las cartas de este verano tienen ese tono, de reproche por la ingratitud de Karl, instándolo continuamente a ir a verlo y atacando a su hermano, al que llama asinaccio, es decir, «borriquito». Karl, por su parte, intenta justificar su renuencia a las visitas por el trabajo que le suponían los estudios: 
Es imposible tener todo hecho hoy si también he de atender a varias cosas con usted. Pero me llevaré algunas cosas porque estamos muy atareados y los domingos hemos de escribir todo lo que se ha presentado durante la semana entera. 
Al final de la temporada, con el traslado de Beethoven de regreso a Viena, tuvo que haber una especie de crisis. El compositor quería a toda costa que Karl estuviese con él en ese momento, pero debió de agobiarlo tanto que desapareció y, posiblemente, se fue con su madre. He aquí la carta que le mandó Beethoven poco después de la mudanza, hacia el 17 de octubre, un ejemplo del polo opuesto a los reproches: 
¡Mi amado hijo! Basta ya – Solo ven a mis brazos, no escucharás ni una palabra de reproche. Oh, Dios, no te abandones a tu miseria. Se te recibirá con el mismo cariño que antes. Ya hablaremos cariñosamente qué se ha de considerar y qué se ha de hacer en el futuro. Bajo palabra de honor ningún reproche, ya que en ningún caso harían bien ahora. De ahora en adelante puedes esperar de mí solo el más cariñoso cuidado y ayuda – Pero ven – Ven al fiel corazón de
                                                                                                                                       tu padre
Beethoven
                    Volti sub[ito] 
Ven a casa inmediatamente al recibir esta.
Si vous ne viendres pas vousm
me tûerès surement
        lisés la lettre et restés
a la maison chez vous, venes
de m’embrasser votre pere
vous vraiment adonné soyes
assurés, que tout cela resterà
entre nous.
En nombre de Dios, vuelve a casa hoy. Si no, ¿quién sabe qué peligro podría acecharte? Deprisa, deprisa. 

La cosa siguió después más o menos igual. Si bien al principio parece que el comportamiento de su sobrino en el Instituto mejoró –aunque no su progreso en los estudios– Beethoven quería que Karl volviera a vivir con él, algo que al final no pasó ya que este lo convenció de que no sería bueno estar tan lejos del Instituto y le señaló que solo le quedaba un año allí, después del cual no tendrían por qué estar separados. Beethoven aceptó a regañadientes, pero siguió haciendo que sus amigos, sobre todo Holz, estuvieran pendientes de él, controlando su uso del dinero y alternando regañinas y cariños. Beethoven preguntaba continuamente a Karl por sus gastos y este contestaba con evasivas; se endeudó bastante, es posible que a causa del juego, y así se puso en una situación bastante comprometida. 

Llegó un momento en que Karl dejó pasar bastante tiempo sin ir a ver a su tío. Beethoven pidió a su hermano que indagase la causa; Nikolaus Johann habló con Karl y comunicó a su hermano que la razón era que temía las frecuentes regañinas por sus errores del pasado. No faltaron escenas violentas, en las que Karl llegó a levantar la mano a Beethoven. Siguió viendo a su madre y a su amigo Niemetz y empezó a llamar a su tío «el viejo loco», del que además decía que podía hacer lo que quisiera. Era una situación que no podía acabar bien, como, en efecto, así fue. A finales de julio de 1826, se informó a Beethoven de que su sobrino había desaparecido y de que tenía intención de quitarse la vida.

En ese momento, finales de julio, escribió Schlemmer en un Cuaderno de conversación: 
La historia, resumida, pues ya se la ha escuchado a Hr. Holz: supe hoy que su sobrino intentaba pegarse un tiro antes del próximo domingo como muy tarde. En cuanto al motivo lo único que pude saber es que era a causa de sus deudas, pero no del todo, solo en parte estaba admitiendo él que eran las consecuencias de faltas anteriores.
* * *
Miré a ver si había signos de preparativos; encontré en su arcón una pistola cargada y preparada, con balas y pólvora. Le cuento esto para que pueda usted actuar en este caso como su padre. La pistola está en mi poder. 
Beethoven envió a Holz al Instituto Politécnico a buscar a Karl, pero se le escabulló. Como Schlemmer le había quitado las pistolas que ya tenía, marchó a una casa de empeños, donde dejó su reloj. Con el dinero que obtuvo compró nuevas armas, balas y pólvora. No volvió a casa de Schlemmer, sino que se fue a Baden. Escribió notas para su tío y para Niemetz; después marchó al Helenenthal, uno de los lugares favoritos de Beethoven, y en las ruinas del castillo de Rauhenstein, probablemente el día 6 de agosto, se pegó dos tiros en la cabeza. Por suerte para él no tenía que ser muy buen tirador: una de las balas ni lo rozó y la otra le hizo una simple herida superficial en el cuero cabelludo y quedó alojada bajo la piel, junto al hueso del cráneo. Un carretero lo encontró, herido, y lo llevó a Viena, a casa de su madre. 

