Cuando Beethoven, tras la primera victoria en el pleito, se tuvo que hacer cargo de su sobrino por fin se debió de dar cuenta que su organización doméstica no era la más adecuada. Así que lo llevó a un internado, que regía Cajetan Giannatasio del Río en uno de los suburbios de Viena. Ahí entró en contacto con un personaje que siempre me ha parecido fascinante a la par que maltratado: Fanny Giannatasio. Tras el (largo) fragmento de la Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 232-239) que sigue os hablaré un poquito más de ella:
Beethoven no podía por el momento ni concebir la idea de tener a su sobrino consigo en su casa, de modo que el 2 de febrero de 1816 lo ingresó en la escuela de Cajetan Giannatasio del Río, en la que permaneció por espacio de casi dos años. Se trataba de un pedagogo con ancestros españoles que desde 1798 regentaba junto con su esposa Katharina (Quenzer de soltera) una escuela privada para niños. Giannatasio había trabajado antes como tutor en casas aristocráticas, en Viena y también en Hungría, donde nacieron sus hijas Franziska (Fanny) y Maria Anna (Nanni), que en la época que tratamos tenían, respectivamente, 26 y 24 años.
Beethoven había visitado la escuela de Giannatasio el 16 de enero junto con Bernard, a quien ya conocemos como revisor del texto de Der glorreiche Augenblick y a quien Beethoven consultó repetidamente en estos años cuestiones relativas a su sobrino y a su educación.
La relación del compositor con la familia fue excelente, aunque con altibajos. En la época del Congreso habían alojado en su casa a Johann Friedrich Leopold Duncker, que había acudido a Viena como integrante del séquito del rey de Prusia Federico Guillermo III. Con toda probabilidad tuvo relación con Beethoven, aunque no hay pruebas documentales de ello, salvo la música que escribió para la pieza teatral Leonore Prohaska (WoO 96), consistente en un coro de guerreros, una romanza, un melodrama y una marcha fúnebre (orquestación del tercer movimiento de la Sonata para piano Op.26); Duncker quiso estrenar la obra, que trataba de una muchacha prusiana que se alistaba disfrazada de hombre en la guerra contra Napoleón y moría heroicamente en la batalla, pero no pudo, a buen seguro por la superabundancia de obras que trataban asuntos parecidos en la época (recordemos que incluso en el Egmont de Goethe hay una joven que, disfrazada de muchacho, marcha a la guerra).
El caso es que Duncker, gran admirador de Beethoven, inculcó en la familia Giannatasio un interés por el compositor que se vio muy avivado con la decisión de ingresar a su sobrino en su pensionado. Beethoven también debió de sentirse muy a gusto en el seno de esta familia, ya que se convirtió en asiduo visitante de su casa; además, ambas hijas tenían conocimientos musicales, tocaban el piano y cantaban, con lo cual podían ofrecer a su invitado entretenimientos musicales en los que en alguna ocasión él desempeñó el papel de acompañante.
Sin duda Beethoven disfrutaba de la compañía de ambas jóvenes. Él parecía preferir a la menor, Nanni, más extrovertida. Estaba prometida a Leopold von Schmerling, que era hermano de un miembro del Landrecht, Joseph von Schmerling, a quien Beethoven consultó en alguna ocasión cuestiones relativas a la tutela. La hermana mayor, Fanny, era más retraída, tal vez por un mal trago que acababa de pasar (la muerte del hombre del que estaba enamorada) y acabó desarrollando una dependencia emocional de Beethoven que al final casi se convirtió en secreto enamoramiento. Fanny mantuvo un diario donde expresó todos estos sentimientos, algunos de cuyos fragmentos fueron publicados por Ludwig Nohl en 1875, dos años después de la muerte de Fanny, con el título Eine stille Liebe zu Beethoven: Nach dem Tagebuch einer jungen Dame («Un amor silencioso de Beethoven: del diario de una joven dama»). Cuando se hallaba a la espera de la llegada de Karl a la escuela de su padre ya se sentía emocionalmente excitada:
Lo que tantas veces he deseado en vano, que Beethoven viniera a nuestra casa, finalmente ha ocurrido. Ayer por la tarde trajo a su pequeño sobrino para ver el Instituto y hoy ya está todo arreglado. No diré nada de mi infantil turbación. En mi cabeza bullían numerosos pensamientos y los auspicios eran tan desfavorables que he de ser excusada si estuve ausente.
No puedo describir el gozo que siento al encontrarme, de esta forma, cerca de un hombre a quien honro tanto como artista y estimo tan elevadamente como hombre. Qué contenta estaría si realmente pudiéramos entablar una relación amistosa con Beethoven y si pudiera esperar que unas cuantas horas de su vida fuesen agradables para él – para él, que ha hecho desaparecer tantos nubarrones de mí. La intensa simpatía que siento por él en su triste situación es la razón principal para desearlo. (25 de enero de 1816).
Todo el día he estado ocupada con Beethoven, es decir, con la expectativa de la llegada de su sobrino, ya que me avergüenzo de mí misma, tanto más cuanto no encuentro la idea de Nanni y Leopold tan absurda como debiera. No puedo ni desearlo ni dejar de hacerlo y soy incapaz de creer que mi veneración por su genio disminuirá por un conocimiento más cercano del hombre. Mi estima por él ha de incrementarse si lo encuentro la mitad de genial y amable de lo que se ha presentado ante nosotros, lo cual, ante mis ojos, solo le hace más interesante de lo común. (30 de enero de 1816).
Y poco después de que Karl entrase en el pensionado, el 22 de febrero, escribió:
Unas cuantas palabras sobre la conversación de ayer por la noche. El aspecto de Beethoven me agrada enormemente. No puedo decir más, ya que apenas hablé con él. Anteayer estuvo con nosotros por la tarde y se ganó todos nuestros corazones. ¡La modestia y sinceridad de su disposición nos agradó extremadamente! La pena que su infeliz relación con la madre del niño angustia su espíritu. También me aflige a mí, ya que él es un hombre que tendría que ser feliz. ¡Ojalá se una a nosotros y, por nuestra cálida simpatía e interés encuentre paz y serenidad!
Al preguntarle padre por qué nos dejaba tan pronto cuando los niños estaban presentes, contestó que «su cara no estaba en armonía con las caras felices ¡y se sentía tan consciente de ello que no podía aguantarlo más!»
Temo mucho que en una prolongada e íntima relación con este hombre bueno y excelente llegaré a sentir por él algo más que una mera amistad y que experimentaré, como resultado, muchas horas intranquilas. Pero aguantaré todo, ya que solo yo tengo en mi poder hacer que su vida sea más brillante.
No se equivocaba en sus temores, ya que muy poco después, el 2 de marzo, confió lo siguiente a su diario:
¿Es eso verdad? Grité, tras una conversación con Nanni sobre Beethoven. ¿Ya es tan querido para mí que el consejo, entre risas, de mi hermana de no enamorarme de él me duele y perturba desmedidamente? ¡Pobre de mí! No he de permitirme a mí misma caer en tales pensamientos, aunque, después de todo, una vida dedicada a amar, incluso si implica unas cuantas horas lastimosas, es mejor, mucho mejor que permitir que el cálido corazón de una vegete en una vacía monotonía semejante a la muerte. Aun así, cuando le conozca mejor, ha de llegar a ser querido, muy querido para mí. Puede y tendría que serlo; ¿por qué pensar entonces en una unión más cercana que es imposible según me dice el sentido común?
¿Cómo puedo ser tan vana como para creer o imaginar que el poder de cautivar a un alma como la suya está reservado para mí? ¡Un genio así! ¡Y un corazón así! ¡Ah, sin duda! Un corazón noble como el suyo concuerda exactamente con mis anhelos.
En las primeras semanas de estancia de Karl en la escuela de Giannatasio, posiblemente su madre o algún enviado de ella tuvieron que intentar ponerse en contacto con el niño, para gran irritación de Beethoven, que envió varias cartas a Cajetan en las que le deja claro que ha consultado con el Landrecht para establecer que nadie pudiera ir a buscar al muchacho sin su consentimiento y que Johanna, a la que despectivamente tilda de «Reina de la Noche», nunca lo pudiera visitar en la escuela. Incluso consiguió que el tribunal emitiese una orden a tal efecto, según la cual, si Johanna quería ver a su hijo tenía que solicitárselo a Beethoven y solo si él estaba de acuerdo se indicaría dónde y cuándo podría tener lugar el encuentro. Giannatasio informó el 8 de marzo a Johanna que si deseaba ver a su hijo tendría que acudir a Beethoven para que este decidiese cómo y cuándo se realizaría la visita. De esta forma se inició un periodo que podríamos llamar de «tregua» en el pleito, lo cual no quiere decir que las relaciones entre los cuñados mejorasen en absoluto. Johanna intentó por todos los medios ver a su hijo, recurriendo al disfraz e incluso al soborno, lo cual desataba las iras de Beethoven; sin embargo, en mayo de 1817 llegaron a un acuerdo para que ella cediera la mitad de su pensión de viuda para ayudar a cubrir los elevados gastos que suponía la estancia de Karl en el internado. Las entradas números 158-160 del Tagebuch aluden a esta cuestión y muestran una especie de simpatía o de arrepentimiento hacia su cuñada:
La madre de Karl quería llegar a un acuerdo, pero su base era que se tenía que vender la casa, de lo cual se podía esperar que se pagasen todas las deudas, junto con la mitad de la pensión de la viuda, junto con lo que quedase de la venta de la casa, junto con el usufructo conjunto para las necesidades de Karl ella podría vivir no solo decentemente sino muy bien, ¡pero como la casa no se va a vender! Lo cual era la condición principal con la que se alcanzó el acuerdo, ya que se alegó que ya se había impuesto una ejecución sobre ella, así que ahora tengo que dejar de lado mis escrúpulos y puedo suponer, desde luego, que la viuda no se ha situado mal, lo cual le deseo de todo corazón. He cumplido con mi parte, oh, Señor.
Habría sido imposible sin herir los sentimientos de la viuda, pero no pudo ser. Y Vos, Dios Todopoderoso, veis dentro de mi corazón, sabéis que he descuidado mi propio bienestar en nombre de mi querido Karl, bendecid mi obra, bendecid a la viuda, por qué no puedo seguir plenamente mi corazón y, por tanto – la viuda –
Dios, Dios, mi refugio, mi roca, oh mi todo, ¡¡¡Vos veis en lo más profundo de mi corazón y sabéis cómo me duele tener que hacer sufrir a alguien por medio de mis buenas obras para mi querido Karl!!! Oh, escuchad, siempre Inefable, escuchadme, a vuestro infeliz, el más infeliz de los mortales.
