24.12.18

Honegger: "Une cantate de Noël"

Llegan las fiestas y, a pesar de lo descuidado que tengo este blog, no quiero dejar pasar la ocasión de felicitarlas a quienes lo seguís. Para ello voy a utilizar un clásico que ya he traído por aquí otras veces, la Cantate de Noël de Arthur Honegger, una de sus últimas obras. Es quizá la pieza de Navidad que más me emociona, por su paso de la oscuridad a la luz y por su quodlibet de cantos navideños en francés y alemán (¿un símbolo de reconciliación tras la guerra?) que tiene su clímax cuando de entre el maremágnum de voces surge el Noche de paz. Aquí os la traigo (y aviso, hay coda tras el vídeo):



Y en la coda os contaré, para quienes no lo sepáis, que a mi gran afición por la música uno otra, la de escribir. Hace más o menos tres años apareció publicado en una antología titulada Cuentos de Navidad, de la (casi) desaparecida editorial Playa de Ákaba, una narración breve titulada así, Una cantata de Navidad, de la que soy autor y que fue inspirada por esta extraordinaria música de Honegger. Hoy la quiero compartir aquí para así desearos una muy feliz Nochebuena.



UNA CANTATA DE NAVIDAD

De profundis clamavi…

Tardó tanto en decidirse que cuando salió a la calle ya había anochecido. No eran más que las siete y media, pero la oscuridad era tal que se hacía difícil caminar. Un apagón se quiso unir a la fiesta, todo el barrio estaba sumido en las tinieblas. En sus casas, los vecinos, sorprendidos en plenos preparativos, habían ido a buscar en los cajones de los muebles esas velas que allí quedan olvidadas cuando vuelve la luz y que ahora comunicaban su tenue resplandor a las ventanas, lo único que, junto con los haces que formaban los faros de los coches, mitigaba el fantasmagórico ambiente.

A tientas avanzaba por las estrechas aceras de su calle, intentando evitar agujeros y charcos, hasta la esquina en la que estaba la parada del autobús que pretendía tomar. Era la primera –o la última– del trayecto y el vehículo siempre permanecía allí parado varios minutos antes de emprender su viaje hacia el centro.

No solía hablar con los conductores, aunque sus caras ya le sonaban de tantos días yendo en ese autobús, siguiendo el mismo camino hasta Atocha, donde luego se bajaba para tomar el tren. Hoy, sin embargo, iba a seguir hasta Cibeles, donde acababa –o empezaba– la línea y no parecía que mucha más gente hubiese tenido la misma idea. El autobús estaba vacío y era difícil no cruzar siquiera unas palabras.
–Vaya noche para trabajar, ¿eh? –le dijo.
–Una como cualquier otra –fue la lacónica respuesta.

Luego, se fue a sentar donde era su costumbre, en los asientos inmediatos a la puerta central de salida. Allí, al menos, había algo de luz y podía mirar el móvil. ¿Pero había algo que ver? Lo cierto es que si iba a darse ese paseo era para no pensar, para no recordar, para distraerse con cualquier cosa… Pero cuando sacó el móvil se acordó de ese correo que no había recibido y que muy bien podía cambiar su vida, y de ese mensaje que aún esperaba más… Lo guardó en el bolsillo del abrigo.

El autobús arrancó y empezó a transitar las calles, que eran irreconocibles dentro de la oscuridad casi absoluta en la que estaban inmersas a causa del apagón. Nadie en las primeras paradas. El barrio estaba vacío, la gente se había refugiado del frío y de la negrura de la noche invernal en las colmenas humanas que parecían sus torres. O más bien se habían ido reuniendo y las tinieblas los habían sorprendido en pleno trajín, preparando la cena.