Beethoven corrió a verlo; Karl se limitó a decirle que estaba hecho, sin más, y que no lo acosase con lamentos y reproches. También que buscase un médico que no hablase de más, ya que el intento de suicidio era por entonces tratado como una acción criminal. Beethoven, por consiguiente, escribió la siguiente nota para el Dr. Smetana, que ya había operado a Karl de hernia en casa de Giannatasio:
Muy honorable Herr von Smetana,
Ha ocurrido una gran desgracia, que accidentalmente Karl se ha infligido a sí mismo. Espero que aún se le pueda salvar, especialmente usted si acude rápidamente. Karl tiene una bala en la cabeza; cómo, ya lo sabrá – Pero rápido, en nombre de Dios, rápido.
Respetuosamente suyo, Beethoven
Para ayudarlo rápidamente, fue necesario llevarlo a casa de su madre, donde está ahora. Le adjunto la dirección. 
Entretanto, se había llamado a cierto doctor Dögl, cirujano, con lo cual se puede inferir que Holz no llegó a entregar la nota anterior a Smetana, que estaba al tanto y dijo que Dögl era un buen médico y que no iría a ver a Karl para no comprometerlo. Así se hizo. 

Fue Holz quien comunicó el caso a la policía, como era obligatorio. Informó a Beethoven de que habría una severa amonestación y también vigilancia policial. Fue la policía la que trasladó al herido desde la casa de su madre hasta el Allgemeines Krankenhaus (Hospital General) de Viena el lunes 7 de agosto. La ley decía que el acto cometido por Karl era un delito contra la Iglesia y, por lo tanto, pasaría estar a cargo de sacerdotes que le impartirían una serie de enseñanzas hasta que mostrase claros signos de arrepentimiento. 

Tanto el religioso que se le asignó, un redentorista, como Beethoven y sus amigos intentaron por todos los medios que el joven se explicase, que dijera qué le había llevado a tomar una decisión tan drástica, sin mucho éxito. De los interrogatorios que hubo en el hospital sí que se dedujo que el problema no era el temor ante los exámenes, sino que su tío lo tenía «prisionero», que estaba cansado de ello y de la vida en general dado que Beethoven lo atormentaba, era excesivamente riguroso y él había reaccionado siendo peor justo porque su tío quería que fuese mejor. 

Es de imaginar el efecto que tuvo sobre Beethoven este incidente. Así lo narra Gerhard von Breuning:
La noticia fue aplastante para Beethoven. El dolor que sintió por este suceso fue indescriptible; estaba destrozado, como un padre que hubiese perdido a su amado hijo. Mi madre se encontró con él en el Glacis; estaba tremendamente nervioso, «¿Sabe usted lo que me ha pasado? ¡Mi Karl se ha pegado un tiro!» – «Y – ¿ha muerto?» «No, solo ha sido un rasguño, aún vive, hay esperanza de que se pueda salvar; – pero, la desgracia que me ha causado; ¡lo quería tanto!» 
Schindler, por su parte, es aún más drástico: 
En la figura encorvada del maestro se podía ver la profunda tristeza por la pública infamia que una vez más había caído sobre su nombre. El cuerpo una vez robusto y vigoroso ahora se presentaba ante nosotros como el de un anciano de casi setenta años, rota su voluntad, dócil, doblándose ante la más ligera brisa. 
Sin duda, desde ese momento la familia Breuning se encargó de dar consuelo al compositor, como gran parte de la sociedad vienesa, una vez conocido el incidente. Sin embargo, lo mortificó saber que había un sector que lo culpabilizaba a él. 