En todo caso, Beethoven no parecía tener la idea de prolongar mucho tiempo la estancia de su sobrino como interno, como se desprende de la carta que envió a Giannatasio el 28 de julio de 1816:
Varias circunstancias me inducen a llevarme a Karl a vivir conmigo. Así, como tengo esto a la vista, permítame enviarle el pago del próximo cuatrimestre, al final del cual Karl dejará su internado – No atribuya este traslado a crítica desfavorable alguna hacia usted o hacia su respetable internado, sino adscríbalo a muchos otros factores urgentes relacionados con el bienestar de Karl. Es un experimento, y tan pronto lo haya comenzado le pediré que me ayude con sus consejos, de hecho, permitir a Karl visitar su internado de vez en cuando. Siempre le estaremos agradecidos, y, desde luego, nunca olvidaremos su atención y el excelente cuidado de su digna esposa, tales cuidados solo se pueden comparar a los de la mejor de las madres –
En esta misma carta menciona Beethoven la operación de hernia a la que fue sometido Karl el 18 de septiembre, llevada a cabo por el doctor Carl von Smetana, en casa de Giannatasio. En este sentido, advertía para que Johanna no se aprovechase de la situación de convalecencia del niño:
En lo que se refiere a la Reina de la Noche, los asuntos han de quedar como habían estado e incluso si la operación se debiera realizar en su casa, como estará indispuesto unos días y por lo tanto más susceptible e irritable, aún menos se ha de admitir que llegue a él ya que toda impresión podría fácilmente renovarse en K., lo que no podemos permitir. Cuán poca mejora podemos esperar de su caso lo muestra el insípido garabato adjunto que le envío solo para que vea cuánta razón tengo al cumplir el plan que contra ella se adoptó, pero esta vez no la contesté como un Sarastro sino como un sultán.
El caso es que la recuperación fue rápida, tanto que incluso pudo visitar a Beethoven en Baden, donde había ido en julio. Fue acompañado de casi toda la familia Giannatasio, algo que permitió que Fanny registrase en sus memorias los siguientes e interesantes pasajes en los que no solo describe la forma de vivir de Beethoven y su relación con los criados, sino que alude claramente a la dama a la que Beethoven escribió su apasionada carta de julio de 1812:
Mientras su sobrino aún estaba con nosotros, Beethoven nos invitó una vez a visitarlo en Baden, donde estaba pasando los meses estivales, a mi padre y a nosotras las dos hijas con Karl. Aunque se había informado a nuestro anfitrión de nuestra llegada pronto nos dimos cuenta de que no se había realizado preparativo alguno para nuestro alojamiento. B. fue con nosotros por la tarde a una taberna donde nos sorprendimos al notar que regateaba con el camarero sobre cualquier panecillo, pero esto era porque a causa de su mal oído con frecuencia le había engañado el personal de servicio. Pues incluso entonces había que estar muy cerca de su oído para hacerle comprender y recuerdo que muchas veces estaba muy apurada cuando tenía que abrirme paso por los cabellos encanecidos que ocultaban su oreja. Él mismo solía decir: «¡Tengo que cortarme el pelo!» Mirándolo por encima una pensaba que su pelo era áspero y erizado, pero era muy fino y cuando lo tocábamos con la mano quedaba revuelto en todas direcciones, lo que muchas veces quedaba cómico. (Una vez cuando vino notamos un agujero en el codo cuando se estaba quitando el abrigo; tuvo que acordarse de ello porque quiso ponérselo de nuevo pero dijo, riendo, quitándoselo completamente: «¡Ya lo han visto!»)
Cuando llegamos a su alojamiento por la tarde se propuso un paseo, pero nuestro anfitrión no nos acompañaría ya que se excusó diciendo que tenía mucho que hacer, pero prometió seguirnos y unirse a nosotros, lo cual hizo. Pero cuando volvimos a última hora de la tarde no se veía signo alguno de acomodación para nuestro alojamiento. B. masculló excusas y acusaciones contra las personas a quienes había encargado los preparativos y nos ayudó a acomodarnos; ¡oh, qué interesante fue mover un ligero sofá con su ayuda! Se despejó una estancia bastante grande donde estaba su pianoforte para que nosotras las chicas la utilizásemos como dormitorio. Pero el sueño permaneció mucho tiempo ausente de nosotras en este santuario musical. Sí, y he de confesar mi vergüenza por que nuestra curiosidad y deseo de saber cosas nos llevó a examinar una gran mesa redonda que estaba en la habitación. Llamó nuestra atención en particular un cuaderno de apuntes. Pero había tal confusión de asuntos domésticos, la mayoría de los cuales fueron ilegibles para nosotras que quedamos asombradas, pero he aquí que aún recuerdo un pasaje –así decía: «Mi corazón se exalta en la contemplación de la adorable naturaleza – ¡aunque ella no esté aquí!» –esto nos dio mucho que pensar. ¡Por la mañana un sonido muy prosaico nos sacó de nuestro poético ánimo! B. también apareció pronto con la cara arañada y se quejó de que estaba discutiendo con su criado que se marchaba, «vean», dijo, «¡cómo me ha maltratado!» Se quejó también de que estas personas, aunque sabían que no podía oír, no hacían nada por darse a entender. Después dimos un paseo hacia el hermoso Helenenthal, nosotras las chicas delante, luego B. y nuestro padre. Lo que sigue lo pudimos escuchar por encima con oídos atentos:
Mi padre pensaba que B. podía liberarse de sus desgraciadas condiciones domésticas solo con el matrimonio si conociese a alguien, etc. Entonces se confirmó nuestra sospecha: ¡era infeliz en el amor! Cinco años antes había conocido a una persona que si se hubiese unido con ella lo habría considerado como la mayor alegría de su vida. Pero no se podía pensar en ello, era casi imposible, una quimera –«sin embargo ahora es como el primer día». Esta armonía, añadió, ¡aún no la había descubierto! Nunca había llegado a la confesión, ¡pero no podía quitárselo de la cabeza! Entonces siguió un momento que sirvió para reparar muchos malentendidos y dolorosas conductas por su parte, pues agradeció la amistosa oferta de mi padre de ayudarlo en lo posible en sus problemas domésticos y yo creí que estaba convencido de su amistad por él. Nuevamente habló de su desgraciada pérdida de oído, de la desdichada existencia física que había soportado durante mucho tiempo. ¡Él (B.) estaba tan feliz en el almuerzo (al aire libre en el Helena) que su musa volaba sobre él! Frecuentemente se giraba y escribía algunos compases con el comentario: «Mi paseo con ustedes me ha costado algunas notas pero trae otras». Todo esto sucedió en septiembre del año 1816.
Fanny es, como os he dicho, un personaje que me fascina sobre todo porque, a pesar de la importancia biográfica de sus diarios para esta época tan importante de la vida de Beethoven, ha sido tratada con condescendencia e incluso hasta con burla por lo ingenuo de alguna de sus confesiones. Esto hizo que al comienzo de mis veleidades literarias, allá por 2015, se me ocurriese escribir una novela basándome en los fragmentos de su diario que publicó Nohl. Al principio quise situarla en su contexto, esto es en la Viena de la época Biedermeier, pero seguí el consejo que escuché una vez: «no escribas sobre cosas que no conoces», así que trasladé la historia al Madrid de los años sesenta y convertí a Beethoven en el gran literato Luis Benavent. El resultado fue la novela corta Fanny:
Si os pica la curiosidad, la podéis conseguir aquí. Os puedo decir que, a pesar del traslado de fecha y lugar y el cambio de profesión del genio sigue con mucha fidelidad los diarios de Fanny.
La ilustración musical de esta larguísima entrada no podía ser otra que la canción nupcial que escribió Beethoven para Nanni, la preferida de las hermanas para tortura de Fanny:
En la anterior entrada os comenté que la parte cuarta de mi librito sobre Beethoven se titulaba «Años de fama mundana y pleitos» y aquella la dediqué a la fama mundana. La de hoy se referirá a los pleitos o, más bien, al «pleito» por antonomasia, el que durante casi cinco años sostuvo Beethoven con su cuñada por la tutela de su sobrino Karl. Es este uno de los apartados más complejos de la vida de Beethoven, que dio comienzo con la muerte de su hermano Caspar Carl el 15 de noviembre de 1815. Caspar Carl se había casado, en contra de la voluntad de su hermano, con Johanna Reiss, una joven que tenía bastante mala fama (sus propios padres la habían acusado de robo) y que, además, iba embarazada al matrimonio (terrible escándalo en la época y hasta hace bien poco). Así os cuento en la Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 229-232) cómo comenzó la cosa, una vez firmó el hermano moribundo su testamento:
Forbes indica que en el documento original hay una enmienda muy importante: el apartado 5 en principio estaba redactado así: «Junto con mi esposa, nombro a mi hermano Ludwig van Beethoven cotutor…» y en esta frase fueron tachadas las palabras «Junto con mi esposa» y la partícula «co-», es probable que por presiones de Beethoven. En cualquier caso, el moribundo, al darse cuenta de que su hermano tenía la intención de impedir que su esposa ejerciese la tutela junto con él, añadió el mismo día 14 de noviembre un codicilo al testamento:
Habiendo sabido que mi hermano, Hr. Ludwig van Beethoven, desea tras mi muerte hacerse cargo totalmente de mi hijo Karl y retirarle completamente de la supervisión y educación de su madre y dado que no existe la mejor de las armonías entre mi hermano y mi esposa, he encontrado necesario añadir a mi testamento que bajo ningún concepto deseo que se separe a mi hijo de su madre, sino que siempre y mientras su futura carrera lo permita, permanezca con su madre, a cuyo fin su tutela será ejercida por ella al igual que mi hermano. Solo con unidad el objetivo que tengo a la vista al nombrar a mi hermano tutor de mi hijo se puede conseguir, de ahí que, por el bienestar de mi hijo, recomiendo conformidad a mi esposa y más moderación a mi hermano.
Quiera Dios que entre ellos haya armonía por el bienestar de mi hijo. Este es el último deseo del marido y hermano moribundo.
Basándose en el codicilo, depositado ante él el 17 de noviembre, el Landrecht de la Baja Austria nombró tutora principal de Karl a Johanna y a Beethoven tutor asociado el 22 de noviembre de 1815. Beethoven apeló tal decisión el día 28 y el 15 de diciembre solicitó al tribunal de la Magistratura de Viena (el que entendía de los asuntos de los plebeyos) la sentencia por fraude contra Johanna (petición que le fue denegada aunque este tribunal sí que accedió a enviar la información solicitada al Landrecht). Nuevamente se dirigió al Landrecht el 20 de diciembre, esta vez con un ataque más directo a la viuda de su hermano y dudando sobre la validez del codicilo:
(…) esos hombres honorables que ocupan distinguidos puestos [los miembros de la Magistratura de Viena] estarían dispuestos a aportar las pruebas más incontestables sobre su comportamiento antes y después de su casamiento con mi hermano y hasta el momento de su muerte, incluso si yo renuncio a decir cualquier cosa sobre asuntos que yo mismo puedo probar completamente. Además, se ha de tener en mente que una mujer, aunque estuviese dotada de cualidades morales e intelectuales, que por desgracia me veo obligado a confesar que bajo ningún concepto es el caso de la viuda de mi difunto hermano, nunca puede ser capaz de supervisar adecuadamente la educación de un niño tan pronto haya superado la edad de nueve años. Cierto es que su viuda fue nombrada por mi hermano cotutora, pero esto se hizo en un codicilo añadido cuando estuve ausente hora y media, es decir, sin mi conocimiento y a mis espaldas…
Finalmente, el tribunal dio la razón a Beethoven el 9 de enero de 1816 y el día 19 acudió allí a prestar juramento como tutor único de su sobrino, que fue separado de su madre. Beethoven se encontró de esta manera con la responsabilidad de criar y educar a un niño, algo que difícilmente cuadraba con su modo de vida y que sería aún más complicado a causa de su sordera.
