22.4.19

The Moody Blues: "Dawn is a Feeling"

Sin ningún motivo especial, sencillamente porque me parece una canción magnífica (como lo es todo este álbum, quizá uno de los mejores de la historia de la música pop), empezamos con ella la semana y volvemos al trabajo tras la pausa vacacional. Que la disfrutéis.

1.4.19

Mozart: "Una broma musical", KV 522

Hoy, 1 de abril, es el "día de los inocentes" de los anglosajones, así que, ¡cuidado!, las burradas, falsedades y disparates que de forma habitual se leen en las redes sociales puede que hoy sean de broma. Pensando en bromas musicales (que hay muchas) la primera que me viene a la cabeza es esta escrita por Mozart en 1787, titulada así por él (Eine musikalischer Spass). Trompas desafinadas, un solo de violín que acaba como el Rosario de la Aurora (rotura de cuerda incluida) y unos últimos compases que son una anticipación de la Segunda Escuela de Viena son los aspectos más evidentes de esta broma que seguro oculta otras sutilezas solo reconocibles por los expertos. Ahí la tenéis, April Fools...

18.3.19

Mozart: "In quali eccessi... Mi tradì" ("Don Giovanni") por Lisa della Casa

Hay muchas formas de recordar a la gran cantante suiza Lisa della Casa, el centenario de cuyo nacimiento se celebra en 2019, y también muchas interpretaciones, pero yo he elegido esta por una situación graciosa que me ocurrió a mí. Hace ya un tiempito, viendo la versión de Don Giovanni filmada en Salzburgo en 1954, con dirección de Furtwängler y con nuestra protagonista como Donna Elvira, mi hija, que por entonces debía de tener cinco o seis años, me preguntó: "¿Por qué 'Llondovani' (esto es, Don Giovanni) está haciendo llorar a esa princesa?" Pues aquí tenéis a la "princesa" cantando una de las arias más conocidas de la ópera en aquella mítica grabación.

11.3.19

Leoncavallo: "Mattinata"

Este año se cumple el centenario de la muerte de Ruggero Leoncavallo, músico napolitano nacido el 8 de marzo de 1857. Aunque fue bastante prolífico, solo es recordado hoy en día por un par de obras: la celebérrima ópera Pagliacci, piedra miliar del verismo, y por la canción que os traigo hoy, que fue dedicada al gran tenor Enrico Caruso. La primera grabación de Mattinata data del mismo año de su composición (1904) y está protagonizada por Caruso y el propio Leoncavallo al piano. Tampoco está mal la versión que podréis escuchar aquí, si queréis. La fecha exacta del centenario es el 9 de agosto; aquel día de 1919 murió Leoncavallo en Montecatini.

4.3.19

Dvořák: Obertura "Carnaval" Op. 91/B. 169

Yo no soy mucho de carnavales; son unas fiestas que nunca he llegado a comprender. Sin embargo, este desenfreno previo a la austeridad de la Cuaresma ha inspirado a muchos compositores, que lo han convertido bien el marco en el que desarrollar sus obras (piénsese, por poner solo un ejemplo, en la Doña Francisquita de Vives: "¡Qué alegre es Madrid en carnaval...!") o directamente el núcleo de lo que pretenden expresar con ellas. Tal es el caso de la obertura de concierto que os presento hoy, titulada así, Carnaval. Ideada en 1891 por su creador, Antonín Dvořák, como parte de una trilogía denominada Naturaleza, vida y amor, es la correspondiente a la parte intermedia, esto es, a la vida, aunque en este caso con todos sus contrastes y sus tormentas. Os la dejo en las excelentes manos de Rafael Kubelík.

25.2.19

Berlioz: "Les nuits d'été"

Se dice que el medio natural de Berlioz era la gran orquesta. En efecto, muy pocas obras se cuentan en su catálogo que no la tengan como protagonista. Y la segunda estrella principal es la voz humana. Ya hemos hablado de sus óperas y de otras obras más difíciles de clasificar en la que el canto desempeña un papel fundamental. Berlioz compuso, asimismo, numerosas canciones; de ellas, acaso las más célebres sean estas Nuits d'été, sobre textos de Théophile Gautier, que en principio escribió para piano y voz (en 1841) y orquestó quince años después. Os las dejo en una de las voces que mejor las ha cantado, la de Janet Baker y concluyo así este pequeño homenaje a Berlioz en el sesquicentenario de su muerte.