Gerhard von Breuning cuenta lo que le relató el cirujano Ignaz Seng, que entonces era ayudante en el Hospital General, que pudo ver allí a Beethoven mientras Karl estaba ingresado: 
Yo era ayudante en el Hospital General de Viena en la división quirúrgica del Jefe Médico Gassner, a la cual pertenecía también una parte de la que se conocía como planta de los Tres Gulden; vivía a la izquierda, en el gran patio frontero al edificio central, donde estaba la oficina, en la planta baja. Avanzado el verano de 1826, mientras hacía mi ronda, se me acercó un hombre con un gabán gris; a primera vista lo tomé por un ciudadano corriente. Preguntó secamente: «¿Es usted el Dr. Ayudante Seng? En la oficina me han mandado a usted. ¿Está el sinvergüenza de mi sobrino en su pabellón?» Pregunté el nombre de la persona por la que se interesaba, contesté afirmativamente y le dije que el paciente estaba en una habitación de la planta de los Tres Gulden, se le había vendado una herida de arma de fuego y si quería verlo. Acto seguido dijo: «Soy Beethoven». Y mientras lo llevaba, siguió: «En realidad no quiero verlo; no se lo merece, me ha causado demasiados problemas, pero...» y después continuó hablando de la catástrofe y el cambio en la vida de su sobrino y cómo lo había echado a perder con tanta amabilidad, etc. Pero yo estaba totalmente anonadado viendo más allá de este vulgar exterior al gran Beethoven ante mí, y le prometí cuidar lo mejor posible de su sobrino. 
Holz discutió con Beethoven qué sería lo mejor para Karl dadas las circunstancias. Se recuperó la idea de una carrera militar que se había descartado antes, ya que según le dijo a Beethoven: «Una vez con los militares, estará bajo la más estricta disciplina y si quiere usted hacer algo más por él no necesita más que darle una pequeña asignación mensual». Aunque en principio Beethoven pareció dudar, por fin se convenció de que era la mejor solución. Recurrieron para ello a Breuning, que trabajaba en el Ministerio de la Guerra, quien, tras dar su propia aprobación al proyecto, se dirigió al barón Joseph Stutterheim, teniente mariscal de campo, que era propietario, junto con el archiduque Luis, del 8º Regimiento de Infantería, estacionado en Iglau, Bohemia (hoy Jihlava, en la República Checa). El barón aceptó a Karl en su regimiento e incluso prometió que si progresaba bien le guardaría una plaza de oficial. El agradecimiento de Beethoven se tradujo en la dedicatoria de su Cuarteto Op. 131, como veremos más adelante. 

También se habló de la necesidad de que Beethoven entregase la tutela de Karl; evidentemente, Reisser ya no iba a seguir siendo cotutor y había que buscar un sustituto. Aunque Holz y el doctor Bach estuvieron de acuerdo en aconsejar a Beethoven un cambio en este sentido, el asunto se dejó en suspenso en tanto continuara la convalecencia del herido en el hospital.

Como ilustración musical de este desagradable episodio, os traigo otro de los últimos cuartetos de Beethoven, el Op. 132:


25.1.21

Beethoven: El estreno de la Novena Sinfonía (Últimos compases de la Novena Sinfonía)

 

Karoline Unger

El estreno de la Novena Sinfonía

Se trató de uno de los grandes éxitos de nuestro compositor. Así os lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 302-306):

Convencido, pues, de que sus obras se tendrían que presentar en Viena, Beethoven encomendó a Schindler la farragosa tarea de encontrar un local y unas condiciones adecuadas para que el concierto tuviese lugar, aunque en la organización del evento también desempeñaron importantes papeles Lichnowsky, Nikolaus Johann e incluso Karl, en estos dos últimos casos para gran disgusto de Schindler. La primera idea fue utilizar el Theater an der Wien, que parecía el más adecuado por su tamaño para el evento. El conde Pálffy, su dueño, aceptó alquilarlo en unas condiciones bastante ventajosas que hacían de Beethoven por 1.200 florines el «amo y señor» del teatro, su orquesta y su coro, en palabras de Schindler. Sin embargo, no contento con esto, el compositor quiso además imponer su propio director musical y su maestro concertador. Los del teatro eran Ignaz von Seyfried y Franz Clement, y Beethoven quería a Umlauf y Schuppanzigh. Parece ser que Pálffy no tenía inconveniente en que se retirase Seyfried, pero no consintió que se sustituyese a Clement, al menos si Beethoven no se dignaba mandarle una nota que preservara su orgullo profesional como músico; pero ni aun así Clement parecía estar dispuesto a ponerse a las órdenes de Schuppanzigh. 