Wenzel Tomašek nos traza un desolador cuadro de cómo vivía el compositor apenas un año antes, mientras se hallaba atareado con la cantata Der glorreiche Augenblick. Tomašek acudió a visitarlo el 10 de octubre de 1814 y he aquí cómo describe lo que se encontró:
El desdichado estaba especialmente duro de oído este día, de forma que había que gritarle más que hablarle para ser entendido. El vestíbulo en el que me saludó estaba cualquier cosa menos espléndidamente amueblado y, por cierto, tan desordenado como sus cabellos. Aquí encontré un piano vertical y en su atril el texto de una cantata de Weissenbach; sobre las teclas yacía un lapicero con el que había esbozado su obra, y a su lado, en una hoja de papel pautado llena de garabatos, encontré numerosas ideas divergentes, trazadas de forma inconexa, los detalles individuales más heterogéneos codo con codo, tal y como le habían llegado a la mente…
En su segunda visita, el 24 de noviembre, la impresión no fue mucho mejor:
Me anunció su criado y se me admitió en seguida. Si su hogar había presentado una apariencia desordenada cuando lo visité por primera vez, ahora era mucho peor. En la habitación de en medio encontré dos copistas que estaban copiando su cantata; en la segunda habitación cada silla y casa mesa estaban cubiertas por fragmentos de partituras que Umlauf, a quien Beethoven me presentó, estaba probablemente corrigiendo.
¡Y en este hogar es donde iba a llegar ahora un niño de poco más de nueve años de edad!
Antes de seguir adelante, me parece necesario detenerme en un aspecto fundamental, que no es otro que la relación de Beethoven con su sobrino y las cuestiones psicológicas e incluso psicoanalíticas que la rodearon. Es evidente que Beethoven encontró en la asunción de la tutela de Karl el modo de colmar su deseo de formar una familia, un deseo que siempre había chocado con lo inalcanzable de las mujeres a las que se había acercado con esa idea. Y también es evidente que su actitud hacia el muchacho, que alternaba entre una ternura excesiva y una también excesiva severidad, unida a la aversión por su cuñada y el uso del muchacho como arma arrojadiza en los largos años de pleitos, provocaron en Karl un efecto devastador, que culminaría en un intento de suicidio. Los biógrafos han tratado estos hechos de diferente manera, unos más benevolentes con el compositor, justificando todos sus actos dado que el fin era mitigar lo más posible la influencia de una madre perversa en un niño, y otros acusando a Beethoven de todo tipo de malas actuaciones y tildándolo poco menos que de loco (y esto en el mejor de los casos). En este sentido, fue todo un terremoto la aparición, en 1954, del libro de los psicoanalistas Richard y Editha Sterba, Beethoven and His Nephew: A Psychoanalytical Study of Their Relationship («Beethoven y su sobrino: un estudio psicoanalítico de su relación»). Otro psicoanalista y biógrafo de Beethoven, Maynard Solomon, ha analizado a fondo la tesis de los Sterba y la ha rebatido. Donde los austriacos veían veladas tendencias homosexuales que tenían su salida en su excesiva devoción por su hermano y, tras su muerte, en la especie de «amor maternal» exagerado que derramó sobre Karl, el americano recurre al concepto psicoanalítico de la «familia de fantasía», llena de sentimientos en conflicto que creó en los años que duró el pleito por la tutela, una familia que acabó desintegrándose por puro agotamiento.
Dado que la presente es una «vida de Beethoven» que quiere basarse en documentos y presentar sencillamente los hechos que nos narran sin añadir adorno alguno, no está dentro de sus objetivos hacer un análisis psicológico de los personajes que la pueblan. Valga lo esbozado en el párrafo anterior para ello, como excepción ante esta importante cuestión del pleito sobre la tutela y la relación de Beethoven y Karl y, desde este momento, nos habremos de ceñir a lo que digan las cartas, cuadernos de conversación y otros testimonios. En cualquier caso, para quien sienta curiosidad quede como recomendación el mencionado libro de los Sterba y el ensayo citado de los Beethoven Essays de Solomon, donde realiza una meticulosa crítica de dicho libro y que además es complementario del capítulo 18 de su biografía de Beethoven («Beethoven y su sobrino»), al que también remito para profundizar sobre este asunto.
Muy poco después de esta primera victoria en los tribunales, en abril de 1816, escribió Beethoven el ciclo de canciones An die ferne Geliebte («A la amada lejana»), sobre poemas de Alois Jeitteles, ¿anhelando quizá una compañera para el tremendo viaje que acababa de comenzar?
Titulé la cuarta parte de mi Vida de Ludwig van Beethoven como «Años de fama mundana y pleitos». Ya llegará el momento de tratar de los pleitos; comencemos con la fama mundana, que llegó sobre todo durante la celebración del Congreso de Viena. Así lo cuento en el libro (pp. 218-219):
El 31 de marzo de 1814 las potencias coaligadas habían entrado en París y Napoleón había abdicado en Fontainebleu unos días después. El Tratado de París, que ponía fin a la guerra, se firmó el 30 de mayo y estableció que se celebraría en Viena un congreso general al que se invitaría a todas las potencias implicadas en uno y otro bando, un congreso en el que se volvería a dibujar el mapa de Europa y, en gran medida, se pretendería restaurar el Antiguo Régimen eliminado años antes por la Revolución Francesa. Por lo tanto, la capital imperial se convertiría durante unos meses en el centro de Europa y en ella coincidirían varios jefes de estado, como el zar Alejandro I, el rey de Prusia Federico Guillermo III o los reyes de Sajonia y Dinamarca, todos ellos acompañados de sus correspondientes séquitos. El congreso duraría de septiembre de 1814 al 9 junio de 1815. Nueve días después de su clausura se produjo la batalla de Waterloo y, tras los «cien días», un Napoleón definitivamente derrotado tendría que partir hacia su destino final, la remota isla de Santa Elena, en medio del Atlántico Sur.
Era esta, pues, una ocasión magnífica para que la carrera de Beethoven alcanzase un punto culminante. Al poco de llegar varios de estos jefes de estado, el lunes 26 de septiembre, se llevó a cabo una representación de Fidelio ante ellos, ocasión para la cual Beethoven, que estaba pasando el verano en Baden, volvió a la ciudad. El recién citado Aloys Weissenbach, médico de origen tirolés, estaba entre el público. También era sordo y por eso surgió entre ambos una simpatía que los llevó a compartir muchos momentos en esta época. Como ya hemos visto, Weissembach suministró a Beethoven el lisonjero texto de Der glorreiche Augenblick, que posiblemente fuese revisado por su amigo Karl Bernard antes de ponerle música. Sabemos que se estrenó ante los notables invitados del emperador el 29 de noviembre, en un concierto que también incluyó la Séptima Sinfonía y la inevitable Victoria de Wellington. El éxito fue apabullante; sin embargo, cuando se repitió el mismo programa el 2 de diciembre en un concierto a beneficio de Beethoven, la mitad de las localidades de la sala quedaron vacías.
El conde Razumovsky asumió en el Congreso el papel de consejero del zar y fue él quien primero presentó a Beethoven a los dignatarios que se hallaban en la ciudad. El archiduque Rodolfo también asumió esta tarea. Fue por medio del conde, y en los aposentos del archiduque, donde Beethoven conoció a la zarina Isabel, para quien compuso la Polonesa para piano Op. 89. En la audiencia, la soberana obsequió con 50 ducados al compositor y, poco después, le entregó otros 100, en compensación por la dedicatoria a su esposo, el zar Alejandro I, de las sonatas para violín Op. 30, publicadas en 1803, por las que no había recibido reconocimiento alguno. Fue en un concierto que se celebró el 25 de enero de 1815 en conmemoración del 36º cumpleaños de la zarina donde Beethoven apareció posiblemente por última vez como intérprete, acompañando al cantante Franz Wild en su Adelaide.
El hecho de que la audiencia con la zarina tuviese lugar en casa del archiduque Rodolfo y no en el magnífico palacio de Razumovsky, que había sido utilizado profusamente por el zar en los primeros meses del Congreso para sus recepciones, tiene su explicación: el 30 de diciembre de 1814 fue destruido por el fuego casi por completo, con todas las riquezas y obras de arte que contenía. A pesar de que fue reconstruido, gracias a un préstamo del propio monarca ruso, el ya príncipe Razumovksy (había sido elevado a tal rango unas semanas antes, el 24 de noviembre) nunca levantó cabeza; el nuevo palacio fue mucho más sobrio y, además, hubo otros efectos colaterales, como la disolución de su cuarteto de cuerda, lo cual llevó a Schuppanzigh a abandonar Viena poco más de un año después, en febrero de 1816.
Esta fama y estos honores quizás azuzaron a Beethoven para emprender proyectos musicales de más entidad que todas esas banales piezas de circunstancias que había escrito en alabanza de los monarcas reunidos en el Congreso. Así, a principios de marzo de 1815 terminó una obertura que había comenzado a mediados de 1814 y empezado a pasar a manuscrito con el fin de estrenarla para la onomástica del emperador, el 4 de octubre. Sin embargo, se dejó de lado hasta el final del invierno. Se trata de la obertura Namensfeier o «para la onomástica», Op. 115.
Muy poco después del episodio de la carta a la «Amada Inmortal» tuvo lugar, por fin, el encuentro entre los dos genios. Así lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 200-201):
El 14 o el 15 de julio llegó Goethe a Teplitz y, por tanto, se podría producir por fin el tan esperado encuentro entre los dos genios. Su mayor propiciadora, Bettina Brentano, no podría ser testigo de él a pesar de encontrarse también desde el 24 de julio en Teplitz con su marido, Achim von Arnim, ya que había discutido con Goethe a causa de la esposa de este, Christiane. Estaba celosa de Bettina y no se soportaban. En el verano de 1811 estalló la tormenta; Bettina era culta, refinada y bella, Christiane era bastante vulgar y su aspecto no demasiado agradable… En una ocasión, reunidas ambas en una exposición pictórica, Bettina hizo una serie de comentarios «ingeniosos» que la esposa de Goethe tomó como ofensa personal y él tomó partido por ella. El resultado fue la expulsión de los Arnim de su casa.
