12.8.12

Bayreuth (I)



I

En el año 2003 escribí una carta en alemán a la oficina de entradas (Kartenbüro) del Festival de Bayreuth. La copié de la información que un aficionado altruista había puesto en un foro especializado en Wagner. Hay varias formas de conseguir entradas para asistir a una representación en la Festspielhaus de Bayreuth; la única que no tiene recargo económico es ésta. Hay que mandar una carta, no un fax ni un correo electrónico, sino una carta. Y armarse de paciencia, ya que la espera suele ser larga.
    Escogí Parsifal como la obra que deseaba ver allí. No fue una elección azarosa, ya que siempre había escuchado hablar sobre la excepcional acústica lograda en aquel recinto y Parsifal es una obra que compuso Wagner teniendo en cuenta precisamente esta característica de su teatro de festivales.
    A los pocos meses mi alegría fue inmensa al recibir una carta del Festival. En ella se incluía un folleto con información sobre las obras que se iban a representar y sobre quiénes iban a ser los responsables de dichas interpretaciones. También un plano del teatro en el que aparecían las diferentes zonas del patio de butacas, palcos y balconcillos y un papel verde con el que se  solicitaban las entradas. Una vez relleno, ese papel verde había que mandarlo a la oficina, siempre por el correo postal de toda la vida, antes de que mediase octubre, fecha en la que se cerraba la recogida de peticiones.(1)
    Con el tiempo, llegaba otra carta, en alemán, diciendo que estaban desbordados y que incluso antes de que se cumpliese la fecha las solicitudes habían superado con creces el número de entradas que podían ofrecer. El Festival dura poco más de un mes y hay 30 funciones; salen a la venta casi 60.000 entradas, pero las peticiones suelen llegar a las 500.000 anuales.
    Esta rutina se repitió invariable los años que siguieron. Sin embargo, el 22 de diciembre de 2011, día del sorteo de lotería de Navidad, recibí el premio gordo. Esta vez no llegó la carta de disculpas, sino la factura de las entradas. 2012 sería mi año.
    Con las ansiadas entradas llegó abundante información suministrada por la Oficina de Turismo de Bayreuth. Nos ofrecieron intermediar en la búsqueda de alojamiento –de hoteles de cuatro estrellas a habitaciones en casas de vecinos-, para lo cual nos suministraban un código que nos identificaba como asistentes al Festival. También llegó información de la cadena Steigenberger, que regenta el restaurante anejo a la Festspielhaus, ofreciéndonos ya la posibilidad de hacer una reserva para la cena en un entreacto e indicándonos que en el mes de julio nos enviarían el menú para que lo eligiésemos con antelación.
    Así que, casi ocho meses antes del acontecimiento, ya tenía todo organizado: alojamiento, cena, billetes de avión hasta Munich, coche de alquiler para recorrer los más de 200 kilómetros que hay desde la capital de Baviera hasta Bayreuth… Sólo faltaba que llegase el gran fin de semana.

II

Llegamos a Bayreuth a eso de las dos y media de la tarde, tras un viaje relativamente tranquilo por la autopista A9 –al principio nos encontramos con un tremendo atasco provocado por unas obras y agravado por ser sábado y, suponemos, producirse una salida masiva de Munich. Nuestro hotel, el que nos había conseguido el Ayuntamiento, era el Arvena Kongress, no muy grande y bastante tranquilo, situado en la Eduard-Bayerlein-Strasse, a diez minutos andando del centro de la ciudad y a unos veinte (a buen paso) de la Colina Verde. Al ir a buscar un sitio para comer (el restaurante del hotel cerraba a las dos de la tarde) tomamos el primer contacto con Bayreuth.
    Por la zona de nuestro hotel no se veía un alma. Tampoco se hubiese escuchado ni un ruido si no fuese por los coches que de vez en cuando pasaban. Al acercarnos al Hohenzollern-Ring, la avenida que rodea el casco antiguo, la cosa cambió algo: bares con aspecto no muy turístico y un tráfico relativamente mayor en la avenida. Por fin alcanzamos el centro, pero la cosa siguió por el estilo: poca gente, terrazas bastante desoladas y mucho, mucho calor. Además, para nuestra sorpresa, las cartas que exhibían los restaurantes y cervecerías estaban sólo en alemán. Fue algo que nos llamó mucho la atención en una ciudad que suponíamos enormemente cosmopolita dada la variedad de gentes que tiene que recibir mientras dura el Festival que la ha situado en el mapa. Pues no. Bayreuth es cualquier cosa menos cosmopolita. La mayoría de turistas que vagan por sus calles son alemanes de edad bastante madura y los extranjeros brillan por su ausencia. Tal vez no tienen interés por otra cosa que no sea lo que ocurre allá en la Colina Verde.
    Sin embargo, aunque no se pueda catalogar como una ciudad de belleza excepcional, Bayreuth sí que tiene algunas cosas que merece la pena ver. Para un español, el simple aspecto de sus calles ya puede ser atractivo al ser tan distinto a lo que se está acostumbrado a ver. Calles adoquinadas, casitas con tejados puntiagudos, algún palacete burgués, iglesias de afiladas agujas...