Por tanto, hubo que buscar otras opciones. Aunque se consideraron la Redoutensaal y (por consejo del editor Steiner) la Landständischer Saal, un pequeño local para unos 500 espectadores donde se celebraban los Concerts spirituels, Schindler acabó hablando con Duport, gerente del teatro Kärntnertor; aquí no había problema con los cambios de director y concertador, pero las condiciones eran peores para el compositor. Sin embargo no había otra opción. A estos problemas se unía la tradicional indecisión de Beethoven que, siempre en palabras de Schindler, «un día se oponía a vender las entradas de los palcos y de orquesta por suscripción, al día siguiente aprobaba la venta; un día quería al barítono Farti (el único capaz de cantar la parte del bajo en el último movimiento de la sinfonía tal y como estaba escrita) y al día siguiente prefería al bajo profundo Preisinger, aunque su rango no se extendía más allá del re sobre el pentagrama y no podía alcanzar el mi y el fa sostenido escritos en la parte, y así». A esto se unieron exigencias de Duport sobre el número de ensayos tanto del coro como de la orquesta y otras nimiedades como, por ejemplo, el intento de Beethoven de subir los precios habituales, algo que no consiguió a pesar de las gestiones de Duport ante la policía. 

Schindler cuenta también que para que se decidiera, urdió una treta con Lichnowsky y Schuppanzigh para que al fin tomase una decisión. Se encontraron con él como si fuese por azar, le hicieron expresar su opinión, uno de ellos la anotó medio en serio medio en broma y luego le dieron a firmar el texto. Beethoven se dio cuenta, montó en cólera y escribió estas tres célebres notas: 
No me visite más. No voy a dar un concierto. B – vn 
Le exijo que no venga de nuevo hasta que le envíe aviso de hacerlo. No habrá concierto. B – n
Desprecio lo que es falso – No me visite más. No habrá concierto – B – vn 
Por si estos problemas fueran pocos, se añadió la censura. Se pusieron objeciones al título «Misa» y a que se cantasen los textos en latín. Beethoven tuvo que escribir a Franz Sartori, jefe de la oficina de censura diciéndole que las obras se habían copiado ya y que no había tiempo de preparar otras que las sustituyesen. Añadía, además, que «en cualquier caso solo se van a interpretar tres obras de iglesia que, además, se llaman himnos». El conde Lichnowsky finalmente hubo de apelar al jefe de la Policía, conde Seldnitzky, que por fin dio su aprobación. 

Por tanto, por fin se pudo dar el concierto, que se fijó para el 7 de mayo. He aquí lo que decía el programa oficial: 

GRAN 
CONCIERTO MUSICAL 
de 
HERR L. van BEETHOVEN 
que tendrá lugar 
Mañana, 7 de mayo de 1824 
en el R. e I. Teatro de la Corte detrás de la Kärnthnerthor 

Las piezas musicales que se interpretarán son las últimas obras de Herr Ludwig van Beethoven 
Primero: Una gran Obertura 
Segundo: Tres grandes Himnos con voces solistas y coro. 
Tercero: Una gran Sinfonía con voces solistas y coro entrando en el finale sobre la Oda a la Alegría de Schiller. 
Las partes solistas las interpretarán las Demoiselles Sontag y Unger y los Herren Haizinger y Seipelt. Herr Schuppanzigh ha asumido la dirección de la orquesta. Herr Kapellmeister Umlauf la dirección de todo el conjunto y la Sociedad Musical el refuerzo de los coros y la orquesta como favor. 
El mismo Herr Ludwig van Beethoven participará en la dirección general 
Precios de entrada, los habituales. 
Comienzo a las 7 en punto de la tarde. 