18.2.19

Berlioz: "Harold en Italie"

En entradas anteriores mencioné la enorme admiración que profesaba Nicolò Paganini por nuestro compositor; tanta como para exclamar algo así como "Beethoven murió para revivir en Berlioz" cuando escuchó la Sinfonía fantástica. Una de las consecuencias de ello fue el encargo de la obra que hoy os traigo, "Harold en Italia", compuesta en el verano de 1834. Basada laxamente en el Childe Harold de Lord Byron, es en realidad un grupo de reminiscencias de la estancia de Berlioz en Italia, escritas en forma de sinfonía en cuatro movimientos con una viola principal solista. El gran violinista italiano había pensado lucirse con su nueva viola Stradivarius, pero al ver la poca relevancia que dio Berlioz al instrumento se decepcionó de tal modo que jamás interpretó la partitura. Él se lo perdió. La versión que os pongo aquí es una garantía total, con uno de los directores que más abogó por la música de Berlioz y uno de los violinistas más importantes del siglo pasado.




11.2.19

Berlioz: Obertura de "Les troyens"

En la primera mitad del siglo XIX, el éxito verdadero no le llegaba a un compositor si no triunfaba en el mayor espectáculo de la época, la ópera. Berlioz también lo intentó a lo largo de toda su vida, con éxito desigual. Llegó a completar cinco óperas: la primera de ellas, Estelle et Némorin, una obra de juventud, no se conserva y de la segunda, Les francs-juges, solo nos han llegado la obertura y algunos números; Benvenuto Cellini está basada en la vida del famoso orfebre florentino del siglo XVI, Béatrice et Benedict -la última que compuso- es una adaptación de Mucho ruido y pocas nueces. Para el final dejo el proyecto que más quebraderos de cabeza le supuso, Les troyens, basada en la Eneida. Para poderla estrenar tuvo que dividirla en dos (es una grand opéra en cinco actos que dura casi cuatro horas) y su segunda parte, titulada Les troyens à Carthage obtuvo un gran éxito cuando se estrenó en noviembre de 1862. Sin embargo estas mutilaciones -junto a otras que siguieron, tanto en las puestas en escena como en la publicación de la música- desanimaron al compositor para perseguir una reposición, que no se dio hasta treinta años después. Aquí os dejo la obertura, en una versión histórica.

21.1.19

Berlioz: "Roméo et Juliette"

Harriet Smithson como Ofelia

El 11 de septiembre de 1827 fue un día que sin duda Berlioz debió de recordar muchas veces a lo largo de su vida. En esa fecha tomó contacto por primera vez tanto con Shakespeare, que pasaría a ser considerado por él como la cúspide de la poesía, como con la actriz irlandesa Harriet Smithson, que en aquella ocasión interpretó a la Ofelia de Hamlet. Muy poderoso tuvo que ser el influjo, pues la obra se hizo en inglés, lengua de la que Berlioz no entendía ni una palabra. El arrobamiento del compositor lo llevó a escribir cartas a la actriz de un ardor tal que provocó el pánico en la joven, que lo rechazó. Ahí tenemos el origen de la Sinfonía fantástica, donde se pretende narrar esa pasión no correspondida. Fue la gran impresión que causó en Harriet la escucha de esa misma obra la que le hizo cambiar de opinión; acabaron casándose, tras un peculiar noviazgo, en 1833. Tuvieron un hijo, pero el matrimonio duró poco: las extrañas expectativas románticas de Berlioz, los sempiternos problemas económicos -por no llamarlos privaciones- y la barrera del idioma, que nunca se derribó del todo, hicieron que antes de nueve años estuviesen ya separados. Harriet murió en 1854, tras varios años de parálisis causada por una apoplejía. Berlioz siempre estuvo pendiente de ella a pesar de la separación.