 Picota con nombres de gremios en la Maximilianstrasse

    Cierto es que gran parte no es original: la ciudad sufrió un bombardeo en abril de 1945 que casi la arrasó. ¿Represalia por haberse convertido en lugar favorito de peregrinaje estival de Hitler? Tal vez. Pero quien sufrió la venganza fue el patrimonio histórico de Bayreuth, que se remonta a mucho antes de la llegada de los Wagner a esta ciudad provinciana de Franconia, al norte de Baviera.
    Guillermina, hermana de Federico el Grande de Prusia, se casó en 1731 con Federico, margrave de Brandenburgo-Bayreuth. Fue esta dama la que embelleció la ciudad, que entonces sólo contaba con unos 10.000 habitantes. Fruto de ello surgieron edificios como el Palacio Nuevo o la ópera, la única de estilo barroco que se conserva en Alemania y que en parte ayudó a que Wagner eligiese Bayreuth como sede de su proyecto. Posee una acústica excepcional y un escenario enorme, pero su aforo era demasiado escaso para las pretensiones del compositor.

Fachada de la ópera de los margraves
 
    Imprescindible es también darse un paseo por la Richard-Wagner-Strasse para llegar hasta Wahnfried, la que fue casa de la familia Wagner en Bayreuth desde 1874, donde están enterrados el compositor y su esposa Cósima y que hoy alberga un museo. Lástima que estuviese cerrada por obras en aquel momento...(2)

Servidor delante de Wahnfried
 
    Precisamente esta languidez, este provincianismo, esta poca excepcionalidad de Bayreuth pudieron ser motivos fundamentales para que Wagner hiciese construir aquí el teatro de sus sueños. De este modo no habría nada que desviase la atención de quienes quisieran contemplar sus creaciones. Por si fuera poco, situó la Festspielhaus bastante lejos del centro (aunque hoy en día el crecimiento de la ciudad la ha engullido) para que la perturbación fuese aún menor. Y a fe que lo consiguió. La impresión más bien pobre que nos causó la ciudad se desvaneció completamente cuando al día siguiente asistimos a la representación de Parsifal.

La Festspielhaus, en lo alto de la Colina Verde, tal y como se ve desde la Siegfried-Wagner-Alee

     Pero antes hicimos una visita a la Verde Colina. Sucedió que ese día –sábado 4 de agosto- no hubo función, con lo cual en el parque que la rodea no había sino familias paseando –pocas- y algún que otro turista o curioso. La verdad es que el edificio no impresiona: no es excesivamente grande, no tiene adorno alguno, ni siquiera inscripciones, retratos de sus fundadores, leyendas…(3) Está rodeado por un parque de lo más apacible, en el que de repente pueden aparecer monumentos dedicados a algunos protagonistas de la vida de Wagner como su esposa Cósima o su suegro Liszt. Hay un busto del propio Wagner, de aterrador aspecto, muy cerca de la Festspielhaus. En aquel momento el pequeño parterre en que se encuentra albergaba una exposición titulada Voces silenciadas en la que se hablaba de la vida de cantantes, músicos, técnicos que un día trabajaron en Bayreuth y luego fueron repudiados por ser judíos o por otros motivos espurios. Un ejemplo más de la mala conciencia que posiblemente sigue atenazando a la mayoría de los alemanes. Incluso la explicación que acompaña al mencionado busto de Wagner hace alusión –un tanto peyorativamente- a su estilo, que era el favorito de los jerarcas nazis.

Busto de Wagner junto a la Festspielhaus. Los cuadrados grises pertenecen a la exposición Voces silenciadas.
 
    Dimos una vuelta completa al edificio del teatro; en su zona norte se abre una enorme puerta trasera del escenario; frente a ella hay otro edificio con una puerta gemela que es donde se realizan los concienzudos ensayos que siempre han caracterizado al Festival y que hacen posible, por ejemplo, que su coro sea el mejor del mundo y que su orquesta suene excepcional a pesar de no ser permanente. Otra cosa son los cantantes, pero eso es mejor dejárselo a los críticos o a los aficionados expertos. Como no soy ni una cosa ni otra, posiblemente disfruté más, ya que a mis conocidos que son habituales de los teatros de ópera suelo escucharles más quejas que alabanzas. Y en el caso de Wagner en particular, a decir de los expertos, la escasez de voces decentes que cumplan con las severas exigencias de estas obras es un mal endémico desde la desaparición de los Hotter, Windgassen, Nilsson, Varnay y demás.

(1) Desde 2011 también se pueden pedir entradas por Internet (http://ticket.btfs.de), pero antes han de llegar por carta el número de identificación (que coincide con el número de cliente) y la contraseña.
(2) Imprescindible es también una visita al Eremitage, unos pocos kilómetros al este de la ciudad, antigua finca de caza de los margraves convertido por Guillermina y su esposo en un espléndido retiro con bellos jardines, palacios, canales, fuentes y cascadas. 
(3) En palabras de Frederic Spotts, autor de Bayreuth: A History of the Wagner Festival (New Haven y Londres, 1994, p. 1), se podría tomar, visto de lejos, por un “anticuado almacén de ladrillo visto”.

La Orangery del Eremitage

1 comentario:

a.hunterzzz dijo...

Excelente relato! He disfrutado mucho leer sobre su experiencia en Bayreuth. Yo acabo de estar allí, pero desafortunadamente, no para asistir al festival sino solo a visitar la ciudad y ver la Festspielhaus por afuera. Aún así fue una experiencia inolvidable!