La obertura fue la Op. 124, La consagración de la casa y los tres «himnos», el Kyrie, el Credo y el Agnus Dei de la Misa. El teatro se llenó; solo hubo una significativa ausencia: la de la familia imperial, aunque Beethoven y Schindler habían ido personalmente a invitarlos. Los emperadores se habían marchado de Viena unos días antes y el archiduque Rodolfo, lógicamente muy interesado, no pudo asistir por hallarse en Olmütz. 

Desde el punto de vista artístico, el concierto fue un gran éxito, a pesar de que la interpretación estuvo lejos de ser perfecta, seguramente a causa de la escasez de ensayos. El aplauso fue atronador. El compositor, como es lógico, no podía oír la ovación, y Karoline Unger hubo de tirarlo de la manga para que se diera cuenta, se volviese ante el público y la recogiese. En este sentido es más que elocuente la crítica que apareció en la Allgemeine Musikalische Zeitung, que cita Schindler en su biografía: 
Dónde podría encontrar las palabras para hablar a mis lectores de estas obras maestras cuya grandeza trascendió una interpretación que dejó mucho que desear, especialmente en la sección vocal, ya que tres ensayos fueron inadecuados para una obra que ofrece dificultades tan extraordinarias, mientras que la expresión de la imponente fuerza general, el equilibrio de luces y sombras, una perfecta seguridad de entonación y sutiles sombras de color fueron casi imposibles. Sin embargo, el impacto fue indescriptiblemente maravilloso y potente; se aclamó con gritos entusiastas elevados al maestro desde corazones desbordados, ¡pues su genio inagotable nos había abierto un nuevo mundo y desvelado mágicos secretos inauditos e insospechados de música divina! 
Sin embargo, desde el punto de vista económico el éxito no fue tan parejo. Descontando los gastos de alquiler del teatro, de copiado, etc., le quedaron a Beethoven 420 florines con los que aún tenía que sufragar alguna otra cosa. La reacción de Beethoven fue típica; invitó a cenar a Schindler, a Umlauf y a Schuppanzigh en el restaurante «Zum wilden Mann», del Prater, donde acudió en compañía de su sobrino, con semblante sombrío. Apenas empezada la colación, explotó, acusando injustamente a Schindler y a Duport de haberlo engañado. Se le intentó convencer de que aquello era imposible, ya que en todo momento las cuentas habían estado controladas y habían cuadrado perfectamente. Sin embargo, él insistió apoyándose en una presunta «fuente fiable» que probablemente no era otra que su hermano. Ante esto, Umlauf y Schindler se marcharon de inmediato; Schuppanzigh se quedó para intentar, infructuosamente, calmar al airado compositor, pero acabó yéndose también, seguro que con alguna pulla adicional.

La ilustración musical tiene su aquel. Se trata de los últimos cuatro minutos y pico de una Novena que se interpretó en abril de 1942. Parece mentira que una obra que trata de la hermandad humana, que habla de que bajo la chispa divina de la alegría, bajo su magia todos seremos hermanos, se utilizase para conmemorar el cumpleaños de alguien como Adolf Hitler, pero así fue. Wilhelm Furtwängler dirigió a la Filarmónica de Berlín y en la filmación vemos jerarcas nazis, heridos de guerra y, al final, a Goebbels dando la mano al director. Hay quien dice que luego se la limpió...



18.1.21

Los últimos cuartetos de Beethoven (Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor Op. 127)

 

El príncipe Nikolai Borisovich Golitsin (1794-1866)

Los últimos cuartetos de Beethoven

Es bastante sabido que Beethoven dedicó los últimos años de su carrera creadora a la composición de cuartetos. El resultado son cinco obras maestras adelantadas a su tiempo y piedra de toque para cualquier conjunto de cámara que se precie. Pero, ¿cuál fue el acicate de tal efusión? Aquí os lo cuento, como siempre aprovechando un pasaje de mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 282-284):