Volviendo a la otra revelación de aquel martes de septiembre, Shakespeare inspiraría numerosas obras de Berlioz. De ellas, quizá la más famosa sea la sinfonía dramática Romeo y Julieta, compuesta en 1839 en gran parte gracias a un regalo de 20.000 francos hecho por el gran violinista Paganini (admirado por otra de sus obras, Harold en Italia, de la que hablaré en otra entrada). Aquí os la dejo completa, en una versión de referencia.


14.1.19

Berlioz: Messe solennelle

Aunque desde muy pequeño estuvo en contacto con la música, el destino de Berlioz era convertirse en médico. O al menos eso era lo que deseaba su padre, que lo mandó a París a estudiar medicina. Sin embargo, Hector tenía más inclinación por la música, que empezó a estudiar con su habitual ardor. Apenas llevaba un año en ese empeño cuando escribió esta Messe solennelle, la primera de sus obras que se escuchó en público y que le reportó un cierto éxito. Corría el año 1824. Más adelante Berlioz destruyó casi todas sus obras de este primer periodo; esta Misa se salvó porque tuvo que regalar el manuscrito (es posible que para saldar alguna deuda), el cual fue redescubierto más de cien años después de la muerte de su autor. El compositor aprovechó fragmentos de esta misa para obras posteriores, como la Sinfonía fantástica o el Réquiem.

8.1.19

Berlioz: "Symphonie fantastique"

Llegó un nuevo año y, siguiendo la costumbre, dedicaré algunas de sus primeras entradas a compositores que se van a celebrar por algún aniversario. El más importante de los que me vienen a la cabeza es Hector Berlioz, nacido en 1803 y muerto en 1869. En 2019 se cumplen, por tanto, 150 años de su desaparición. No es la de Berlioz una música apreciada por todo el mundo; se trata de uno de los arquetipos de músico romántico, de vida y obra atormentadas. En estas entradas iré desgranando algunos detalles tanto de una como de la otra. Empiezo con la que tal vez sea su obra más famosa, la Sinfonía fantástica que escribió con apenas 25 años y que para algunos es la piedra angular del poema sinfónico, ese género musical que acabaría marcando la música de grandes compositores como Liszt o Richard Strauss. Aquí la tenéis en una versión espectacular, como todas las debidas a Leopold Stokowski.

24.12.18

Honegger: "Une cantate de Noël"

Llegan las fiestas y, a pesar de lo descuidado que tengo este blog, no quiero dejar pasar la ocasión de felicitarlas a quienes lo seguís. Para ello voy a utilizar un clásico que ya he traído por aquí otras veces, la Cantate de Noël de Arthur Honegger, una de sus últimas obras. Es quizá la pieza de Navidad que más me emociona, por su paso de la oscuridad a la luz y por su quodlibet de cantos navideños en francés y alemán (¿un símbolo de reconciliación tras la guerra?) que tiene su clímax cuando de entre el maremágnum de voces surge el Noche de paz. Aquí os la traigo (y aviso, hay coda tras el vídeo):



Y en la coda os contaré, para quienes no lo sepáis, que a mi gran afición por la música uno otra, la de escribir. Hace más o menos tres años apareció publicado en una antología titulada Cuentos de Navidad, de la (casi) desaparecida editorial Playa de Ákaba, una narración breve titulada así, Una cantata de Navidad, de la que soy autor y que fue inspirada por esta extraordinaria música de Honegger. Hoy la quiero compartir aquí para así desearos una muy feliz Nochebuena.



UNA CANTATA DE NAVIDAD

De profundis clamavi…

Tardó tanto en decidirse que cuando salió a la calle ya había anochecido. No eran más que las siete y media, pero la oscuridad era tal que se hacía difícil caminar. Un apagón se quiso unir a la fiesta, todo el barrio estaba sumido en las tinieblas. En sus casas, los vecinos, sorprendidos en plenos preparativos, habían ido a buscar en los cajones de los muebles esas velas que allí quedan olvidadas cuando vuelve la luz y que ahora comunicaban su tenue resplandor a las ventanas, lo único que, junto con los haces que formaban los faros de los coches, mitigaba el fantasmagórico ambiente.