Ne craignez point 
car je vous transmet une bonne nouvelle… 

 Por fin, en los límites de su barrio, cuando ya a lo lejos se vislumbraba la luz de las farolas de una zona en la que no se había cortado el suministro eléctrico, el autobús paró. Desde donde estaba, no pudo ver en principio quién subía. Fuese quien fuese, se estaba demorando bastante. El conductor miraba y miraba, impaciente. Al final apareció un anciano que se movía con bastante dificultad y musitó algunas palabras que no pudo entender. El conductor agitó varias veces la cabeza mientras el anciano insistía. Tras un rato de discusión, hizo ademán de darse la vuelta, momento en el que el conductor, suspirando, le dijo –y esto sí que lo escuchó:
–Venga, abuelo, por ser hoy el día que es, le dejo subir. Pero que sea la última vez…

El anciano le dio las gracias con un gesto y, muy despacio –se apoyaba en una muleta–, acertó a sentarse justo detrás del conductor.

Lo contempló, tan frágil, mal vestido, con un cabello medio rapado y una barba de profeta. El anciano miraba al suelo y de vez en cuando volvía la vista hacia las calles que ya se podían apreciar bajo la luz de las farolas. «De qué me quejo…», pensó él, viendo a esa persona que seguro sufría la soledad mucho más que él, en medio de aquella noche, sin compañía… «Con qué facilidad nos sentimos los seres más desgraciados del mundo, sin mirar a nuestro alrededor…», se dijo y empezó a fijarse en quienes iban por las aceras, deprisa, llegando tarde ya a la cita obligada de esa noche.

Cuando empezaban a cruzar el casco viejo de Carabanchel, el anciano dijo algo al conductor, que le contestó:
–Vale, abuelo, baje por aquí delante mejor… Es la próxima.

Miró hacia su derecha y observó la silueta de la vieja torre de San Pedro, esa que había visto de pequeño quedar sola, enhiesta, cuando derribaron el resto de la iglesia. Ahora había permanecido como muda testigo del pasado, rodeada de una moderna parroquia ante cuya puerta se arremolinaba bastante gente, cosa rara dado el día y dada la hora. ¿O no?

Porque lo que no pudo ver es que ese anciano tan triste –según creyó– bajó del autobús y, pasito a pasito, se fue acercando hacia la parroquia, donde le esperaban otros hombres y mujeres como él, otros que no pasarían aquella noche en soledad pues si no tenían familiares con quienes compartirla, sí que se tenían los unos a los otros. No pudo ver, pues, la sonrisa con que le recibieron y la sonrisa que lució él al ser recibido. Lástima, porque, la verdad, lo único que se le pasó por la cabeza fue que aquel hombre iba a buscar la caridad de la parroquia y lo que sintió fue pena…

Es ist ein Reis entsprungen… 

El autobús empezó a llenarse a medida que avanzaba por la calle del General Ricardos. La luz era cada vez mayor, así como la animación que corría a chorros por las aceras, gente que entraba y salía de tiendas y bares, haciendo la última compra o tomando la última caña antes de recogerse.

Al otro lado del pasillo se sentó una pareja joven con una niña pequeña que desde que llegó se lo quedó mirando. Lo notó, le devolvió la mirada y procuró sonreír. Mal lo debió de hacer, pues la niña le dijo:
–¿Por qué estás triste? Hoy no se puede estar triste…
–¡Nena, no molestes al señor…! –la interrumpió su madre, y la niña se volvió y siguió a lo suyo.

Él se quedó estupefacto… ¿Triste? ¿Tanto se le notaba? Es posible. Iba a pasar la noche solo. Sus padres, de viaje en Tenerife. Su hermana, de cooperante en Haití. Y él aquí. Y ella… ¿Cuánto hacía que se había ido? Por qué preguntarlo, lo sabía de sobra… Dos meses y tres días… Sí, se le debía de notar…

Miró por la ventana del autobús, suspiró e intentó esbozar una sonrisa, pensando en la ocurrencia de la cría. Veía cada vez más gente, a la que sí que era difícil preguntar si estaba triste. La mayoría caminaba a buen paso, reía, parecía olvidar por un momento todas las miserias que pudieran acecharles… ¿Por qué no hacer lo mismo?