El 9 de noviembre de 1822 Beethoven recibió la siguiente carta proveniente de San Petersburgo: 
Monsieur!
Me tomo la libertad de escribirle, como alguien que es tan apasionado aficionado musical como gran admirador de su talento, para pedirle si no consentiría en componer uno, dos o tres nuevos cuartetos, trabajo por el que con gusto le pagaré lo que considere usted oportuno. Aceptaré la dedicatoria con gratitud. Hágame saber a qué banquero he de dirigir la suma que desee usted obtener. El instrumento que cultivo es el violonchelo. Espero su respuesta con la más viva impaciencia. Tenga la bondad de dirigirme su carta como sigue
Al príncipe Nicolas de Galitzin en San Petersburgo al cuidado de Messrs. Stieglitz y Cía, banqueros.
Le ruego acepte la seguridad de mi gran admiración y mi enorme respeto.
Príncipe Nicolas Galitzin 
¿Quién era este príncipe Galitzin o, mejor dicho, Nikolai Borisovich Golitsin? Era un joven aristócrata ruso (por entonces de 27 años de edad), perteneciente a una de las más nobles familias del imperio de los zares, que tenía bastante relación con Viena, ya que un pariente suyo, Dimitri Mijailovich Golitsin, había sido embajador de Rusia ante la corte de Viena durante casi 30 años y él mismo había vivido en la capital imperial entre 1804 y 1806. Era un gran violonchelista aficionado y gustaba de interpretar música de cámara, por lo cual no es extraño que solicitase al más importante compositor de la época que le suministrase música que pudiera tocar y disfrutar. La respuesta que le dio Beethoven data del 25 de enero de 1823: 
¡Alteza!
No habría dejado de contestar a vuestra carta del 9 de nov[iembre] antes si la multitud de mis asuntos no me hubiese impedido escribiros. Es un gran placer para mí encontrar que Vuestra Alteza está interesado en obras de mi creación. Deseáis tener algunos cuartetos; como veo que cultiváis el violonchelo, tendré cuidado de daros satisfacción en este aspecto. Dado que estoy obligado a vivir de los productos de mi mente, he de tomarme la libertad de fijar el honorario por un cuarteto en 50 ducados. Si esto os place, os ruego me informéis pronto y que dirijáis esta suma al banquero Henikstein de Viena; me comprometo a finalizar el primer cuarteto a finales del mes de febrero o como muy tarde a mediados de marzo.
Al expresaros mi real interés en vuestro talento musical, agradezco a Vuestra Alteza los respetos que habéis tenido a bien señalar, al elegirme para incrementar, si es posible, vuestro amor por la música. Tengo el honor de ser
el más humilde servidor de Vuestra Alteza
Louis van Beethoven 
A pesar de que esta propuesta sin duda impulsó su idea de componer cuartetos, Beethoven ya la estaba considerando antes. En la citada carta a Peters del 5 de junio de 1822 le pide 50 ducados «por un cuarteto para dos violines, viola y violonchelo, que también podría tener muy pronto» y un mes después, el 6 de julio, dice al mismo editor que «en cuanto al cuarteto con violín, que aún no está terminado del todo, porque algo se ha interpuesto, sería difícil para mí reducir el honorario que le pido por esta obra», lo cual parece indicar, aunque es improbable, que ya por entonces pudiera estar trabajando en lo que después se convertiría en el cuarteto Op. 127, el primero de los que ofreció a Galitzin. Y ya comprobaremos que, a pesar del habitual exceso de optimismo, ese cuarteto, que prometía para marzo de 1823 como muy tarde, no estuvo listo hasta casi dos años después.

A los dos o tres cuartetos de Galitzin se añadieron más, como ya sabemos, aunque, como se indica en el último párrafo, Beethoven demoró bastante el encargo. Más se demoró el príncipe en el pago de los honorarios, que Beethoven no llegó a recibir... Como ilustración musical, os traigo el primero de estos cuartetos, el Op. 127, escrito entre 1824 y 1825 y estrenado el 6 de marzo de este último año por el cuarteto de su amigo Ignaz Schuppanzigh. Los intérpretes son unos de los más reconocidos en este repertorio.