A tientas avanzaba por las estrechas aceras de su calle, intentando evitar agujeros y charcos, hasta la esquina en la que estaba la parada del autobús que pretendía tomar. Era la primera –o la última– del trayecto y el vehículo siempre permanecía allí parado varios minutos antes de emprender su viaje hacia el centro.

No solía hablar con los conductores, aunque sus caras ya le sonaban de tantos días yendo en ese autobús, siguiendo el mismo camino hasta Atocha, donde luego se bajaba para tomar el tren. Hoy, sin embargo, iba a seguir hasta Cibeles, donde acababa –o empezaba– la línea y no parecía que mucha más gente hubiese tenido la misma idea. El autobús estaba vacío y era difícil no cruzar siquiera unas palabras.
–Vaya noche para trabajar, ¿eh? –le dijo.
–Una como cualquier otra –fue la lacónica respuesta.

Luego, se fue a sentar donde era su costumbre, en los asientos inmediatos a la puerta central de salida. Allí, al menos, había algo de luz y podía mirar el móvil. ¿Pero había algo que ver? Lo cierto es que si iba a darse ese paseo era para no pensar, para no recordar, para distraerse con cualquier cosa… Pero cuando sacó el móvil se acordó de ese correo que no había recibido y que muy bien podía cambiar su vida, y de ese mensaje que aún esperaba más… Lo guardó en el bolsillo del abrigo.

El autobús arrancó y empezó a transitar las calles, que eran irreconocibles dentro de la oscuridad casi absoluta en la que estaban inmersas a causa del apagón. Nadie en las primeras paradas. El barrio estaba vacío, la gente se había refugiado del frío y de la negrura de la noche invernal en las colmenas humanas que parecían sus torres. O más bien se habían ido reuniendo y las tinieblas los habían sorprendido en pleno trajín, preparando la cena.

Ne craignez point 
car je vous transmet une bonne nouvelle… 

 Por fin, en los límites de su barrio, cuando ya a lo lejos se vislumbraba la luz de las farolas de una zona en la que no se había cortado el suministro eléctrico, el autobús paró. Desde donde estaba, no pudo ver en principio quién subía. Fuese quien fuese, se estaba demorando bastante. El conductor miraba y miraba, impaciente. Al final apareció un anciano que se movía con bastante dificultad y musitó algunas palabras que no pudo entender. El conductor agitó varias veces la cabeza mientras el anciano insistía. Tras un rato de discusión, hizo ademán de darse la vuelta, momento en el que el conductor, suspirando, le dijo –y esto sí que lo escuchó:
–Venga, abuelo, por ser hoy el día que es, le dejo subir. Pero que sea la última vez…

El anciano le dio las gracias con un gesto y, muy despacio –se apoyaba en una muleta–, acertó a sentarse justo detrás del conductor.

Lo contempló, tan frágil, mal vestido, con un cabello medio rapado y una barba de profeta. El anciano miraba al suelo y de vez en cuando volvía la vista hacia las calles que ya se podían apreciar bajo la luz de las farolas. «De qué me quejo…», pensó él, viendo a esa persona que seguro sufría la soledad mucho más que él, en medio de aquella noche, sin compañía… «Con qué facilidad nos sentimos los seres más desgraciados del mundo, sin mirar a nuestro alrededor…», se dijo y empezó a fijarse en quienes iban por las aceras, deprisa, llegando tarde ya a la cita obligada de esa noche.

Cuando empezaban a cruzar el casco viejo de Carabanchel, el anciano dijo algo al conductor, que le contestó:
–Vale, abuelo, baje por aquí delante mejor… Es la próxima.

Miró hacia su derecha y observó la silueta de la vieja torre de San Pedro, esa que había visto de pequeño quedar sola, enhiesta, cuando derribaron el resto de la iglesia. Ahora había permanecido como muda testigo del pasado, rodeada de una moderna parroquia ante cuya puerta se arremolinaba bastante gente, cosa rara dado el día y dada la hora. ¿O no?