Se han escrito innumerables historias y anécdotas relativas a estos pocos días que compartieron Goethe y Beethoven en los balnearios del norte de Bohemia y es muy difícil saber cuáles de ellas son reales y cuáles no. Como muy bien dice Thayer, «es necesario tamizar los hechos de la leyenda para completar la historia de las relaciones entre Goethe y Beethoven». Añadamos, además, que algunas de esas historias provienen de la exuberante y febril imaginación de Bettina Brentano, con lo cual es mejor ceñirse a los documentos para tener una idea clara de este memorable encuentro.
Goethe indica el 19 de julio como la fecha en que se conocieron personalmente. Ese mismo día escribió a su esposa: «Nunca he visto un artista más independiente, enérgico, sincero. Puedo entender perfectamente qué singular ha de ser su actitud hacia el mundo». Desde ese momento, se trataron casi a diario hasta que Beethoven se fue a Karlsbad, hacia el 25 de julio. El 21 de julio lo escuchó al piano: «Tocó deliciosamente».
Goethe se quedó en Teplitz hasta el 12 de agosto, cuando marchó a Karlsbad; Beethoven llegó allí hacia el 7 de septiembre, por lo que aún tuvo días para poder ver al poeta. Es probable que se encontrasen de nuevo, ya que Goethe escribió a su esposa indicándola que podía utilizar a Beethoven como correo, lo cual muestra que tenía intención de verlo otra vez.
Ocurriese lo que ocurriese entre ellos, la conclusión que se puede sacar es fácilmente deducible del famoso párrafo que Goethe escribió a Zelter:
Conocí a Beethoven en Teplitz. Su talento me asombró; por desgracia es una personalidad totalmente indomable, que no está del todo equivocado al mantener que el mundo es detestable pero seguramente no hace de él algo más agradable para él u otros por su actitud. Fácilmente se le puede excusar, por otra parte, y en gran medida compadecer ya que su oído le está abandonando, lo cual, tal vez, estropea menos la parte musical de su naturaleza que la social. Es de naturaleza lacónica y lo será doblemente a causa de esta carencia.
Estaba claro que el refinado, culto y aristocrático escritor contrastaría vivamente con el vehemente, rudo, un tanto desaliñado compositor. De todos modos, el propio Beethoven indicó a Breitkopf & Härtel en una carta que envió a la editorial desde Teplitz el 24 de julio que Goethe le había prometido escribir algo para él.
De todas esas historias, Thayer solo da un punto de verosimilitud a la siguiente: en cierta ocasión, iban los dos paseando y la gente que se cruzaba con ellos los paraba continuamente para saludarlos y presentarles sus respetos. Ante la irritación de Goethe, Beethoven dijo: «No se moleste por ello Su Excelencia, tal vez se paran para saludarme a mí». Thayer indica que la fuente fiable para esta anécdota es un joyero de Viena, Joseph Türk, que estuvo en Teplitz en el verano de 1812.
En cuanto a la opinión de Beethoven sobre Goethe, queda muy clara en una frase que escribió a Breitkopf & Härtel desde Franzensbrunn (hoy Františkovy Lázně) el 9 de agosto: «Goethe gusta demasiado de la atmósfera de las cortes, más de lo que conviene a un poeta. Por qué reírse de las absurdeces de los virtuosos cuando los poetas, que tienen que ser los primeros maestros de una nación, olvidan todo lo demás por estos oropeles».
Beethoven puso música a muchos textos de Beethoven; hoy os traigo los tres lieder Op. 83, todos sobre poemas del genio de Fráncfort:
Estamos ante uno de los episodios que, con ser algo semejante a un cotilleo, ha hecho correr más ríos de tinta entre todo hijo de vecino que haya pretendido escribir sobre la vida de Beethoven. Y yo no iba a ser menos. He aquí lo que hablo del asunto de la carta a la «Amada Inmortal» (6-7 de julio de 1812) en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 193-198):
En realidad es una carta con dos posdatas, dirigida a una mujer desconocida y, posiblemente, jamás enviada. Fue encontrada tras la muerte de Beethoven en un cajón secreto de su escritorio, junto con dos retratos en miniatura; uno de ellos se ha identificado con bastante certeza como de Giulietta Guicciardi. El otro es probable que sea de esta esquiva mujer.
Desde la publicación de la carta, en la primera edición de la biografía de Beethoven por Schindler (1840), no ha habido estudioso de la vida del compositor que no haya querido lanzar su hipótesis sobre quién fue la dama a la que mandó esta declaración de amor y renuncia. El Apéndice F de la biografía de Thayer está dedicado a resumir todas estas teorías, desde la lanzada por Schindler en su biografía hasta mediados de los años cincuenta del siglo XX.
Sería excesivamente prolijo hacerse eco de todas ellas. Hoy en día se barajan ya solo tres nombres, los de Antonie Brentano, Josephine Deym (que por entonces era Josephine von Stackelberg) y Almérie de Esterházy.
La identificación de Antonie Brentano como la «Amada Inmortal» se debe a Maynard Solomon. En el capítulo 15 de su biografía de Beethoven detalla el casi detectivesco trabajo que lleva a cabo para llegar a su conclusión, que es apoyada hoy en día por una gran mayoría de estudiosos. Antonie Brentano cumple con todos los criterios para ser la dama con quien Beethoven se encontró en Praga y con cuyo lápiz le escribía una carta a «K.», que con toda seguridad es Karlsbad, donde, como hemos visto, estaban los Brentano. Por otra parte, ya sabemos que entre ambos había surgido una intensa corriente de simpatía: recordemos que Beethoven pasaba muchas tardes cerca del lecho de Antonie, enferma, consolándola con su improvisación al piano. Además, ella veía cerca el regreso a Fráncfort, una ciudad en la que no era feliz, y pudiera ser que eso le llevase a ver una relación con Beethoven como un modo de impedirlo y de quedarse en su querida Viena junto con un artista al que admiraba profundamente y al que quizá amaba. Significativamente, Beethoven le regaló en marzo de 1812, a petición de ella, el autógrafo de la canción An die Geliebte («A la amada»), WoO 140, que había escrito un par de meses antes.
Sin embargo, sabemos también por el incidente con los Bigot acaecido en 1807 que no entraba dentro de la moralidad de Beethoven intentar nada con una mujer casada: «uno de mis principios fundamentales es no tener relación alguna distinta a la amistad con la esposa de otro hombre. No deseo tener cualesquiera otras relaciones que llenen mi alma con recelo frente a aquella que un día tendrá que compartir su destino conmigo». No parece cuadrar mucho esto con que la apasionada carta del 6-7 de julio se enviase a una mujer casada con cuya familia, además, se iba a reunir pronto. Y no parece que las relaciones que tenía con esta familia llevasen a sospechas o recelos, ni Beethoven un hombre capaz de engañar a un amigo como Franz Brentano. Solo unos pocos días antes de salir de Viena, el 26 de junio, regaló a Maximiliane, hija de Franz y Antonie, el Trío para piano WoO 39. ¿Se corresponde una muestra de afecto así con un intento de destruir ese matrimonio?
Distinto es el caso de Josephine Deym. Vimos como su intensa relación con Beethoven acabó hacia finales de 1807 y cómo ella faltó bastante de Viena. También que en febrero de 1810 se casó de nuevo, con el barón Christoph von Stackelberg, al que había conocido durante su estancia en Suiza. Tuvieron tres hijas; el matrimonio fue desgraciado y se puede decir que terminó en 1815, cuando él se marchó a su Estonia natal llevándose consigo a sus hijas (ya estaban separados desde la primavera de 1813).
Por tanto, en este caso no había un matrimonio que destrozar, sino una mujer con quien Beethoven ya había tenido una relación y que podía buscar consuelo en él. Sin embargo, el problema con Josephine Deym es que no hay prueba documental alguna que la sitúe en los balnearios de Bohemia en esos días. Y esto es fundamental dado que en aquellas ciudades balneario que por entonces, al ser territorio neutral, se convertían en lugar de cita de importantes personalidades de toda Europa, había concienzudos registros de visitantes que daban fe de quién llegaba y quién se marchaba, además de que para cruzar los diversos territorios del Imperio eran necesarios pasaportes. Y allí no se ha encontrado, aún, el nombre de Josephine von Stackelberg. Tampoco, como ya hemos visto, se conservan pruebas de contacto alguno entre Josephine Deym y Beethoven posteriores a 1808; ni siquiera sabemos cómo reaccionó Beethoven ante la muerte de su antigua amada, el 31 de marzo de 1821 (ese año de 1821 es uno de los más oscuros en la vida de Beethoven, dada la lamentable carencia de documentación de cualquier tipo).
(Para dar un tono acaso melodramático a cualquiera de estas dos hipótesis, casualmente ambas mujeres dieron a luz unos nueve meses después de que Beethoven escribiese esta carta, lo cual ha hecho enormemente tentador para los defensores de una u otra candidata a considerar esos niños como hijos naturales de Beethoven.)
Recientemente ha surgido una tercera candidata hasta entonces innombrada en la abundante literatura sobre Beethoven: el de Almérie de Esterházy, hija del conde Valentin Ladislaus Ferdinand Esterházy. El historiador musical checo Jaroslav Čeleda estudió la cuestión a mediados del siglo XX, pero hasta el año 2000 no se hicieron públicas sus investigaciones, como parte del libro Ludwig van Beethoven in Herzen Europas: Leben und Nachleben in den böhmischen Ländern, cuyos editores, Oldrich Pulkert y Hans-Werner Küthen fueron los responsables de sacarlas a la luz. Lo cierto es que es una teoría un tanto particular. No hay pruebas de que siquiera se llegasen a conocer y Čeleda aporta algunas un tanto «traídas por los pelos» como el uso sarcástico de términos militares en la correspondencia de Beethoven con el editor Steiner desde el momento en que se supo que Almérie se casaría con un alto mando militar, el conde Murray de Melgum. Además, algunos de los elementos de la investigación están tomados de un libro titulado Verklugenes Spiel, de Carl Pidoll, que utiliza como fuente unas supuestas memorias de Zmeskall que son ficticias. Por tanto, esta hipótesis es bastante débil y quienes la apoyan tienen una imperiosa necesidad de aportar pruebas si realmente quieren se tome en consideración.
Fuese quien fuese la destinataria de la carta, lo cierto es que nos encontramos con otra crisis como la que comenzó este capítulo: entonces, en el otoño de 1802, Beethoven constató que tenía que vivir con su sordera tras pasar por una fase de desesperación que le llevó a escribir el Testamento de Heiligenstadt. Ahora, en el verano de 1812, de lo que se da cuenta es de que cuando por fin ha encontrado a aquella que puede llenar su vida y hacerle feliz, la relación es imposible y tiene que renunciar a ella y a unir su alma a la de una mujer, tal vez para siempre. De crisis a crisis.
A título anecdótico, os cuento que la traducción correcta de la expresión de Beethoven sería «mi inmortalmente amada», pero ya hay una honda raigambre del apelativo que aquí se utiliza. Como ilustración musical, aquí tenéis la breve canción An die Geliebte, cuyo manuscrito regaló Beethoven a Antonie Brentano.