12.1.21

Beethoven y Rossini (Escena y aria "Ah, perfido!" Op. 65)

 


Beethoven y Rossini

La fama mundana que Beethoven había adquirido a raíz del Congreso de Viena se fue eclipsando poco a poco, aunque el «golpe de gracia» se lo dio la irrupción de Rossini y su música como rabiosa moda, casi una locura, en la capital imperial. Así os lo cuento (y también el encuentro entre los dos compositores) en el libro (pp. 280-281):

Si nos retrotraemos al final de la primavera de este año de 1822, nos encontraremos con Rossini en Viena. Al final del capítulo anterior ya se mencionó que la «locura por Rossini» (en palabras de Thayer) fue causa del descenso de la enorme fama que Beethoven había conseguido la década anterior. La celebridad del compositor de Pesaro hizo que a finales de marzo de 1822 llegase a Viena invitado por Barbaja para asistir a una temporada de tres meses durante la cual se iban a representar varias de sus óperas en el teatro Kärntnertor; la primera fue Zelmira, el 13 de abril y siguieron cinco más antes del cierre. Barbaja hizo venir a una compañía operística napolitana con tal fin, compañía en la que la prima donna no era otra que la española Isabel Colbrán, con la que se acababa de casar el compositor italiano. 

Rossini había tenido la oportunidad de escuchar música de Beethoven y sentía una profunda admiración por él. Por medio de Artaria intentó visitarlo, pero se encontraba indispuesto y hubo de esperar a una segunda ocasión, en la que el intermediario fue el poeta Giuseppe Carpani, todo esto según el propio Rossini. La entrevista contó con el lastre del idioma y de la sordera de Beethoven, pero de ella surgieron interesantes comentarios que han quedado para la posteridad gracias al relato que de ella hizo Rossini a Richard Wagner cuando este lo vio en París en 1860. Al darse cuenta Beethoven de quién era su visitante, le dijo en un italiano «bastante comprensible»: 
¡Ah! Rossini, usted, ¿el compositor del Barbiere di Seviglia? Enhorabuena; es una excelente ópera bufa; la he leído con placer y he disfrutado. Será interpretada mientras exista la ópera italiana. Nunca pruebe otra cosa que no sea la ópera bufa, violentaría su destino queriendo tener éxito en un género diferente. 
Ante lo cual Carpani contestó que el compositor italiano ya había escrito muchas óperas serias que le había enviado para que las examinase; Beethoven replicó: 
Claro, las he repasado pero, vea, la ópera seria no está en la naturaleza de los italianos. Para el verdadero drama no conocen suficientemente la ciencia de la música y, ¿cómo podrían adquirirla en Italia? En la ópera bufa nadie puede igualar a los italianos. Su lenguaje y su temperamento los predestina para ello. 
Sin duda estas opiniones, unidas a la citada locura que sintió el público vienés por la obra del italiano contribuyeron y no poco a que la música de Beethoven dejase de cuadrar con los gustos de la capital imperial.

Para ilustrar musicalmente este encuentro, recurro a la que tal vez sea la composición de Beethoven sobre un texto italiano más conocida, la scena ed aria «Ah, perfido!» Op. 65. Fue escrita a comienzos de 1796 sobre unos versos que en parte son obra del célebre Metastasio. Beethoven se la dedicó a la condesa Josephine Clary, quien la estrenó durante la gira del compositor por Praga el mismo año de su composición. La versión tiene protagonistas míticos.

21.12.20

Beethoven, un negociante no siempre muy honrado (Missa solemnis Op.123)

 

Hoja manuscrita de la Missa solemnis

Beethoven, un negociante no siempre muy honrado

La diferencia entre una biografía y una hagiografía es que en la primera se cuenta todo lo relacionado con el personaje, sea bueno o malo. Lejos de mi intención considerar la Vida de Ludwig van Beethoven como una biografía (ya lo explico en el prólogo), pero menos aún es una hagiografía. Un ejemplo es la siguiente descripción de los tejemanejes que se trajo el compositor para la publicación de una de sus obras más grandiosas, la Missa solemnis (está en las páginas 275-277 del libro):

Con la Misa cerca de su finalización (si bien los numerosos retoques se prolongarían hasta bien entrado 1823) y consciente de la magnitud de su trabajo, Beethoven se propuso obtener un buen beneficio de una obra tan colosal y no siempre lo hizo con demasiada honradez. Ya hemos visto que se la ofreció a Simrock por 125 luises de oro y parecía dispuesto a vendérsela, pero en una carta a Adolf Martin Schlesinger el 13 de noviembre de 1821 se la ofrece a este editor, aclarando que se trata de una de sus obras más grandes y pidiendo por ella 100 luises de oro, lo que equivalía a 200 ducados de oro o 900 florines. Schlesinger le contestó que sí, pero que en la tarifa pedida por Beethoven se incluirían tanto el arreglo para piano de la partitura como las tareas de copiado. Beethoven replicó que él se haría responsable del arreglo y el copiado, pero habría que añadir 100 ducados más a los 200 que había pedido. 