Porque lo que no pudo ver es que ese anciano tan triste –según creyó– bajó del autobús y, pasito a pasito, se fue acercando hacia la parroquia, donde le esperaban otros hombres y mujeres como él, otros que no pasarían aquella noche en soledad pues si no tenían familiares con quienes compartirla, sí que se tenían los unos a los otros. No pudo ver, pues, la sonrisa con que le recibieron y la sonrisa que lució él al ser recibido. Lástima, porque, la verdad, lo único que se le pasó por la cabeza fue que aquel hombre iba a buscar la caridad de la parroquia y lo que sintió fue pena…

Es ist ein Reis entsprungen… 

El autobús empezó a llenarse a medida que avanzaba por la calle del General Ricardos. La luz era cada vez mayor, así como la animación que corría a chorros por las aceras, gente que entraba y salía de tiendas y bares, haciendo la última compra o tomando la última caña antes de recogerse.

Al otro lado del pasillo se sentó una pareja joven con una niña pequeña que desde que llegó se lo quedó mirando. Lo notó, le devolvió la mirada y procuró sonreír. Mal lo debió de hacer, pues la niña le dijo:
–¿Por qué estás triste? Hoy no se puede estar triste…
–¡Nena, no molestes al señor…! –la interrumpió su madre, y la niña se volvió y siguió a lo suyo.

Él se quedó estupefacto… ¿Triste? ¿Tanto se le notaba? Es posible. Iba a pasar la noche solo. Sus padres, de viaje en Tenerife. Su hermana, de cooperante en Haití. Y él aquí. Y ella… ¿Cuánto hacía que se había ido? Por qué preguntarlo, lo sabía de sobra… Dos meses y tres días… Sí, se le debía de notar…

Miró por la ventana del autobús, suspiró e intentó esbozar una sonrisa, pensando en la ocurrencia de la cría. Veía cada vez más gente, a la que sí que era difícil preguntar si estaba triste. La mayoría caminaba a buen paso, reía, parecía olvidar por un momento todas las miserias que pudieran acecharles… ¿Por qué no hacer lo mismo?

Con todas estas divagaciones, el camino voló. El autobús subía ya por el paseo del Prado y, muy cerca de su destino, en una de las últimas paradas antes de llegar al final, vio como desde la acera un niño, de la mano de su padre, le hizo un gesto sonriente. Esta vez sí que se lo devolvió y se sintió algo mejor. Sin embargo, pasado el instante mágico, volvió a caer en la negrura.

En la terminal del autobús, fue un grupo de chicas jóvenes que iban o venían de jolgorio el que le saludó. Pero, ¿era a él? Tal vez se estaba equivocando, a ver si ahora se creía el centro del mundo… Sacudió la cabeza, se dispuso a bajar del autobús y, desde Cibeles, ir por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol.

Laudate Dominum omnes gentes… 

A medida que se alejaba del carro de la diosa y se acercaba al corazón de Madrid, la calle se llenaba más y más. ¿Qué hacía ahí esa muchedumbre? ¿No iban a reunirse con su familia, a compartir la que para muchos es la cena más importante del año? Daba igual. Todos parecían felices, con sus gorritos y otros aditamentos cada cual más extravagante. Ante una situación así, alguien con un estado de ánimo como el suyo, solo tiene dos opciones: bien aislarse del entorno y hundirse más en sus miserias o bien dejarse contagiar. Dudó, dudó mucho pero al final optó por lo segundo. Empezó a devolver todas las sonrisas que se cruzaba, que eran bastantes. Miró las luces, los adornos que no faltaban en ningún comercio, bar o restaurante… Se sorprendió cuando le entraron unas terribles ganas de cantar, de repetir esas musiquillas tan propias de la época que en su mente estaban empezando a desterrar los plomizos pensamientos que le acompañaban desde hacía ya tanto tiempo…