Con todas estas divagaciones, el camino voló. El autobús subía ya por el paseo del Prado y, muy cerca de su destino, en una de las últimas paradas antes de llegar al final, vio como desde la acera un niño, de la mano de su padre, le hizo un gesto sonriente. Esta vez sí que se lo devolvió y se sintió algo mejor. Sin embargo, pasado el instante mágico, volvió a caer en la negrura.

En la terminal del autobús, fue un grupo de chicas jóvenes que iban o venían de jolgorio el que le saludó. Pero, ¿era a él? Tal vez se estaba equivocando, a ver si ahora se creía el centro del mundo… Sacudió la cabeza, se dispuso a bajar del autobús y, desde Cibeles, ir por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol.

Laudate Dominum omnes gentes… 

A medida que se alejaba del carro de la diosa y se acercaba al corazón de Madrid, la calle se llenaba más y más. ¿Qué hacía ahí esa muchedumbre? ¿No iban a reunirse con su familia, a compartir la que para muchos es la cena más importante del año? Daba igual. Todos parecían felices, con sus gorritos y otros aditamentos cada cual más extravagante. Ante una situación así, alguien con un estado de ánimo como el suyo, solo tiene dos opciones: bien aislarse del entorno y hundirse más en sus miserias o bien dejarse contagiar. Dudó, dudó mucho pero al final optó por lo segundo. Empezó a devolver todas las sonrisas que se cruzaba, que eran bastantes. Miró las luces, los adornos que no faltaban en ningún comercio, bar o restaurante… Se sorprendió cuando le entraron unas terribles ganas de cantar, de repetir esas musiquillas tan propias de la época que en su mente estaban empezando a desterrar los plomizos pensamientos que le acompañaban desde hacía ya tanto tiempo…

En el último tramo de la calle de Alcalá, cuando pasaba frente al Casino de Madrid, le sonó el móvil. Otro correo… Qué aburrimiento, tanta publicidad, tanto mensaje no deseado… Pensó no abrirlo, pero un extraño impulso lo llevó a sacar el aparatito del bolsillo del abrigo y a mirarlo. En efecto, otra oferta irresistible de esa librería en la que una vez se le ocurrió comprar… Pero… Había algo más. Dos correos más abajo se encontró con uno no leído, que le debía de haber llegado durante el viaje en autobús –o acaso antes– y al que no había prestado atención. Era del trabajo… ¿Una respuesta, al fin? ¿Negativa, como esperaba? Lo abrió…

Le habían concedido el traslado. El lunes siguiente empezaría a trabajar en Madrid. El sueño de años, cumplido.

Dio saltos. Gritos. Nadie se extrañó, era natural. Incluso hubo quien aplaudió. ¿Cómo no estar contento en estas fechas?

No lo esperaba. ¡Uno de los escollos se había superado! La lejanía del trabajo, los sábados y domingos ocupados en lo que no se había podido arreglar durante los demás días de la semana habían sido una de las causas de… Bueno, una entre muchas. Ella se había ido… Pararon los saltos, la realidad había regresado. Con una sonrisa más bien melancólica fue a guardar de nuevo el aparatito. Estaba entrando ya en la Puerta del Sol. No le dio tiempo a hacerlo, ahora sonó el tono que le indicaba que había recibido un mensaje. Un mensaje de… ¿Sería posible? ¡Sí! Un mensaje de ella… La contestación a sus ruegos… Solo dos palabras…

«Quiero volver».

Por fin, aquella Nochebuena y en la Puerta del Sol se dio cuenta de que el árbol de Navidad, ese enorme cono erguido en el corazón de la plaza, era verde, del color de la esperanza.

Y entre todas las voces, todos los cantos, uno se oía sobre los demás.

Stille Nacht, heilige Nacht! 

In memoriam Arthur Honegger (1892-1955) Compositor de Une cantate de Noël, que ha inspirado este relato.