Therese Malfatti: El último proyecto matrimonial de Beethoven
¿Quién no conoce la celebérrima bagatela para Elisa? Lo que quizá no sepa tanta gente es que su nombre debería ser, en realidad, para Therese. En el siguiente fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 169-173) os cuento la relación de nuestro genio con la noble familia vienesa de los Malfatti:
Poco después de conseguir, según él creía, la estabilidad económica, Beethoven debió de pensar en la formación de un hogar asimismo estable por medio del matrimonio. El 14 de marzo de 1809, pocos días después de la firma del contrato de anualidad, escribió a Gleichenstein, que se encontraba en Friburgo, lo siguiente:
Ahora puedes ayudarme a encontrar esposa. De hecho podrías encontrar alguna bella joven en F[riburgo], donde te encuentras ahora, una que de vez en cuando concediese un suspiro a mis armonías. Pero no ha de ser como Elise Bürger (*). Si encuentras una, por favor establece la relación por adelantado – Pero ha de ser bella, pues es imposible para mí amar nada que no sea bello – o si no tendré que amarme a mí mismo.
No parece que de momento la tentativa fuese exitosa, pero sería también Gleichenstein quien le ofreciese una nueva oportunidad, al presentar a Beethoven a la familia Malfatti.
Los Malfatti von Rohrenbach zu Dezza (emparentados con el doctor Malfatti, que trataría más adelante a Beethoven), ennoblecidos desde 1785 y dedicados a la banca, eran una familia que había sido formada por Jacob Friedrich, casado con Therese von Velsern. Tenían dos hijas, Therese y Anna, cuyas edades, a comienzos de 1809, eran de 18 y 17 años, respectivamente. También tuvieron un hijo, Johann Baptist Jakob, nacido en 1795, que murió muy joven. Gleichenstein (que era barón desde 1808) presentó a Beethoven a esta familia probablemente a su vuelta de Viena desde Friburgo, en febrero de 1810. Beethoven sin duda se encontró muy cómodo en esa casa y agradeció a su amigo que le abriese sus puertas ya que allí se sentía «tan feliz con todos ellos, como si pudieran curar las heridas que me han infligido malas personas». Pero ocurrió que empezó a gustarle la hija mayor, al igual que a Gleichenstein la pequeña. El barón tuvo éxito y acabó casándose con Anna en mayo de 1811, pero el acercamiento de Beethoven a Therese no fue visto con buenos ojos por la familia. Una cosa era un barón, un noble, y otra un simple músico, un plebeyo con fama de excéntrico y malhumorado. Beethoven no pareció darse cuenta de ello; de su efusión amorosa surgió una de sus obras más conocidas, la bagatela para Elisa, que en realidad se tenía que titular para Teresa y cuyo autógrafo, perdido, (**) tal vez fuese enviado a su destinataria con la larga carta que Beethoven le mandó en mayo.
La cosa tenía que ir en serio, pues el 2 de mayo Beethoven escribió a Wegeler a Coblenza pidiéndole un certificado de bautismo, requisito indispensable para el matrimonio:
Querido y viejo amigo – Puedo imaginar que estas líneas mías te causarán cierto asombro – y a pesar de ello, aunque no tengas prueba escrita alguna, aún estás muy presente en mis pensamientos. – Durante mucho tiempo ha estado entre mis manuscritos uno pensado para ti, que ciertamente recibirás este verano. Hace un par de años mi modo de vida tranquilo, retirado, llegó a su fin y me vi lanzado por obligación a las actividades mundanas. Aún no me he formado una opinión favorable sobre ella pero tampoco en contra de ella – pero, ¿quién no se ve afectado por las tormentas del mundo exterior? Con todo, yo debería ser feliz, tal vez uno de los más felices de los hombres si el demonio no hubiese tomado posesión de mis oídos. – Si no hubiese leído en algún sitio que un hombre no debe partir voluntariamente de esta vida mientras le sigan quedando buenas obras que realizar, hace tiempo que ya no estaría – y desde luego por mi propia mano – Oh, la vida es tan bella, mas para mí está envenenada para siempre. –
No rechazarás mi petición amistosa si te ruego que me consigas mi partida de bautismo – Cualquier gasto que suponga el asunto, ya que tienes una cuenta con Steffen Breuning, lo podrás recuperar de inmediato de aquella fuente y lo haré efectivo de inmediato con Steffen aquí. – Si pensases que merece la pena investigar el asunto e hicieses el viaje desde Coblenza hasta Bonn, cárgame todo a mí. – Pero hay que tener en mente una cosa, esto es, que hubo un hermano nacido antes que yo que también se llamaba Ludwig con la adición de Maria, pero que murió. Para establecer mi edad más allá de toda duda, se ha de encontrar primero a este hermano, puesto que ya sé que con respecto a esto otros han cometido un error y se ha dicho de mí que soy más mayor de lo que soy. – Por desgracia yo mismo he vivido un tiempo sin saber mi edad – Tenía un registro familiar pero se perdió, sabe el cielo cómo. – Por tanto no te ofendas si te apremio para que prestes atención a este asunto, encontrar a Ludwig Maria y al presente Ludwig que nació después de él – Cuanto antes me envíes la partida de bautismo, mayor será mi agradecimiento – Me han dicho que cantas una de mis canciones en tu logia masónica, probablemente en mi mayor, que yo mismo no poseo. ¡Envíamela! Prometo recompensarte con el triple o cuádruple de alguna otra forma. – Piensa en mí con cariño, por muy poco que parezca yo merecerlo. – Abraza y besa a tu adorable esposa, a tus hijos, a todo aquel que sea querido por ti – en nombre de tu amigo
Beethoven
Si hemos de tomar al pie de la letra lo dicho en la carta, los pensamientos suicidas seguían aún rondando la cabeza de Beethoven, aunque los contrarrestaba con esa voluntad de seguir teniendo «buenas obras que realizar». Por otra parte, vemos que aún continuaba pensando que su edad era menor de lo que realmente era y atribuía el «error» de que le dijesen que era dos años mayor a una confusión con su hermano Ludwig María, que, como sabemos, nació y murió en 1769. Por otra parte la opinión de Wegeler sobre la carta es la siguiente:
Sin duda parece que en un momento de su vida Beethoven contempló el pensamiento de casarse, tras haber estado envuelto con frecuencia en asuntos amorosos, como han señalado estas Notizen (p. 105). Varios lectores han notado, como yo, la urgencia con que Beethoven, en su carta del 10 [sic] de mayo de 1810, me pedía que obtuviese su partida de bautismo. Insistía en sufragar todos mis gastos, incluso el coste del viaje desde Coblenza hasta Bonn y daba detalladas instrucciones sobre el cuidado necesario para tener la certeza de que la partida que obtuve era la correcta (p. 45).
Encontré la solución al enigma en una carta de mi cuñado, Stephan von Breuning, que me escribió tres meses más tarde. Dice: «Beethoven me dice al menos una vez por semana que quiere escribirte. Sin embargo, creo que sus planes de matrimonio se han desbaratado y por tanto ya no siente tanta urgencia para obtener su partida de bautismo».
Así, Beethoven aún no había abandonado el pensamiento de matrimonio en su trigésimo noveno año.
Así pues, a los pocos meses los planes «se habían desbaratado». ¿Qué había pasado? Algo había hecho Beethoven que había desagradado a los Malfatti, es probable que su actitud hacia Therese, y de alguna manera se lo habían transmitido a Gleichenstein, ya que sabían que este informaría a Beethoven. No se sabe qué le dijo el barón, posiblemente que los Malfatti ya solo deseaban recibirle en su casa cuando se hiciera música, pero sí que se conserva la afligida respuesta de Beethoven:
Tus noticias me sumergieron de nuevo desde las regiones del más elevado éxtasis a las profundidades. ¿Por qué el añadido, que me harías saber cuándo habría otra velada musical? ¿No soy entonces nada más que su músico o el músico para los demás? – Esto al menos es como se puede entender. No puedo, por tanto, buscar apoyo más que en mi propio corazón; no hay nada para mí fuera de él. No, nada sino heridas me han llegado desde la amistad y sentimientos parecidos – Sea, pues, que para ti, pobre B, no hay felicidad en el mundo exterior, la has de crear en ti mismo. Solo en el mundo ideal encontrarás amigos. Te ruego que tranquilices mi mente indicándome si ayer fui culpable de alguna falta de decoro o si no puedes hacer otra cosa que no sea decirme la verdad, la escucharé con tan buena disposición como yo la digo – Aún hay tiempo; la verdad tal vez pueda ayudarme todavía. Adiós – no dejes que tu amigo Dorner sepa nada de esto.
(*)Elise Bürger (Hahn de soltera) fue la tercera esposa del poeta Gottfried August Bürger, matrimonio que solo duró dos años.
(**)La obra no apareció publicada, por Ludwig Nohl, hasta 1867. Este estudioso lo hizo a partir del autógrafo, que Therese conservó hasta su muerte, en 1851, y que luego estuvo en poder de una dama llamada Babette Bredl, que fue quien se lo mostró a Nohl en 1865. Nohl copió del manuscrito «Für Elise am 27. April zur Erinnerung an L. v. Bthvn» («Para Elisa, el 27 de abril, como recuerdo de L. v. Bthvn») y es probable que, dada la terrible caligrafía de Beethoven, errase el nombre de la destinataria, aunque siguen planteadas todo tipo de dudas.
Se trata de dos figuras inmensas de la cultura germánica, en su época el mayor de los literatos y el mayor de los músicos. Era inevitable el encuentro y... el choque. Sigue un fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 174-177), donde se cuentan los primeros contactos entre ambos genios, promovidos por un personaje fascinante: Bettina Brentano:
Y luego estaba Bettina, la medio hermana de Franz, cuñada de Antonie y amiga de Goethe, que es muy importante en la biografía de Beethoven precisamente por constituirse en nexo de unión entre el gran compositor y el gran poeta. Y también es una fuente de información muy peligrosa, pues su fértil imaginación muchas veces adornó los documentos que ilustran su relación con nuestro protagonista y pasaron, aparentemente sin filtros, a las páginas de los biógrafos. Bettina publicó en 1835 un libro titulado Correspondencia de Goethe con una niña, en el que expone las cartas que presuntamente intercambió con la gran figura de la cultura germánica. Durante mucho tiempo se tomaron como una fuente importantísima de información no solo sobre Goethe, sino también sobre Beethoven, ya que en algunas de ellas describía de una forma muy vívida su primer encuentro y sus impresiones sobre el músico. El problema es que, cuando en 1921 aparecieron las versiones originales de estas misivas, se pudo comprobar que muchas de ellas habían sido reelaboradas, cuando no reescritas, de forma que en ellas daba su versión idealizada y romántica de sus héroes.