En el último tramo de la calle de Alcalá, cuando pasaba frente al Casino de Madrid, le sonó el móvil. Otro correo… Qué aburrimiento, tanta publicidad, tanto mensaje no deseado… Pensó no abrirlo, pero un extraño impulso lo llevó a sacar el aparatito del bolsillo del abrigo y a mirarlo. En efecto, otra oferta irresistible de esa librería en la que una vez se le ocurrió comprar… Pero… Había algo más. Dos correos más abajo se encontró con uno no leído, que le debía de haber llegado durante el viaje en autobús –o acaso antes– y al que no había prestado atención. Era del trabajo… ¿Una respuesta, al fin? ¿Negativa, como esperaba? Lo abrió…

Le habían concedido el traslado. El lunes siguiente empezaría a trabajar en Madrid. El sueño de años, cumplido.

Dio saltos. Gritos. Nadie se extrañó, era natural. Incluso hubo quien aplaudió. ¿Cómo no estar contento en estas fechas?

No lo esperaba. ¡Uno de los escollos se había superado! La lejanía del trabajo, los sábados y domingos ocupados en lo que no se había podido arreglar durante los demás días de la semana habían sido una de las causas de… Bueno, una entre muchas. Ella se había ido… Pararon los saltos, la realidad había regresado. Con una sonrisa más bien melancólica fue a guardar de nuevo el aparatito. Estaba entrando ya en la Puerta del Sol. No le dio tiempo a hacerlo, ahora sonó el tono que le indicaba que había recibido un mensaje. Un mensaje de… ¿Sería posible? ¡Sí! Un mensaje de ella… La contestación a sus ruegos… Solo dos palabras…

«Quiero volver».

Por fin, aquella Nochebuena y en la Puerta del Sol se dio cuenta de que el árbol de Navidad, ese enorme cono erguido en el corazón de la plaza, era verde, del color de la esperanza.

Y entre todas las voces, todos los cantos, uno se oía sobre los demás.

Stille Nacht, heilige Nacht! 

In memoriam Arthur Honegger (1892-1955) Compositor de Une cantate de Noël, que ha inspirado este relato.


15.10.18

Rajmáninov: Concierto para piano nº 3

Se me había pasado un aniversario... El pasado 28 de marzo se cumplieron 75 años de la muerte de Sergéi Rajmáninov en su exilio norteamericano. Un compositor tan admirado como denostado, romántico en plena época de vanguardias rompedoras, nostálgico de una tierra que hubo de abandonar tras la Revolución Rusa pero cuyas costumbres mantuvo en todas las casas foráneas en las que vivió... Os dejo uno de sus conciertos para piano, el Tercero, en una gran interpretación de Martha Argerich.

8.10.18

Puccini: "O mio babbino caro" (Gianni Schicchi) - Montserrat Caballé

Repaso mi fonoteca y veo que no abunda mucho en ella el nombre de Montserrat Caballé. Una Mathilde del Gillaume Tell de Rossini, una Aida, una Mimí de La Bohème y una Lìu de Turandot. Como hay un 50% de Puccinis en esta somera lista, hoy la voy a recordar con este maravilloso pasaje de otra obra de d. Giacomo, Gianni Schicchi, una de las tres breves óperas que componen Il trittico. Buen viaje, doña Montserrat.

1.10.18

Mahler: Sinfonía nº 8 (Bernstein)

Last but not least hay que mencionar el aniversario de Leonard Bernstein. El pasado 25 de agosto se cumplieron 100 años del nacimiento de este músico genial, compositor, pianista y sobre todo, director y divulgador. Muchas cosas se podrían escribir sobre él, pero como en estos pagos aplico el principio de  prima la musica e poi le parole, me limitaré a decir que yo siempre ligaré a Bernstein con Mahler como uno de sus mejores intérpretes. Y creo que recordarlo aquí con la que es mi obra favorita de Mahler es el mejor homenaje que le puedo hacer. Así que aquí tenéis esta Octava, interpretada por un elenco muy similar al de la mítica grabación del Festival de Salzburgo de 1975. Que lo disfrutéis.