15.10.18

Rajmáninov: Concierto para piano nº 3

Se me había pasado un aniversario... El pasado 28 de marzo se cumplieron 75 años de la muerte de Sergéi Rajmáninov en su exilio norteamericano. Un compositor tan admirado como denostado, romántico en plena época de vanguardias rompedoras, nostálgico de una tierra que hubo de abandonar tras la Revolución Rusa pero cuyas costumbres mantuvo en todas las casas foráneas en las que vivió... Os dejo uno de sus conciertos para piano, el Tercero, en una gran interpretación de Martha Argerich.

8.10.18

Puccini: "O mio babbino caro" (Gianni Schicchi) - Montserrat Caballé

Repaso mi fonoteca y veo que no abunda mucho en ella el nombre de Montserrat Caballé. Una Mathilde del Gillaume Tell de Rossini, una Aida, una Mimí de La Bohème y una Lìu de Turandot. Como hay un 50% de Puccinis en esta somera lista, hoy la voy a recordar con este maravilloso pasaje de otra obra de d. Giacomo, Gianni Schicchi, una de las tres breves óperas que componen Il trittico. Buen viaje, doña Montserrat.

1.10.18

Mahler: Sinfonía nº 8 (Bernstein)

Last but not least hay que mencionar el aniversario de Leonard Bernstein. El pasado 25 de agosto se cumplieron 100 años del nacimiento de este músico genial, compositor, pianista y sobre todo, director y divulgador. Muchas cosas se podrían escribir sobre él, pero como en estos pagos aplico el principio de  prima la musica e poi le parole, me limitaré a decir que yo siempre ligaré a Bernstein con Mahler como uno de sus mejores intérpretes. Y creo que recordarlo aquí con la que es mi obra favorita de Mahler es el mejor homenaje que le puedo hacer. Así que aquí tenéis esta Octava, interpretada por un elenco muy similar al de la mítica grabación del Festival de Salzburgo de 1975. Que lo disfrutéis.

17.9.18

Mozart: "Et incarnatus est" de la Misa en do menor KV 427 (Arleen Augér)

La cantante a la que recordamos hoy comparte con Lucia Popp las fechas de nacimiento y muerte (1939 y 1993; el pasado 10 de junio se cumplió un cuarto de siglo de su fallecimiento) y también la causa de su abandono prematuro de este mundo (un tumor cerebral). Augér, norteamericana de Los Ángeles, también se presentó con la "Reina de la Noche" mozartiana, aunque un poco después que su colega austro-eslovaca, en 1969. Arleen Augér lo tuvo algo más difícil, aunque también acabó triunfando (cuando llegó a Viena no sabía alemán y acabó dando clases de canto en una de las más prestigiosas escuelas de Alemania, la Hochschule für Musik und Darstellende Kunst de Fráncforty) . Hoy os la traigo también con Mozart, acompañada por quien será el protagonista de la siguiente entrada.

10.9.18

Dvořák: "Canción a la luna" (Rusalka) - Lucia Popp

Tras un paréntesis excesivamente largo volvemos a la carga. Y de nuevo con aniversarios. Si a comienzos del año recordábamos el centenario de Claude Debussy, en esta entrada y las dos siguientes nos vamos a ocupar de dos cantantes y un director-compositor. Empiezo con Lucia Popp, una de las voces más bellas que yo haya escuchado jamás. Nacida en Eslovaquia en 1939, luego nacionalizada austriaca, su éxito comenzó con la extraordinaria interpretación que hizo de la Reina de la Noche en la mítica grabación de Die Zäuberflöte dirigida por Otto Klemperer en 1964. Su voz, de soprano ligera al comienzo, fue evolucionando hasta poder asumir papeles más líricos y, después, dramáticos. Murió prematuramente, a causa de un tumor cerebral, en noviembre de 1993, hace un cuarto de siglo. Os dejo con uno de los pasajes más bellos que se puedan disfrutar en una ópera, la Canción a la luna de la Rusalka de Dvořák.