Bettina Brentano (antes de 1810)
Bettina acudió a Viena a visitar a su hermanastro y a su cuñada, y poco después conoció a Beethoven. Quedó fascinada por su genio y quiso transmitir ese entusiasmo a su amigo Goethe. Su supuesta carta del 28 de mayo de 1810 (que es una de las reelaboradas) describe su primer encuentro con Beethoven poniendo en boca del músico algunas frases que podría o no haber dicho. Lo que lleva a algunos estudiosos a no rechazar categóricamente estos escritos como pura invención son algunos detalles, como por ejemplo esta frase: «Anoche escribí todo lo que había dicho; esta mañana se lo he leído. Comentó: “¿Dije yo eso? Bien, ¡entonces tuve un raptus!”» Ya conocemos desde la época de Bonn esta típica expresión de Beethoven, y difícilmente podría haberlo escrito Bettina si en verdad el músico no hubiese pronunciado ante ella esa palabra que quedaba tan relegada dentro de sus círculos más íntimos.
En la carta, Bettina dice que Beethoven le pidió que hablase de él a Goethe, que le contase sus ideas estéticas y filosóficas sobre la música porque estimaba que las entendería incluso mejor que él mismo y deseaba ser instruido por él. No se puede dudar de la admiración de Beethoven por Goethe; ya había puesto música a algunos de sus poemas y justo por esta época había recibido un encargo de mucha más entidad relacionado con el poeta. En los últimos meses de 1809 se proyectó la representación de dos importantes obras teatrales de dos grandes autores germánicos: el Guillermo Tell de Schiller y el Egmont de Goethe. La música para la pieza de Schiller se encargó al director y compositor del teatro de la corte, Adalbert Gyrowetz, y la de Goethe, a Beethoven. El estreno de Egmont estaba previsto para el 24 de mayo de 1810, pero la música de Beethoven no estuvo lista. Por tanto, debía de estar dándole los últimos retoques cuando conoció a Bettina. Finalmente se pudo escuchar en la representación del 15 de junio, para la que Beethoven además actuó como amable y paciente «preparador» de la joven actriz Antonie Adamberger, de 19 años, que fue quien desempeñó el papel de Klärchen y, por tanto, tuvo que interpretar los dos lieder de la obra de Beethoven sin ser cantante.
Si bien la carta de Bettina está rescrita y «adornada», la que sí es auténtica es la respuesta de Goethe:
Tu carta, amada niña, me llegó en un momento feliz. Te has molestado mucho en describirme una gran y hermosa naturaleza en sus logros y sus esfuerzos, sus necesidades y la superabundancia de sus dotes. Me ha dado gran placer aceptar este retrato de un espíritu verdaderamente grande. Sin desear en absoluto clasificarlo, aun así requiere una proeza psicológica resumir cuán de acuerdo estoy, mas no siento deseos de contradecir lo que puedo apreciar en tu apresurada explosión, por contra, preferiría de momento admitir un acuerdo entre mi naturaleza y lo que es reconocible en estas múltiples palabras. La mente humana ordinaria debería, tal vez, encontrar contradicciones en ella, mas ante aquello que exclama alguien poseído por tal demonio, un profano ordinario ha de mostrar su reverencia y es irrelevante si habla desde el sentimiento o el conocimiento, pues aquí los dioses trabajan esparciendo semillas para un futuro discernimiento y solo podemos desear que hayan procedido a su desarrollo sin que se les disturbe. Pero antes de que puedan generalizarse, las nubes que velan la mente humana han de dispersarse. Da a Beethoven mis más sinceros saludos y dile que con gusto haría sacrificios para conocerlo cuando un intercambio de pensamientos y sentimientos pudiera ser hermosamente provechoso; acaso podrías persuadirle de que hiciese un viaje a Karlsbad, donde yo acudo casi cada año y tendría mucho tiempo libre para escucharlo y aprender de él. Pensar en enseñarle algo sería una insolencia incluso para alguien con más entendimiento que yo, ya que él posee la luz guía de su genio que frecuentemente ilumina su mente como un relámpago mientras nosotros nos sentamos en la oscuridad y apenas sospechamos la dirección desde la que la luz del día romperá sobre nosotros.
Me daría una gran alegría que Beethoven me regalase las dos canciones mías que ha compuesto, pero escritas en limpio y completas. Estoy ansioso por escucharlas. Es uno de mis mayores placeres, por lo cual estoy muy agradecido, poseer esos antiguos humores de un poema como ese (como Beethoven dice muy correctamente) de nuevo surgidos en mí...
6 de junio de 1810.
Vemos que ya en esta carta Goethe sugiere que Beethoven acuda a Karlsbad, una ciudad balneario de Bohemia (hoy Karlovy Vary, en la República Checa), para que ambos pudieran encontrarse. Algo que sucedió, en efecto, dos años después, en el verano de 1812.
En cuanto a las tres cartas que supuestamente envió Beethoven a Bettina, publicadas en primer lugar en el periódico de Nuremberg Athanaeum für Wissenschaft, Kunst und Leben en 1839 y, después, por la propia Bettina en su novela Ilius Pamphilius un die Ambrosia (Leipzig, 1847-48), fechadas el 11 de agosto de 1810, el 10 de febrero de 1811 y el 15 de agosto de 1812, solo se puede considerar auténtica sin ningún lugar a dudas la segunda, que es la única de la que se conserva el manuscrito; tiene la peculiaridad de que en ocasiones Beethoven, como extasiado, recurre al familiar du para dirigirse a Bettina. Dice así:
Viena, 10 de febrero de 1811
¡Querida, querida Bettine!
Ya he recibido dos cartas suyas y veo por su carta a Toni [Antonie Brentano] que aún me recuerda, y bastante favorablemente – Llevé su primera carta conmigo todo el verano y a menudo me hacía feliz. Incluso si no la escribo con frecuencia y aunque no me vea, escribo mil, mil veces mil cartas en mis pensamientos – Incluso si no hubiese leído lo que decía usted sobre ello, podía imaginar cómo se las está arreglado usted en Berlín con ese cosmopolita gentío: ¡¡¡hablando y charlando sobre arte, pero sin hechos!!! La mejor descripción de esto se halla en el poema de Schiller «Die Flüsse», donde habla el río Spree – Se va a casar usted, querida Bettine, o ya lo ha hecho, y no he podido verla ni una sola vez de antemano. Que toda la felicidad con que el matrimonio bendice a los casados vaya a usted y a su esposo – ¿Qué puedo decirle de mí? «Me compadezco de mi destino», grito con Juana [se trata de una cita de Jungfrau von Orleans, de Schiller]. Si se me conceden unos cuantos años más de vida, daré las gracias a la Divinidad, al Altísimo, por ello y por todo lo demás, bueno o malo – Si escribe a Goethe sobre mí, busque las palabras que le hablen de mi profunda veneración y admiración. Estoy a punto de escribirle sobre Egmont, a la que acabo de poner música sencillamente por el amor por sus poemas que me hacen feliz. Pero, ¿quién puede ser lo suficientemente agradecido con un gran poeta, la joya más preciosa de una nación? – Bien, nada más por ahora, querida, buena B[ettine]. Esta madrugada no he vuelto a casa hasta las cuatro desde una bacanal en la que realmente me vi obligado a reír mucho, de forma que hoy tendré que llorar casi lo mismo. El jolgorio excesivo muchas veces me hace encerrarme profundamente en mí mismo – En cuanto a Clemens [Brentano, hermano de Bettina], muchas gracias por su amable interés. En cuanto a la cantata, el asunto no es de excesiva importancia para nosotros aquí; sin embargo, en Berlín es diferente. En cuanto al afecto, la hermana tiene una parte tan grande de él que poco se dejará para el hermano. ¿Servirá para él? – Ahora todos mis mejores deseos, querida, querida B[ettine]. Te beso con pena en la frente y de esa forma te imprimo como un sello mis pensamientos para ti –
Escriba pronto, pronto y a menudo a su amigo
Beethoven
De entre la música de Beethoven inspirada en las obras de Goethe quizá la más célebre sea la que escribió para Egmont. Aquí tenéis su obertura.
En la época de Beethoven, un compositor alcanzaba el éxito verdadero por medio de la ópera (sufrió esto en sus carnes al ver cómo se difuminaba su fama en Viena ante la llegada de un pletórico Rossini). Él solo compuso una y fue un parto largo y doloroso. Así os lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 115-119):
A finales de agosto de 1804 el barón Braun, ya dueño del Theater an der Wien, recuperó el contrato con Beethoven para la composición de su ópera, lo cual implicó que nuevamente tuvo a su disposición un alojamiento en el propio teatro. De todos modos, Beethoven mantuvo a la vez un piso en el lugar en que más tiempo permaneció durante toda su vida en Viena: la casa del barón Johann Baptist Pasqualati sobre el bastión Molker, en la que vivió entre octubre de 1804 y el verano de 1808, brevemente a comienzos de 1809 y de nuevo desde principios de 1810 hasta marzo de 1814. Allí es donde se recluía para componer la música de la ópera mientras que el piso del teatro lo usaba para su vida «pública». También siguió trabajando durante su retiro estival en Hetzendorf y en palabras de Thayer «finalizó su ópera, sentado en el mismo roble ahorquillado de los jardines de Schönbrunn que, según Schindler, cuatro años antes frecuentaba».
Ferdinand Ries había pasado el verano en Silesia, cumpliendo con otro de los trabajos que le había conseguido Beethoven: ser pianista del príncipe Lichnowsky. A su vuelta a Viena ocurrió lo siguiente:
Un día, cuando un pequeño grupo en el que estábamos Beethoven y yo desayunó con el príncipe [Lichnowsky] tras el concierto en el Augarten (a las ocho de la mañana), se sugirió que todos fuésemos a casa de Beethoven a escuchar su ópera Leonora, que aún no se había representado. Después de llegar, Beethoven por supuesto exigió que me fuese y como hasta los más insistentes ruegos de todos los presentes fueron en vano, lo hice con lágrimas en los ojos. Todo el mundo lo notó. El príncipe Lichnowsky me siguió y me pidió que esperase en la antesala ya que como había sido él la causa de la situación ahora quería solucionar el asunto. Mi maltrecha autoestima, sin embargo, no podía permitir eso. Después oí que Lichnowsky se había indignado con Beethoven por su comportamiento ya que solo nuestro aprecio por sus obras tendría que ser culpado por el incidente y también, por tanto, por su ira. Estos reproches, sin embargo, solo tuvieron el efecto de que ya no tocase para el grupo.