En junio del año siguiente, Beethoven, contestando a una petición del editor de Leipzig Carl Friedrich Peters (continuador desde 1814 de la empresa Hoffmeister & Kühnel, que ya había publicado en los primeros años del siglo varias obras de Beethoven), de nuevo ofreció la Misa, entre otras obras, pidiendo otra vez 100 luises de oro e informándolo de que «por esta obra estoy pidiendo al menos 1.000 florines C. M.» y que por esa suma él mismo suministraría el arreglo para piano. En esta misma carta se alude a una edición de las obras completas del compositor, que de nuevo se mostró entusiasmado: 
Pero lo que tengo presente más que nada es la publicación de mis obras completas, ya que me gustaría arreglarlas en vida. De hecho he recibido varias ofertas sobre esto. Pero hubo objeciones que encontré difíciles de solventar y condiciones que no podía ni quería aceptar. Me encargaría de tener todo el material listo en dos años o incluso, si es posible, en un año o 18 meses, es decir, a condición de que tuviese la ayuda necesaria; yo mismo prepararía la edición completa y, por ejemplo, para las variaciones un nuevo conjunto de variaciones, para las sonatas una nueva sonata y así, v. g., por cada categoría en las que he compuesto alguna obra compondría una nueva, y por toda la empresa, todo incluido, pediría 10.000 florines C. M. 
Volviendo a la Misa, el 26 de junio Beethoven aceptó vendérsela a Peters por los 1.000 florines acordados y le prometió una copia «cuidadosamente elaborada» a finales de julio. En la misma carta hay un pasaje muy interesante: 
Bajo ningún concepto conseguirá nunca Schlesinger nada más de mí, ya que también me ha hecho una jugarreta judía. En cualquier caso no es uno de los editores que podría tener la Misa. De momento, sin embargo, la competencia por hacerse con mis obras es muy grande y por ello doy gracias al Todopoderoso. Además, soy el padre adoptivo del hijo indigente de mi difunto hermano. Como este muchacho de quince años muestra tanta aptitud para el conocimiento general, no solo su adquisición de conocimientos y su manutención cuestan ahora bastante dinero, sino que también se ha de proveer su futuro, ya que no somos ni indios ni iroqueses que, como todo el mundo sabe, dejan todo a Dios nuestro Señor y porque una existencia mísera siempre es triste. 
Además insiste en que estos tratos se mantengan en secreto. Peters incluso llegó a enviar a Beethoven 360 florines C. M. por anticipado por todas las obras que se le habían solicitado, suma que al final tuvo que devolver el compositor en noviembre de 1825. 

Sin embargo, el 22 de agosto ofreció la Misa a Artaria por el mismo precio de 1.000 florines C. M. y, de nuevo volvió a proponer una copia «cuidadosamente elaborada» a Simrock el 13 de septiembre. A vez iba dando largas a Peters y para rematar aún más la cosa, le escribió el 22 de noviembre diciéndole que no solo tenía una, sino dos misas, una de las cuales aún no estaba completa. Todavía habría una oferta de otro editor, Diabelli, en marzo de 1823, de la que hablaremos más adelante, pero entonces Beethoven se había embarcado en un disparatado proyecto que le traería grandes dolores de cabeza y del que trataremos en su momento: el envío de ejemplares manuscritos de la Misa por suscripción a las cortes europeas que lo solicitasen antes de su publicación. Y, como también veremos, el editor que por fin publicó la Misa no fue ninguno de los nombrados hasta ahora, sino Schott, de Maguncia.

Vamos, el lío padre... En fin, os dejo aquí una estupenda versión de esta, una de las obras más importantes de Beethoven, una misa que es más bien una sinfonía coral pareja a la Novena:


(Es muy probable que esta sea la última entrada de 2020. Seguiré en las primeras semanas de 2021 hablando de Beethoven. La maldita pandemia alteró el ritmo de este blog y esa prolongación en el tiempo no será más que un mecanismo de compensación. Y aquí lo dejo. Sed felices.)