4.6.18

Bizet: "Quant au douanier, c'est nôtre affaire" ("Carmen")

Aunque soy tirando a wagneriano en esto del teatro lírico  (con peregrinación a Bayreuth incluida; hay segunda y tercera parte), creo que la ópera que más veces he escuchado es Carmen. Ayer lo volví a hacer, aprovechando que se cumplían 143 años de la muerte de su creador, Georges Bizet, que no sé si se llegó a imaginar que su obra se convertiría en una de las más populares de la historia. Hoy voy a traer un fragmento que me gusta mucho, tanto que alguna de las primeras veces que disfruté de esta ópera me hice varios da capo.

7.5.18

En el Día de Europa: Beethoven, Sinfonía nº 9 (Bernstein, 1989)

El próximo día 9 se celebra el Día de Europa y casi todo el mundo sabe que se ha elegido como himno de la Unión el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven. Ahí, el genio de los genios utilizó la Oda a la Alegría de Schiller para crear uno de las más conmovedores y magníficos cantos a la hermandad y la concordia entre los seres humanos. Leonard Bernstein lo tuvo muy claro cuando dirigió esta interpretación que os traigo hoy, que no es una cualquiera. Tuvo lugar el 25 de diciembre de 1989, en el antiguo Berlín Este, unas semanas después de la caída del Muro de la Vergüenza (el que existía entonces, hoy sabemos que, por desgracia hay otros y más que algunos quieren crear). Bernstein reunió una orquesta formada por miembros de conjuntos de las antiguas potencias ocupantes y de las dos Alemanias: la Staatskapelle de Dresde, la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, la Orquesta del Teatro Kirov de Leningrado, la Orquesta Sinfónica de Londres, la Orquesta Filarmónica de Nueva York y la Orquesta de París. Bernstein, además, se permitió dos licencias; una de ellas, incluir un coro de niños en la interpretación y otra, la más simbólica, sustituir la palabra "Freude" (alegría) por "Freiheit" (libertad). El resultado es una de las interpretaciones más emocionantes de la historia, un recuerdo de que los muros son para derribarlos y no para crearlos. Aquí tenéis el concierto completo.

16.4.18

Turandot: "In questa reggia..." (Birgit Nilsson)

La otra gran cantante wagneriana que hubiese cumplido cien años este 2018 es Birgit Nilsson, sueca al igual que Varnay (Con la noruega Kirsten Flagstad completaríamos una trinidad de sopranos nórdicas que marcaron época con sus interpretaciones de los dramas musicales de Wagner). Hoy os la traigo no en un papel de los que cabría esperar, sino en uno de Puccini que parece hecho para este tipo de cantantes. De hecho, muchas han sido las sopranos wagnerianas que han abordado Turandot, la terrible y gélida princesa de la gran obra de Puccini. Disfrutad.

9.4.18

Wagner: "Tannhäuser": "Dich, teure Halle" (Astrid Varnay)

Quiere la casualidad que este año 2018 se cumpla el centenario del nacimiento de dos de las más grandes cantantes wagnerianas del siglo XX: Astrid Varnay y Birgit Nilsson. El día 25 de este mes habría cumplido un siglo Varnay, así que empezamos con ella. Nacida en Suecia de padres húngaros, ambos cantantes de ópera, debutó en el Metropolitan de Nueva York con solo 23 años de edad como la Sieglinde de La Valquiria a causa de la indisposición de la cantante titular, Lotte Lehman. Desde entonces se convirtió en uno de los referentes en las óperas de Wagner y Richard Strauss, sobre todo. Aquí os la traigo cantando en el Met "Dich, teure Halle", esto es, el comienzo del acto II de Tannhäuser.

2.4.18

Pergolesi: Stabat Mater

Recién concluida la Semana Santa (aunque hoy sigue siendo festivo en muchos lugares de España), me parece una buena idea elegir una de las infinitas piezas que los diferentes actos y servicios religiosos que tienen lugar durante estos días han originado. La verdad, se hace un poco difícil escoger entre tantas Pasiones, Oficios, Letanías, Oratorios que se han creado desde la Edad Media hasta Penderecki o Pärt... Pero alguna decisión hay que tomar, así que me decanto por el célebre Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi, una de las últimas obras -si no la última- que completó en su breve vida (murió de tuberculosis en 1736, con apenas 26 años). El drama llevado a la música religiosa; no en vano, la representación de la ópera de Pergolesi La serva padrona en el año 1752 desencadenó en París la célebre "querella de los bufones". Pero esa es otra historia, disfrutemos ahora de esta pieza en la que tanto se dice con tan pocos medios.

19.3.18

Debussy: "Prélude à l'après-midi d'un faune"

Concluyo aquí mi pequeño homenaje a Claude Debussy, el centenario de cuya muerte se conmemorará el próximo domingo, con una de sus piezas más célebres, el Preludio para la siesta de un fauno, escrito entre 1891 y 1894. Se basa en un poema de Mallarmé y es lo único que se llevó a cabo de un magno proyecto teatral que el mismo poeta propuso al compositor. Con esta maravillosa pieza podemos comprobar que Debussy se dedicó a socavar los cimientos de las tradiciones musicales creando a la vez música de una belleza casi voluptuosa. Además, el homenaje va a ser doble, pues el director es Leonard Bernstein, de quien también se celebra el centenario este año -en este caso, de su nacimiento.

12.3.18

Debussy: "La mer"

Poco puedo decir que no se sepa de esta composición, una de las más célebres de Debussy. Así que voy a traer aquí una anécdota relacionada con ella. Estos "tres esbozos sinfónicos" se titulan: Del alba al mediodía en el mar, Juegos de olas y Diálogo del viento y el mar. Se cuenta que alguien pidió a Erik Satie su opinión sobre la pieza y, refiriéndose al primer movimiento, dijo algo parecido a: "Hay un momento, entre las diez y cuarto y las diez y media, que me gusta en especial". Disfrutad esta maravilla.

5.3.18

Debussy: "Noël des enfants qui n'ont plus de maisons"

En diciembre de 1915, Debussy contribuyó a su manera al esfuerzo bélico de su país escribiendo el texto y la música de este Villancico de los niños que ya no tienen casa para denunciar la crudeza de la guerra, pero sin buscar la paz o la reconciliación, sino la venganza para los niños de Francia, Bélgica, Serbia, Polonia... En definitiva, que aquel año la Navidad no llegase al otro bando. Os la traigo en una versión cantada por un coro.

26.2.18

Debussy: "Mes longs cheveux" (de "Pelléas et Mélisande")

Imagino que el escritor belga Maurice Maeterlinck (1862-1949), tal vez uno de los mayores exponentes del simbolismo, no suponía que su poema dramático Pelléas et Mélisande, escrito a los treinta años, iba a inspirar a cuatro de los más grandes compositores de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Gabriel Fauré (en 1898) y Jean Sibelius (en 1905) escribieron música para acompañar a su representación. A Arnold Schoenberg le inspiró un poema sinfónico (1903). Y el esfuerzo más ambicioso fue el de nuestro homenajeado, Claude Debussy, que la convirtió en 1902 en la más célebre de sus óperas. Aquí os traigo un pasaje muy conocido de su acto tercero, "Mes longs chevaux", interpretado nada menos que por Victoria de los Ángeles.



Y, de propina (pero vaya propina), el comienzo de la misma pieza, pero en este caso con el propio Debussy al piano acompañando a Mary Garden, la primera Mélisande. Es una grabación de 1904, así que, como podréis suponer, la calidad no es muy buena, pero el documento merece la pena.






19.2.18

Debussy: "La plus que lente"

Me había propuesto traer por aquí música de Debussy que no fuese demasiado conocida, sin embargo no he podido resistirme y aquí está esa maravilla llamada La plus que lente, en su versión orquestal, con el exótico protagonismo del címbalo húngaro. El compositor la escribió originalmente para piano, en 1910, para emular el vals lento que tan de moda estaba por entonces -y tal vez reírse con su habitualmente cáustico humor, aunque le salió de una causticidad preciosa...

12.2.18

Debussy: Rapsodia para saxofón y orquesta

Desde su invento, allá por la década de 1840, el saxofón ha tenido una relación, a mi juicio, "problemática" con la música llamada clásica. No han sido muy generosos los compositores "clásicos" con esta familia de instrumentos, mucho más exitosa en la música para banda y en el jazz. Debussy tampoco lo tenía en mucha estima; compuso su Rapsodia tras un encargo de la célebre saxofonista estadounidense Elise Hall, seguramente porque le venía bien el dinero. La escribió entre 1904 y 1911, pero nunca entregó el manuscrito a los editores y por lo tanto no se estrenó hasta después de su muerte, en un arreglo realizado por Jean Roger-Ducasse. Ahí os la dejo.

5.2.18

Debussy: "La Puerta del Vino"

Debussy, como muchos otros compositores franceses de su época, sintió fascinación por lo español y eso se dejó sentir en su producción. Uno de los ejemplos es este preludio, perteneciente al segundo cuaderno (1912-13), inspirado en la Puerta del Vino de la Alhambra, una de las construcciones más antiguas del recinto, ya que data de principios del siglo XIV.

30.1.18

Debussy: Trois chansons de Bilitis (1897-98)

Debussy conoció al poeta belga Pierre Louÿs a finales de 1893; viajó con él a su país con el fin solicitar el permiso de su paisano Maurice Maeterlinck para convertir Pelléas et Mélisande en una ópera. Pero ese no es el motivo de citarlo aquí. Louÿs escribió en 1894 un precioso libro de poemas titulado Les chansons de Bilitis. Lo hizo pasar por traducciones de unos versos encontradas en las paredes de una antigua tumba griega, escritas por Bilitis, una mujer nacida en Panfilia que luego pasó por Mitilene, en Lesbos -donde vivió una intensa historia de amor con otra mujer llamada Mnasidika- y acabó siendo cortesana en Chipre. Aunque Debussy consideró utilizar diversos textos de Louÿs para diferentes proyectos, el único que llevó a cabo fue este, el de poner música a tres de los poemas de Bilitis, La flûte de Pan, La chevelure y Le tombeau des naïades. También escribió música (para un pequeño conjunto instrumental) con la idea de acompañar su lectura. Este libro de poemas es bastante importante para mí, pues en mi faceta de aprendiz de escritor lo utilicé como hilo conductor para mi novela Variaciones sobre tres nombres (que, si os ha picado la curiosidad, podéis conseguir en Espacio Ulises). Aquí os dejo estas canciones con una intérprete de lujo, nada menos que doña Christa Ludwig.

22.1.18

Debussy: "Petite Suite"

Este año de 2018 se conmemorará el centenario de la muerte de Claude Debussy, uno de los nombres fundamentales de la historia de la música. Y de aquí al 25 de marzo, el día exacto de la efeméride, habrá un pequeño homenaje a esta figura colosal. Empezamos con una obra de juventud, la deliciosa Petite Suite, escrita originalmente para dos pianos entre 1886 y 1889 pero que se conoce más en la forma orquestal debida a uno de los colaboradores habituales del compositor, Henri Büsser (1907).

11.1.18

France Gall: "Poupée de cire, poupée de son"

Pocas, muy pocas veces pasarán por aquí músicas que no sean de las llamadas "clásicas". Y menos que pocas algo que tenga que ver con el festival de Eurovisión (con todos mis respetos). Sin embargo, la desaparición de France Gall, el pasado día 7, me hace traer aquí la canción con la que ganó dicho festival en 1965 siendo una cría de 17 años y que tal vez sea la mejor que haya pasado jamás por ese escenario. Eran otros tiempos...