Ya por entonces, pues, estaba completada la ópera. Sin duda no fue un camino fácil el suyo hasta el estreno. La guerra se encarnizaba y la proximidad de los franceses a la capital había espantado a muchos de los espectadores habituales. Las producciones operísticas de aquel otoño de 1805 no habían reportado grandes ingresos al teatro y había fundadas esperanzas en la nueva obra de Beethoven para una recuperación. Sin embargo todo se hizo demasiado deprisa, hubo pocos ensayos y los cantantes dejaron bastante que desear. Anna Milder, la soprano en la que pensó Beethoven al escribir el papel de Fidelio/Leonora dio de sí todo lo que pudo, pero apenas tenía 20 años y su falta de experiencia se hizo notar (sin embargo, más adelante fue una de las mejores intérpretes de este papel en su época). Louise Müller fue una Marzelline aceptable. Lo peor estuvo en los papeles masculinos. Florestán fue cantado por un tal Demmer, que no se ha podido identificar con exactitud. Thayer indica que fue Joseph Demmer, que estudió en Colonia y que formó parte de la capilla electoral de Bonn, donde incluso pudo haberle conocido Beethoven antes de que fuese contratado para cantar en Weimar en 1791. Para otros (Dorfmüller, Willy Hess, Bory), se trataba de Friedrich Christian (o Fritz) Demmer. Sea quien fuere, no pareció estar a la altura del papel y Beethoven quedó encantado cuando poco después lo sustituyó Joseph August Röckel.
Pizarro fue Sebastian Mayer, al que ya conocemos por haber hecho interpretar música de Beethoven en un concierto a su beneficio en marzo de 1804. Era concuñado de Mozart (estaba casado con la hermana pequeña de Constanze Mozart) y solía aludir a ese hecho de vez en cuando, además de mostrar siempre una elevada opinión de sí mismo y sus capacidades. Beethoven se burló de él de la siguiente manera, según nos cuenta Schindler:
[En el aria de Pizarro] la voz se mueve sobre una serie de escalas tocadas por toda la cuerda de una manera tal que acompañando cada nueva nota en su parte el cantante ha de escuchar la apoyatura de la orquesta de una segunda menor. Un cantante bien asentado en su silla no será derribado por un potro travieso como este. Nuestro Pizarro de 1805, sin embargo, no pudo, a pesar las contorsiones y gestos de todo tipo, abrirse camino con seguridad por el peligroso pasaje, especialmente cuando alguno de los ejecutantes fue lo suficientemente pícaro como para acentuar la ofensiva segunda menor. El ultrajado Pizarro estuvo así a merced de los arcos de los violinistas durante todo el pasaje. Esto causó risas; el cantante, humillado al verse forzado a mostrar su incompetencia, emitió un rugido y dejó caer insultos a todos los reunidos, entre ellos al compositor: «¡Mi cuñado nunca habría escrito una maldita estupidez como esta!»
Los demás caballeros, Johann Michael Weinkopf (Don Fernando), Caché (Jaquino) y Rothe (Rocco) tampoco brillaron demasiado, ya fuese por la brevedad o poca entidad de sus papeles o por el deficiente desempeño de su arte (en el caso de Rothe, según indica Thayer. )
Únase a todo esto el habitual mal carácter y la susceptibilidad de Beethoven. Thayer cuenta su reacción ante la ausencia de un músico en los ensayos:
En uno de los ensayos generales el tercer fagot estaba ausente, ante lo cual Beethoven se impacientó y echaba humo. Lobkowitz, que estaba presente, quitó importancia al asunto: dos de los fagotes estaban presentes, dijo, y la ausencia del tercero no podía producir grandes diferencias. Esto enfureció tanto al compositor que, al pasar por el palacio de Lobkowitz en su camino a casa, no pudo reprimir el impulso de volverse y gritar en la gran puerta del palacio: «¡Asno lobkowitziano!»
Por si faltaban problemas, la censura puso objeciones a la obra. El 2 octubre el autor del libreto, que era ya secretario de los Teatros de la Corte, elevó la siguiente petición al censor:
El Secretario de la Corte Josef Sonnleithner ruega que la prohibición de este 30 de septiembre sobre la ópera Fidelio se levante ya que esta ópera, del original francés de Boully [sic] (titulada Leonore ou l’amour conjugal) se ha revisado muy especialmente porque la Emperatriz ha encontrado el original muy bello y ha afirmado que ningún asunto operístico le había dado jamás mayor placer; en segundo lugar: esta ópera, que fue revisada por el Kapellmeister Paër en italiano ya se ha dado en Praga y Dresde; en tercer lugar: Beethoven ha pasado casi un año y medio con la composición, también, como la prohibición no se anticipó en absoluto, ya se han realizado ensayos y se han hecho otros preparativos para dar esta ópera en la onomástica del Emperador [15 de octubre]; en cuarto lugar: la trama tiene lugar en el siglo XVI, por lo que no puede haber una relación subyacente; finalmente, en quinto lugar: con la carencia de libretos operísticos que existe, este presenta la más apacible descripción de la virtud femenina y el perverso gobernador está ejecutando solo una venganza privada como la de Pedrarias sobre Balboa.
A causa de estas dificultades, el estreno, que como vemos en el texto precedente estaba previsto para el 15 de octubre de 1805, se hubo de posponer y no tuvo lugar hasta el 20 de noviembre. Pero, entre tanto, habían sucedido bastantes cosas. Los franceses avanzaban; hubo una desbandada general de la nobleza y la alta burguesía, entre las que se encontraban los principales defensores de Beethoven que podían haber contribuido al éxito de su ópera. Solo quedaron en Viena el príncipe Lichnowsky y Stephan von Breuning. El 9 de noviembre la emperatriz María Teresa abandonó la ciudad y cuatro días después los ejércitos imperiales franceses entraron en Viena. El propio Napoleón se estableció en el palacio de Schönbrunn el 15 de noviembre. Por lo tanto, el estreno de la ópera de Beethoven, que tantos esfuerzos y quebraderos de cabeza había causado, no se encontró con la más propicia de las situaciones. Por cierto, la obra se presentó bajo el título de Fidelio y no el de Leonora, como quería su autor. En concreto fue Fidelio oder Die eheliche Liebe («Fidelio o el amor conyugal»). Solo hubo tres representaciones, el día 22 de noviembre fue la tercera y última antes de la retirada de la ópera. No solo el hecho del vacío de los teatros influyó en esta decisión, sin duda el propio Beethoven se dio cuenta de las deficiencias de la obra, que señalaron los críticos tras estas primeras interpretaciones. Esta opinión se resume perfectamente en una frase de la crítica del corresponsal de la Allgemeine Musikalische Zeitung, publicada en esta revista el 8 de enero de 1806:
Por regla general no hay ideas nuevas en las piezas vocales, son en su mayoría demasiado largas, los textos se repiten sin cesar y finalmente la caracterización falla notablemente.
Quedó claro, pues, que había que hacer cambios, como veremos. Para finalizar, quisiera recalcar que la acción de la ópera se desarrolla en España, concretamente en Sevilla.
Como ilustración musical, os traigo la obertura Leonora II, que fue la que se escuchó en aquel estreno.
Os hablo hoy de una de las candidatas a ser la "Amada Inmortal", como siempre con un fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven(pp. 113-115):
El 27 de enero de 1804 murió Joseph Deym. Su esposa, Josephine, quedó viuda con cuatro hijos. Tal vez nunca dejó de tener relación con Beethoven, pero desde la muerte de su esposo esta se intensificó; a partir de octubre incluso volvió a darle lecciones de piano y aquel otoño e invierno Beethoven se enamoró perdidamente de ella. He aquí algunos ejemplos de las expresiones de afecto que utilizó el compositor en las diversas cartas que envió a la condesa:
Bien, cierto es que no he sido tan diligente como podía haber sido – pero una aflicción privada – me robó durante mucho tiempo – mi habitual e intensa energía. Y durante un tiempo después de que el sentimiento de amor por usted, mi adorada J[osephine], empezase a surgir en mí, esta aflicción se incrementó aún más – Tan pronto estemos juntos de nuevo sin nadie perturbándonos, escuchará usted todo sobre mis penas verdaderas y la lucha conmigo mismo entre muerte y vida, una lucha en la que llevo enzarzado un tiempo – Pues durante un largo periodo, cierto acontecimiento me ha hecho desesperar de conseguir incluso cualquier tipo de felicidad durante mi vida en esta tierra – pero ahora las cosas ya no van a ser tan malas. Me he ganado su corazón. Oh, sé ciertamente cuánto valor he de otorgar a esto. Mi actividad se incrementará de nuevo y – aquí le hago la solemne promesa de que en poco tiempo me presentaré ante usted más digno de mí y de usted – Oh, ojalá diese usted algún valor a esto, quiero decir, a sentar mi felicidad por medio de su amor – aumentarla – Oh, amada J[osephine], no es deseo por el otro sexo lo que me lleva hacia usted, es precisamente usted, toda usted con todas sus cualidades individuales. (Primavera de 1805.)
...de ella – la única amada – por qué no hay lenguaje que pueda expresar lo que está muy por encima de toda simple consideración – muy por encima de todo – aquello que no podemos describir – Oh, quién puede nombrarla a usted – y no sentir que por mucho que pudiera hablar sobre usted – que nunca podría conseguirla – a usted – solo en música – Ay, no me enorgullezco demasiado cuando creo que domino más la música que las palabras – Usted, usted, mi todo, mi felicidad – ay, no – incluso en mi música no puedo hacerlo, aunque en este aspecto vos, Naturaleza, no habéis escatimado vuestros dones conmigo. Y aun así es demasiado poco para usted. Late, aunque en silencio, pobre corazón – que es todo lo que puedes hacer, nada más – por usted – siempre por usted – solo usted – eternamente usted – solo usted hasta que me hunda en la tumba – Mi bálsamo – mi todo. Oh, Creador, cuida de ella – bendice sus días – que todas las calamidades caigan sobre mí – Solo usted – Que sea usted fortalecida, bendecida y consolada – en la desdichada aunque con frecuencia feliz existencia de nosotros, mortales – Aunque usted no me hubiese atado de nuevo a la vida, aun así habría significado todo para mí – (Primavera de 1805)
Mañana por la tarde veré a mi querida, mi amada J[osephine] – Dígala que para mí es mucho más querida y más preciada que cualquier otra persona. (1805)
A estas expresiones amorosas Josephine respondió con afecto y amistad pero dejando claro que prefería una relación platónica, como indica este borrador de una carta que envió a Beethoven hacia la primavera de 1805:
La relación más íntima con usted, querido Beethoven, en estos meses de invierno ha dejado impresiones en mi corazón que ni el tiempo – ni las circunstancias borrarán - ¿Es usted feliz o desdichado? – puede usted decirlo – También – con respecto a sus sentimientos por el control de sí mismo – o su libre expresión – qué habría usted – así cambiado – Mi alma, ya inspirada en usted antes de que le conociese personalmente – se ha nutrido de su afecto. Un sentimiento que yace profundamente en mi alma y es incapaz de expresarse me hace amarle; incluso después de que supiese que su música despertaba inspiración en mí – su amable naturaleza y su afecto lo fortalecieron – Este favor que me otorga, el placer de su compañía, sería el mejor ornato de mi vida si usted hubiese sido capaz de amarme menos sensualmente – ya que no puedo satisfacer el amor sensual – esto causa su enojo – yo tendría que romper los sagrados votos si tuviera que atender su deseo – Créame – soy yo quien más sufre en el cumplimiento de mi deber – y mis acciones sin duda están dictadas por motivos nobles.
Sea como fuere y ante la proximidad de la guerra, Josephine salió de Viena con sus hijos y pasó el otoño de 1805 y el invierno de 1805-06 en Ofen (hoy parte de Budapest), junto a su madre, con lo cual dejaron de verse por un tiempo. Más adelante, en la primavera y el verano de 1806, estuvo en Transilvania con su hermana Therese visitando a su otra hermana, Charlotte. Aunque aún se trataron con frecuencia en 1807 (ese año hay cinco cartas de Beethoven a Josephine incluidas en la obra de Anderson, algunas de las cuales citaremos más adelante), la condesa emprendió un largo viaje en agosto de 1808 por Europa, después del cual no parece que se reanudase la relación entre ellos. Josephine se casó en febrero de 1810 con el barón Christoph von Stackelberg; su matrimonio fue igual de desgraciado que el primero. Como Josephine sigue siendo una de las candidatas a ser la «Amada Inmortal», ya volveremos a hablar sobre ella y sobre lo que fue de su vida cuando lleguemos al momento en que Beethoven escribió su apasionada carta de julio de 1812.
La pieza musical que os traigo es la única que Beethoven dedicó a Josephine (junto a su hermana Therese).
La "Eroica" y Bonaparte: ¿título, dedicatoria, ninguna de las dos cosas?
Napoleón Bonaparte, como Primer Cónsul, por A.-J. Gros
(Museo de la Legión de Honor, París)
Es una historia bastante conocida, pero no me resisto a traerla aquí. Como siempre, es un fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven (páginas 99-102):
[...]hacia junio [de 1803], ya en su retiro estival de Oberdöbling, emprendió Beethoven la composición de una obra que supuso un punto de inflexión en su carrera creadora e incluso en la historia de la música. Una obra en la que desbordó todos los límites de los modelos heredados y que dio origen a lo que algunos han llamado el «siglo de la gran sinfonía». Se trata de la Sinfonía nº 3, que acabó siendo conocida como Eroica pero cuyo título inicial fue Bonaparte. La obra quedó terminada hacia octubre de 1803, ya de vuelta en Viena. Allí tocó el último movimiento completo ante Stephan von Breuning y el pintor renano Willibrord Joseph Mähler (que pintaría dos célebres retratos del compositor). Ries nos da pistas sobre su inspiración:
En esta sinfonía Beethoven había pensado en Bonaparte durante el periodo en el que aún era primer cónsul. Por entonces Beethoven lo tenía en la mayor de las estimas y lo comparaba con los más grandes cónsules romanos.
Fue al año siguiente cuando tuvo lugar el célebre estallido que llevó al cambio de título de la obra; casi siempre se asume que sucedió en mayo de 1804, cuando tras un plebiscito Napoleón se proclamó emperador, aunque también es muy posible que ocurriese después del 2 de diciembre, cuando se coronó a sí mismo en la catedral de París ante el papa Pío VII. En alguno de esos momentos ocurrió la famosa historia que nos cuenta Ries:
Yo mismo, así como muchos de sus íntimos amigos, habíamos visto la sinfonía, ya copiada en partitura completa, sobre su escritorio. En la parte de arriba de la portada aparecía la palabra «Buonaparte» y abajo «Luigi van Beethoven», pero ni una palabra más. Si el espacio intermedio se iba a rellenar y con qué, no lo sé. Yo fui el primero en darle la noticia de que Bonaparte se había proclamado emperador, con lo cual estalló en ira y gritó: «Luego no es más que un hombre vulgar. ¡Ahora pisoteará todos los derechos del hombre y solo satisfará su propia ambición; se situará por encima de todos los demás y se convertirá en un tirano!» Beethoven fue al escritorio, tomó la portada por su parte superior, la arrancó entera y la tiró al suelo. Escribió de nuevo la primera página y solo entonces la sinfonía recibió el título de Sinfonia eroica.
El que este hecho, que muestra al Beethoven más republicano en todo su esplendor, se produjese en diciembre podría estar apoyado por lo que dice el propio compositor en una carta a Breitkopf & Härtel en la que les ofrece, para su publicación, la sinfonía, el oratorio Christus am Oelberge, el Concierto Triple (Op. 56) y tres nuevas sonatas para piano (Op. 53, 54 y 57):
El título de la sinfonía ciertamente es Bonaparte.
La carta está fechada el 26 de agosto de 1804, luego parece difícil que tras una explosión tan fuerte Beethoven cambiase de parecer con tanta rapidez. En el archivo de la Gesellschaft der Musikfreunde de Viena se conserva un ejemplar manuscrito de la sinfonía en cuya portada se observan los efectos de este cambio. Se trata de la obra de un copista, pero tiene anotaciones de Beethoven. Se podría representar de la siguiente forma:
Sinfonia grande
intitolata Bonaparte
1804 im August
del sigr.
Louis van Beethoven
Sinfonie 3 Op:55
La segunda línea está fuertemente raspada, aunque todavía se intuye lo que pone en ella. La tercera, que indica la fecha, está escrita probablemente por otra persona con tinta más oscura. A pesar de la raspadura, Beethoven añadió a lápiz, y no borró, «geschrieben auf Bonaparte» («escrita sobre Bonaparte») en el amplio espacio que queda entre las dos últimas líneas. El título de la obra, cuando la Oficina de Artes e Industria la publicó en octubre de 1806 fue Sinfonia eroica (…) composta per festeggiare il sovvenire di un grand uomo. («Sinfonía heroica, compuesta para conmemorar el recuerdo de un gran hombre»). De todos modos, aunque tengamos claro que el título de la sinfonía era Bonaparte, lo más seguro es que Beethoven no tuviese intención de dedicársela a Napoleón. Las dedicatorias eran una importante fuente de ingresos para él, que casi con total seguridad no podría haber obtenido del primer cónsul o emperador de los franceses. Por eso al final se la dedicó al príncipe Lobkowitz, en cuya casa se produjo la primera interpretación de la obra en agosto de 1804.
Y, como siempre, una Eroica de plenas garantías, de la mano de Otto Klemperer, en una grabación histórica:
El testamento de Heiligenstadt
Estamos ante la primera gran crisis vital de Beethoven. A comienzos del otoño de 1802, escribió en la ciudad de Heiligenstadt un doloroso documento en el que proclama sus penas. Así lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven:
Dejamos al final del capítulo anterior a Beethoven en Heiligenstadt, intentando mejorar de su sordera y recuperarse del fracaso de sus descabellados planes matrimoniales con Giulietta Guicciardi. Con mucho tiempo para pensar y rumiar en su mente lo sucedido y su situación. Teniendo, incluso, pensamientos suicidas. Por eso, al final de su estancia allí, se sentó a escribir un documento que se puede considerar una especie de válvula de escape de todos estos sentimientos, un testamento dirigido a sus hermanos y a toda la humanidad con el que pretende reconciliarse con ellos y a la vez confesar en público el secreto que guardaba con tanto celo: su sordera.
[Sigue el texto completo del Testamento, que no voy a reproducir aquí, solo voy a indicar una peculiaridad que tiene: el documento va dirigido a sus hermanos, pero solo escribió el nombre de Caspar Carl, mientras que dejó un hueco en blanco donde debería ir el de su otro hermano, Nikolaus Johann.]
Mucho se ha especulado sobre la no inclusión del nombre de Nikolaus Johann en el texto. Hay quienes sacan profundas conclusiones psicológicas sobre la relación de Beethoven con sus hermanos (Solomon) y quienes se limitan a señalar que Beethoven dudaba de cómo dirigirse a él, si como Nikolaus, como Johann o como Nikolaus Johann. El documento no fue encontrado hasta poco después de la muerte de Beethoven, es posible que por Schindler, y pasó de mano en mano hasta que a finales del siglo XIX quedó depositado en la biblioteca de la Universidad de Hamburgo, donde aún se conserva. Se publicó por primera vez en 1832, en el suplemento del libro de Ignaz von Seyfried Ludwig van Beethoven’s Studien im Generalbasse, Contrapuncte und in der Compositions-Lehre, del que ya se ha citado algún pasaje y del que hablaremos más en su momento. Sin embargo, esta muestra de desesperación no implicó una mengua en la capacidad creadora de Beethoven, pues 1802 fue un año muy rico en composiciones y publicaciones. En febrero completó la Segunda Sinfonía, que había empezado a escribir a finales de 1800; entre marzo y mayo compuso las tres sonatas para piano y violín Op. 30 y a la vez empezó las variaciones para piano Op. 34 y 35, las más ambiciosas que había creado hasta ese momento, y entre junio y septiembre escribió las tres sonatas para piano Op. 31. En cuanto a las publicaciones, Cappi imprimió en marzo de 1802 la sonata para piano Op. 26 (dedicada al príncipe Lichnowsky) y las dos sonatas quasi una fantasia Op. 27 (con dedicatorias para la princesa Liechtenstein y Giulietta Guicciardi, respectivamente). También en marzo, pero publicada por Hoffmeister en Leipzig, apareció la sonata para piano Op. 22, dedicada al conde Browne. También fue Hoffmeister quien sacó a la luz, a finales de junio o comienzos de julio, el celebérrimo Septeto Op. 20, con una dedicatoria a la emperatriz María Teresa. En agosto le llegó el turno a la sonata para piano Op. 28, publicada por la Oficina de Artes e Industria, dedicada a Joseph von Sonnefels. Y apenas unos días después, el 18 de octubre de 1802, escribió una carta a Breitkopf & Härtel ofreciéndoles las variaciones Op. 34 y 35 de esta manera:
He compuesto dos conjuntos de variaciones, uno consistente en ocho variaciones y el otro con treinta. Ambos conjuntos están trabajados de una manera muy nueva y cada uno de un modo separado y diferente. Preferiría infinitamente hacer que los imprimiesen ustedes, pero no bajo otra condición que por unos honorarios de 50 ducados por ambos conjuntos – No consientan que haga esta oferta en vano, pues les aseguro que no se lamentarán con respecto a estas dos obras – Cada tema es tratado de su propia forma y de una manera diferente al otro. Habitualmente he de esperar que otras personas me digan cuándo tengo nuevas ideas porque nunca lo sé por mí mismo. Pero esta vez – yo mismo puedo asegurarles que en estas dos obras el método es muy nuevo allí hasta donde me concierne –
Por tanto, no se puede decir que esos sombríos sentimientos hiciesen mella en su trabajo, ni siquiera que se trasluciesen en el ánimo que mueve a todas esas obras, tan diferentes entre sí, que no se puede decir que estén unidas por un invisible hilo en cuyo extremo haya un estado de ánimo negativo. Y la vigorosa defensa de sus variaciones y del nuevo modo de concebirlas en la carta a Breitkopf & Härtel deja claro que la crisis dejó paso a nuevas fuerzas que lo redimirían, como siempre, por medio del trabajo duro en su arte.
Os dejo con una de estas obras del año 1802, la Sonata para violín y piano nº 6 en la mayor, Op. 30 nº. 1, en unas inmejorables manos: