28.9.20

Beethoven y Goethe (I) (Obertura de "Egmont" Op. 84)

 


Beethoven y Goethe (I)

Se trata de dos figuras inmensas de la cultura germánica, en su época el mayor de los literatos y el mayor de los músicos. Era inevitable el encuentro y... el choque. Sigue un fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 174-177), donde se cuentan los primeros contactos entre ambos genios, promovidos por un personaje fascinante: Bettina Brentano:

Y luego estaba Bettina, la medio hermana de Franz, cuñada de Antonie y amiga de Goethe, que es muy importante en la biografía de Beethoven precisamente por constituirse en nexo de unión entre el gran compositor y el gran poeta. Y también es una fuente de información muy peligrosa, pues su fértil imaginación muchas veces adornó los documentos que ilustran su relación con nuestro protagonista y pasaron, aparentemente sin filtros, a las páginas de los biógrafos. Bettina publicó en 1835 un libro titulado Correspondencia de Goethe con una niña, en el que expone las cartas que presuntamente intercambió con la gran figura de la cultura germánica. Durante mucho tiempo se tomaron como una fuente importantísima de información no solo sobre Goethe, sino también sobre Beethoven, ya que en algunas de ellas describía de una forma muy vívida su primer encuentro y sus impresiones sobre el músico. El problema es que, cuando en 1921 aparecieron las versiones originales de estas misivas, se pudo comprobar que muchas de ellas habían sido reelaboradas, cuando no reescritas, de forma que en ellas daba su versión idealizada y romántica de sus héroes.

Bettina Brentano (antes de 1810)

Bettina acudió a Viena a visitar a su hermanastro y a su cuñada, y poco después conoció a Beethoven. Quedó fascinada por su genio y quiso transmitir ese entusiasmo a su amigo Goethe. Su supuesta carta del 28 de mayo de 1810 (que es una de las reelaboradas) describe su primer encuentro con Beethoven poniendo en boca del músico algunas frases que podría o no haber dicho. Lo que lleva a algunos estudiosos a no rechazar categóricamente estos escritos como pura invención son algunos detalles, como por ejemplo esta frase: «Anoche escribí todo lo que había dicho; esta mañana se lo he leído. Comentó: “¿Dije yo eso? Bien, ¡entonces tuve un raptus!”» Ya conocemos desde la época de Bonn esta típica expresión de Beethoven, y difícilmente podría haberlo escrito Bettina si en verdad el músico no hubiese pronunciado ante ella esa palabra que quedaba tan relegada dentro de sus círculos más íntimos. 

En la carta, Bettina dice que Beethoven le pidió que hablase de él a Goethe, que le contase sus ideas estéticas y filosóficas sobre la música porque estimaba que las entendería incluso mejor que él mismo y deseaba ser instruido por él. No se puede dudar de la admiración de Beethoven por Goethe; ya había puesto música a algunos de sus poemas y justo por esta época había recibido un encargo de mucha más entidad relacionado con el poeta. En los últimos meses de 1809 se proyectó la representación de dos importantes obras teatrales de dos grandes autores germánicos: el Guillermo Tell de Schiller y el Egmont de Goethe. La música para la pieza de Schiller se encargó al director y compositor del teatro de la corte, Adalbert Gyrowetz, y la de Goethe, a Beethoven. El estreno de Egmont estaba previsto para el 24 de mayo de 1810, pero la música de Beethoven no estuvo lista. Por tanto, debía de estar dándole los últimos retoques cuando conoció a Bettina. Finalmente se pudo escuchar en la representación del 15 de junio, para la que Beethoven además actuó como amable y paciente «preparador» de la joven actriz Antonie Adamberger, de 19 años, que fue quien desempeñó el papel de Klärchen y, por tanto, tuvo que interpretar los dos lieder de la obra de Beethoven sin ser cantante. 

Si bien la carta de Bettina está rescrita y «adornada», la que sí es auténtica es la respuesta de Goethe:
Tu carta, amada niña, me llegó en un momento feliz. Te has molestado mucho en describirme una gran y hermosa naturaleza en sus logros y sus esfuerzos, sus necesidades y la superabundancia de sus dotes. Me ha dado gran placer aceptar este retrato de un espíritu verdaderamente grande. Sin desear en absoluto clasificarlo, aun así requiere una proeza psicológica resumir cuán de acuerdo estoy, mas no siento deseos de contradecir lo que puedo apreciar en tu apresurada explosión, por contra, preferiría de momento admitir un acuerdo entre mi naturaleza y lo que es reconocible en estas múltiples palabras. La mente humana ordinaria debería, tal vez, encontrar contradicciones en ella, mas ante aquello que exclama alguien poseído por tal demonio, un profano ordinario ha de mostrar su reverencia y es irrelevante si habla desde el sentimiento o el conocimiento, pues aquí los dioses trabajan esparciendo semillas para un futuro discernimiento y solo podemos desear que hayan procedido a su desarrollo sin que se les disturbe. Pero antes de que puedan generalizarse, las nubes que velan la mente humana han de dispersarse. Da a Beethoven mis más sinceros saludos y dile que con gusto haría sacrificios para conocerlo cuando un intercambio de pensamientos y sentimientos pudiera ser hermosamente provechoso; acaso podrías persuadirle de que hiciese un viaje a Karlsbad, donde yo acudo casi cada año y tendría mucho tiempo libre para escucharlo y aprender de él. Pensar en enseñarle algo sería una insolencia incluso para alguien con más entendimiento que yo, ya que él posee la luz guía de su genio que frecuentemente ilumina su mente como un relámpago mientras nosotros nos sentamos en la oscuridad y apenas sospechamos la dirección desde la que la luz del día romperá sobre nosotros.
Me daría una gran alegría que Beethoven me regalase las dos canciones mías que ha compuesto, pero escritas en limpio y completas. Estoy ansioso por escucharlas. Es uno de mis mayores placeres, por lo cual estoy muy agradecido, poseer esos antiguos humores de un poema como ese (como Beethoven dice muy correctamente) de nuevo surgidos en mí...
6 de junio de 1810. 
Vemos que ya en esta carta Goethe sugiere que Beethoven acuda a Karlsbad, una ciudad balneario de Bohemia (hoy Karlovy Vary, en la República Checa), para que ambos pudieran encontrarse. Algo que sucedió, en efecto, dos años después, en el verano de 1812. 

En cuanto a las tres cartas que supuestamente envió Beethoven a Bettina, publicadas en primer lugar en el periódico de Nuremberg Athanaeum für Wissenschaft, Kunst und Leben en 1839 y, después, por la propia Bettina en su novela Ilius Pamphilius un die Ambrosia (Leipzig, 1847-48), fechadas el 11 de agosto de 1810, el 10 de febrero de 1811 y el 15 de agosto de 1812, solo se puede considerar auténtica sin ningún lugar a dudas la segunda, que es la única de la que se conserva el manuscrito; tiene la peculiaridad de que en ocasiones Beethoven, como extasiado, recurre al familiar du para dirigirse a Bettina. Dice así: 
Viena, 10 de febrero de 1811
¡Querida, querida Bettine! Ya he recibido dos cartas suyas y veo por su carta a Toni [Antonie Brentano]  que aún me recuerda, y bastante favorablemente – Llevé su primera carta conmigo todo el verano y a menudo me hacía feliz. Incluso si no la escribo con frecuencia y aunque no me vea, escribo mil, mil veces mil cartas en mis pensamientos – Incluso si no hubiese leído lo que decía usted sobre ello, podía imaginar cómo se las está arreglado usted en Berlín con ese cosmopolita gentío: ¡¡¡hablando y charlando sobre arte, pero sin hechos!!! La mejor descripción de esto se halla en el poema de Schiller «Die Flüsse», donde habla el río Spree – Se va a casar usted, querida Bettine, o ya lo ha hecho, y no he podido verla ni una sola vez de antemano. Que toda la felicidad con que el matrimonio bendice a los casados vaya a usted y a su esposo – ¿Qué puedo decirle de mí? «Me compadezco de mi destino», grito con Juana [se trata de una cita de Jungfrau von Orleans, de Schiller]. Si se me conceden unos cuantos años más de vida, daré las gracias a la Divinidad, al Altísimo, por ello y por todo lo demás, bueno o malo – Si escribe a Goethe sobre mí, busque las palabras que le hablen de mi profunda veneración y admiración. Estoy a punto de escribirle sobre Egmont, a la que acabo de poner música sencillamente por el amor por sus poemas que me hacen feliz. Pero, ¿quién puede ser lo suficientemente agradecido con un gran poeta, la joya más preciosa de una nación? – Bien, nada más por ahora, querida, buena B[ettine]. Esta madrugada no he vuelto a casa hasta las cuatro desde una bacanal en la que realmente me vi obligado a reír mucho, de forma que hoy tendré que llorar casi lo mismo. El jolgorio excesivo muchas veces me hace encerrarme profundamente en mí mismo – En cuanto a Clemens [Brentano, hermano de Bettina], muchas gracias por su amable interés. En cuanto a la cantata, el asunto no es de excesiva importancia para nosotros aquí; sin embargo, en Berlín es diferente. En cuanto al afecto, la hermana tiene una parte tan grande de él que poco se dejará para el hermano. ¿Servirá para él? – Ahora todos mis mejores deseos, querida, querida B[ettine]. Te beso con pena en la frente y de esa forma te imprimo como un sello mis pensamientos para ti –
Escriba pronto, pronto y a menudo a su amigo
Beethoven

De entre la música de Beethoven inspirada en las obras de Goethe quizá la más célebre sea la que escribió para Egmont. Aquí tenéis su obertura.

21.9.20

Beethoven: El estreno de "Leonore/Fidelio" (Obertura "Leonora II")

 

Günther Treptow (Florestán), Karina Kutz (Leonora/Fidelio) y Wilhelm Schirp (Rocco) 
en una representación de Fidelio en la Deutsches Opern de Berlín (septiembre de 1945)

El estreno de Leonore/Fidelio

En la época de Beethoven, un compositor alcanzaba el éxito verdadero por medio de la ópera (sufrió esto en sus carnes al ver cómo se difuminaba su fama en Viena ante la llegada de un pletórico Rossini). Él solo compuso una y fue un parto largo y doloroso. Así os lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 115-119):

A finales de agosto de 1804 el barón Braun, ya dueño del Theater an der Wien, recuperó el contrato con Beethoven para la composición de su ópera, lo cual implicó que nuevamente tuvo a su disposición un alojamiento en el propio teatro. De todos modos, Beethoven mantuvo a la vez un piso en el lugar en que más tiempo permaneció durante toda su vida en Viena: la casa del barón Johann Baptist Pasqualati sobre el bastión Molker, en la que vivió entre octubre de 1804 y el verano de 1808, brevemente a comienzos de 1809 y de nuevo desde principios de 1810 hasta marzo de 1814. Allí es donde se recluía para componer la música de la ópera mientras que el piso del teatro lo usaba para su vida «pública». También siguió trabajando durante su retiro estival en Hetzendorf y en palabras de Thayer «finalizó su ópera, sentado en el mismo roble ahorquillado de los jardines de Schönbrunn que, según Schindler, cuatro años antes frecuentaba». 

Ferdinand Ries había pasado el verano en Silesia, cumpliendo con otro de los trabajos que le había conseguido Beethoven: ser pianista del príncipe Lichnowsky. A su vuelta a Viena ocurrió lo siguiente:
Un día, cuando un pequeño grupo en el que estábamos Beethoven y yo desayunó con el príncipe [Lichnowsky] tras el concierto en el Augarten (a las ocho de la mañana), se sugirió que todos fuésemos a casa de Beethoven a escuchar su ópera Leonora, que aún no se había representado. Después de llegar, Beethoven por supuesto exigió que me fuese y como hasta los más insistentes ruegos de todos los presentes fueron en vano, lo hice con lágrimas en los ojos. Todo el mundo lo notó. El príncipe Lichnowsky me siguió y me pidió que esperase en la antesala ya que como había sido él la causa de la situación ahora quería solucionar el asunto. Mi maltrecha autoestima, sin embargo, no podía permitir eso. Después oí que Lichnowsky se había indignado con Beethoven por su comportamiento ya que solo nuestro aprecio por sus obras tendría que ser culpado por el incidente y también, por tanto, por su ira. Estos reproches, sin embargo, solo tuvieron el efecto de que ya no tocase para el grupo. 
Ya por entonces, pues, estaba completada la ópera. Sin duda no fue un camino fácil el suyo hasta el estreno. La guerra se encarnizaba y la proximidad de los franceses a la capital había espantado a muchos de los espectadores habituales. Las producciones operísticas de aquel otoño de 1805 no habían reportado grandes ingresos al teatro y había fundadas esperanzas en la nueva obra de Beethoven para una recuperación. Sin embargo todo se hizo demasiado deprisa, hubo pocos ensayos y los cantantes dejaron bastante que desear. Anna Milder, la soprano en la que pensó Beethoven al escribir el papel de Fidelio/Leonora dio de sí todo lo que pudo, pero apenas tenía 20 años y su falta de experiencia se hizo notar (sin embargo, más adelante fue una de las mejores intérpretes de este papel en su época). Louise Müller fue una Marzelline aceptable. Lo peor estuvo en los papeles masculinos. Florestán fue cantado por un tal Demmer, que no se ha podido identificar con exactitud. Thayer indica que fue Joseph Demmer, que estudió en Colonia y que formó parte de la capilla electoral de Bonn, donde incluso pudo haberle conocido Beethoven antes de que fuese contratado para cantar en Weimar en 1791. Para otros (Dorfmüller, Willy Hess, Bory), se trataba de Friedrich Christian (o Fritz) Demmer. Sea quien fuere, no pareció estar a la altura del papel y Beethoven quedó encantado cuando poco después lo sustituyó Joseph August Röckel. 

Pizarro fue Sebastian Mayer, al que ya conocemos por haber hecho interpretar música de Beethoven en un concierto a su beneficio en marzo de 1804. Era concuñado de Mozart (estaba casado con la hermana pequeña de Constanze Mozart) y solía aludir a ese hecho de vez en cuando, además de mostrar siempre una elevada opinión de sí mismo y sus capacidades. Beethoven se burló de él de la siguiente manera, según nos cuenta Schindler: 
[En el aria de Pizarro] la voz se mueve sobre una serie de escalas tocadas por toda la cuerda de una manera tal que acompañando cada nueva nota en su parte el cantante ha de escuchar la apoyatura de la orquesta de una segunda menor. Un cantante bien asentado en su silla no será derribado por un potro travieso como este. Nuestro Pizarro de 1805, sin embargo, no pudo, a pesar las contorsiones y gestos de todo tipo, abrirse camino con seguridad por el peligroso pasaje, especialmente cuando alguno de los ejecutantes fue lo suficientemente pícaro como para acentuar la ofensiva segunda menor. El ultrajado Pizarro estuvo así a merced de los arcos de los violinistas durante todo el pasaje. Esto causó risas; el cantante, humillado al verse forzado a mostrar su incompetencia, emitió un rugido y dejó caer insultos a todos los reunidos, entre ellos al compositor: «¡Mi cuñado nunca habría escrito una maldita estupidez como esta!» 
Los demás caballeros, Johann Michael Weinkopf (Don Fernando), Caché (Jaquino) y Rothe (Rocco) tampoco brillaron demasiado, ya fuese por la brevedad o poca entidad de sus papeles o por el deficiente desempeño de su arte (en el caso de Rothe, según indica Thayer. ) 

Únase a todo esto el habitual mal carácter y la susceptibilidad de Beethoven. Thayer cuenta su reacción ante la ausencia de un músico en los ensayos: 
En uno de los ensayos generales el tercer fagot estaba ausente, ante lo cual Beethoven se impacientó y echaba humo. Lobkowitz, que estaba presente, quitó importancia al asunto: dos de los fagotes estaban presentes, dijo, y la ausencia del tercero no podía producir grandes diferencias. Esto enfureció tanto al compositor que, al pasar por el palacio de Lobkowitz en su camino a casa, no pudo reprimir el impulso de volverse y gritar en la gran puerta del palacio: «¡Asno lobkowitziano!» 
Por si faltaban problemas, la censura puso objeciones a la obra. El 2 octubre el autor del libreto, que era ya secretario de los Teatros de la Corte, elevó la siguiente petición al censor: 
El Secretario de la Corte Josef Sonnleithner ruega que la prohibición de este 30 de septiembre sobre la ópera Fidelio se levante ya que esta ópera, del original francés de Boully [sic] (titulada Leonore ou l’amour conjugal) se ha revisado muy especialmente porque la Emperatriz ha encontrado el original muy bello y ha afirmado que ningún asunto operístico le había dado jamás mayor placer; en segundo lugar: esta ópera, que fue revisada por el Kapellmeister Paër en italiano ya se ha dado en Praga y Dresde; en tercer lugar: Beethoven ha pasado casi un año y medio con la composición, también, como la prohibición no se anticipó en absoluto, ya se han realizado ensayos y se han hecho otros preparativos para dar esta ópera en la onomástica del Emperador [15 de octubre]; en cuarto lugar: la trama tiene lugar en el siglo XVI, por lo que no puede haber una relación subyacente; finalmente, en quinto lugar: con la carencia de libretos operísticos que existe, este presenta la más apacible descripción de la virtud femenina y el perverso gobernador está ejecutando solo una venganza privada como la de Pedrarias sobre Balboa. 
A causa de estas dificultades, el estreno, que como vemos en el texto precedente estaba previsto para el 15 de octubre de 1805, se hubo de posponer y no tuvo lugar hasta el 20 de noviembre. Pero, entre tanto, habían sucedido bastantes cosas. Los franceses avanzaban; hubo una desbandada general de la nobleza y la alta burguesía, entre las que se encontraban los principales defensores de Beethoven que podían haber contribuido al éxito de su ópera. Solo quedaron en Viena el príncipe Lichnowsky y Stephan von Breuning. El 9 de noviembre la emperatriz María Teresa abandonó la ciudad y cuatro días después los ejércitos imperiales franceses entraron en Viena. El propio Napoleón se estableció en el palacio de Schönbrunn el 15 de noviembre. Por lo tanto, el estreno de la ópera de Beethoven, que tantos esfuerzos y quebraderos de cabeza había causado, no se encontró con la más propicia de las situaciones. Por cierto, la obra se presentó bajo el título de Fidelio y no el de Leonora, como quería su autor. En concreto fue Fidelio oder Die eheliche Liebe («Fidelio o el amor conyugal»). Solo hubo tres representaciones, el día 22 de noviembre fue la tercera y última antes de la retirada de la ópera. No solo el hecho del vacío de los teatros influyó en esta decisión, sin duda el propio Beethoven se dio cuenta de las deficiencias de la obra, que señalaron los críticos tras estas primeras interpretaciones. Esta opinión se resume perfectamente en una frase de la crítica del corresponsal de la Allgemeine Musikalische Zeitung, publicada en esta revista el 8 de enero de 1806: 
Por regla general no hay ideas nuevas en las piezas vocales, son en su mayoría demasiado largas, los textos se repiten sin cesar y finalmente la caracterización falla notablemente. 
Quedó claro, pues, que había que hacer cambios, como veremos. Para finalizar, quisiera recalcar que la acción de la ópera se desarrolla en España, concretamente en Sevilla.

Como ilustración musical, os traigo la obertura Leonora II, que fue la que se escuchó en aquel estreno.


14.9.20

Beethoven y Josephine Deym (Lied y variaciones para piano a cuatro manos "Ich denke dein", WoO 74)

Josephine Deym (c. 1804)

Beethoven y Josephine Deym

Os hablo hoy de una de las candidatas a ser la "Amada Inmortal", como siempre con un fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven (pp. 113-115):

El 27 de enero de 1804 murió Joseph Deym. Su esposa, Josephine, quedó viuda con cuatro hijos. Tal vez nunca dejó de tener relación con Beethoven, pero desde la muerte de su esposo esta se intensificó; a partir de octubre incluso volvió a darle lecciones de piano y aquel otoño e invierno Beethoven se enamoró perdidamente de ella. He aquí algunos ejemplos de las expresiones de afecto que utilizó el compositor en las diversas cartas que envió a la condesa: 
Bien, cierto es que no he sido tan diligente como podía haber sido – pero una aflicción privada – me robó durante mucho tiempo – mi habitual e intensa energía. Y durante un tiempo después de que el sentimiento de amor por usted, mi adorada J[osephine], empezase a surgir en mí, esta aflicción se incrementó aún más – Tan pronto estemos juntos de nuevo sin nadie perturbándonos, escuchará usted todo sobre mis penas verdaderas y la lucha conmigo mismo entre muerte y vida, una lucha en la que llevo enzarzado un tiempo – Pues durante un largo periodo, cierto acontecimiento me ha hecho desesperar de conseguir incluso cualquier tipo de felicidad durante mi vida en esta tierra – pero ahora las cosas ya no van a ser tan malas. Me he ganado su corazón. Oh, sé ciertamente cuánto valor he de otorgar a esto. Mi actividad se incrementará de nuevo y – aquí le hago la solemne promesa de que en poco tiempo me presentaré ante usted más digno de mí y de usted – Oh, ojalá diese usted algún valor a esto, quiero decir, a sentar mi felicidad por medio de su amor – aumentarla – Oh, amada J[osephine], no es deseo por el otro sexo lo que me lleva hacia usted, es precisamente usted, toda usted con todas sus cualidades individuales. (Primavera de 1805.) 
 ...de ella –  la única amada – por qué no hay lenguaje que pueda expresar lo que está muy por encima de toda simple consideración – muy por encima de todo – aquello que no podemos describir – Oh, quién puede nombrarla a usted – y no sentir que por mucho que pudiera hablar sobre usted – que nunca podría conseguirla – a usted – solo en música – Ay, no me enorgullezco demasiado cuando creo que domino más la música que las palabras – Usted, usted, mi todo, mi felicidad – ay, no – incluso en mi música no puedo hacerlo, aunque en este aspecto vos, Naturaleza, no habéis escatimado vuestros dones conmigo. Y aun así es demasiado poco para usted. Late, aunque en silencio, pobre corazón – que es todo lo que puedes hacer, nada más – por usted – siempre por usted – solo usted – eternamente usted – solo usted hasta que me hunda en la tumba – Mi bálsamo – mi todo. Oh, Creador, cuida de ella – bendice sus días – que todas las calamidades caigan sobre mí – Solo usted – Que sea usted fortalecida, bendecida y consolada – en la desdichada aunque con frecuencia feliz existencia de nosotros, mortales – Aunque usted no me hubiese atado de nuevo a la vida, aun así habría significado todo para mí – (Primavera de 1805) 
Mañana por la tarde veré a mi querida, mi amada J[osephine] – Dígala que para mí es mucho más querida y más preciada que cualquier otra persona. (1805) 
A estas expresiones amorosas Josephine respondió con afecto y amistad pero dejando claro que prefería una relación platónica, como indica este borrador de una carta que envió a Beethoven hacia la primavera de 1805: 
La relación más íntima con usted, querido Beethoven, en estos meses de invierno ha dejado impresiones en mi corazón que ni el tiempo – ni las circunstancias borrarán - ¿Es usted feliz o desdichado? – puede usted decirlo – También – con respecto a sus sentimientos por el control de sí mismo – o su libre expresión – qué habría usted – así cambiado – Mi alma, ya inspirada en usted antes de que le conociese personalmente – se ha nutrido de su afecto. Un sentimiento que yace profundamente en mi alma y es incapaz de expresarse me hace amarle; incluso después de que supiese que su música despertaba inspiración en mí – su amable naturaleza y su afecto lo fortalecieron – Este favor que me otorga, el placer de su compañía, sería el mejor ornato de mi vida si usted hubiese sido capaz de amarme menos sensualmente – ya que no puedo satisfacer el amor sensual – esto causa su enojo – yo tendría que romper los sagrados votos si tuviera que atender su deseo – Créame – soy yo quien más sufre en el cumplimiento de mi deber – y mis acciones sin duda están dictadas por motivos nobles. 
Sea como fuere y ante la proximidad de la guerra, Josephine salió de Viena con sus hijos y pasó el otoño de 1805 y el invierno de 1805-06 en Ofen (hoy parte de Budapest), junto a su madre, con lo cual dejaron de verse por un tiempo. Más adelante, en la primavera y el verano de 1806, estuvo en Transilvania con su hermana Therese visitando a su otra hermana, Charlotte. Aunque aún se trataron con frecuencia en 1807 (ese año hay cinco cartas de Beethoven a Josephine incluidas en la obra de Anderson, algunas de las cuales citaremos más adelante), la condesa emprendió un largo viaje en agosto de 1808 por Europa, después del cual no parece que se reanudase la relación entre ellos. Josephine se casó en febrero de 1810 con el barón Christoph von Stackelberg; su matrimonio fue igual de desgraciado que el primero. Como Josephine sigue siendo una de las candidatas a ser la «Amada Inmortal», ya volveremos a hablar sobre ella y sobre lo que fue de su vida cuando lleguemos al momento en que Beethoven escribió su apasionada carta de julio de 1812.

La pieza musical que os traigo es la única que Beethoven dedicó a Josephine (junto a su hermana Therese).




7.9.20

Beethoven: La "Eroica" y Bonaparte: ¿título, dedicatoria, ninguna de las dos cosas? (Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor Op. 55 "Eroica")

La "Eroica" y Bonaparte: ¿título, dedicatoria, ninguna de las dos cosas?


Napoleón Bonaparte, como Primer Cónsul, por A.-J. Gros
(Museo de la Legión de Honor, París)

Es una historia bastante conocida, pero no me resisto a traerla aquí. Como siempre, es un fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven (páginas 99-102):

[...]hacia junio [de 1803], ya en su retiro estival de Oberdöbling, emprendió Beethoven la composición de una obra que supuso un punto de inflexión en su carrera creadora e incluso en la historia de la música. Una obra en la que desbordó todos los límites de los modelos heredados y que dio origen a lo que algunos han llamado el «siglo de la gran sinfonía». Se trata de la Sinfonía nº 3, que acabó siendo conocida como Eroica pero cuyo título inicial fue Bonaparte

La obra quedó terminada hacia octubre de 1803, ya de vuelta en Viena. Allí tocó el último movimiento completo ante Stephan von Breuning y el pintor renano Willibrord Joseph Mähler (que pintaría dos célebres retratos del compositor). Ries nos da pistas sobre su inspiración: 
En esta sinfonía Beethoven había pensado en Bonaparte durante el periodo en el que aún era primer cónsul. Por entonces Beethoven lo tenía en la mayor de las estimas y lo comparaba con los más grandes cónsules romanos. 
Fue al año siguiente cuando tuvo lugar el célebre estallido que llevó al cambio de título de la obra; casi siempre se asume que sucedió en mayo de 1804, cuando tras un plebiscito Napoleón se proclamó emperador, aunque también es muy posible que ocurriese después del 2 de diciembre, cuando se coronó a sí mismo en la catedral de París ante el papa Pío VII. En alguno de esos momentos ocurrió la famosa historia que nos cuenta Ries: 
Yo mismo, así como muchos de sus íntimos amigos, habíamos visto la sinfonía, ya copiada en partitura completa, sobre su escritorio. En la parte de arriba de la portada aparecía la palabra «Buonaparte» y abajo «Luigi van Beethoven», pero ni una palabra más. Si el espacio intermedio se iba a rellenar y con qué, no lo sé. Yo fui el primero en darle la noticia de que Bonaparte se había proclamado emperador, con lo cual estalló en ira y gritó: «Luego no es más que un hombre vulgar. ¡Ahora pisoteará todos los derechos del hombre y solo satisfará su propia ambición; se situará por encima de todos los demás y se convertirá en un tirano!» Beethoven fue al escritorio, tomó la portada por su parte superior, la arrancó entera y la tiró al suelo. Escribió de nuevo la primera página y solo entonces la sinfonía recibió el título de Sinfonia eroica
El que este hecho, que muestra al Beethoven más republicano en todo su esplendor, se produjese en diciembre podría estar apoyado por lo que dice el propio compositor en una carta a Breitkopf & Härtel en la que les ofrece, para su publicación, la sinfonía, el oratorio Christus am Oelberge, el Concierto Triple (Op. 56) y tres nuevas sonatas para piano (Op. 53, 54 y 57): 
El título de la sinfonía ciertamente es Bonaparte. 
La carta está fechada el 26 de agosto de 1804, luego parece difícil que tras una explosión tan fuerte Beethoven cambiase de parecer con tanta rapidez. 

En el archivo de la Gesellschaft der Musikfreunde de Viena se conserva un ejemplar manuscrito de la sinfonía en cuya portada se observan los efectos de este cambio. Se trata de la obra de un copista, pero tiene anotaciones de Beethoven. Se podría representar de la siguiente forma:  


Sinfonia grande 

intitolata Bonaparte 
1804 im August 
del sigr. 

Louis van Beethoven 




Sinfonie 3 Op:55




La segunda línea está fuertemente raspada, aunque todavía se intuye lo que pone en ella. La tercera, que indica la fecha, está escrita probablemente por otra persona con tinta más oscura. A pesar de la raspadura, Beethoven añadió a lápiz, y no borró, «geschrieben auf Bonaparte» («escrita sobre Bonaparte») en el amplio espacio que queda entre las dos últimas líneas. El título de la obra, cuando la Oficina de Artes e Industria la publicó en octubre de 1806 fue Sinfonia eroica (…) composta per festeggiare il sovvenire di un grand uomo. («Sinfonía heroica, compuesta para conmemorar el recuerdo de un gran hombre»). 

De todos modos, aunque tengamos claro que el título de la sinfonía era Bonaparte, lo más seguro es que Beethoven no tuviese intención de dedicársela a Napoleón. Las dedicatorias eran una importante fuente de ingresos para él, que casi con total seguridad no podría haber obtenido del primer cónsul o emperador de los franceses. Por eso al final se la dedicó al príncipe Lobkowitz, en cuya casa se produjo la primera interpretación de la obra en agosto de 1804.

Y, como siempre, una Eroica de plenas garantías, de la mano de Otto Klemperer, en una grabación histórica:




24.8.20

Beethoven: El testamento de Heiligenstadt (Sonata para violín y piano Op. 30 nº. 1)

El testamento de Heiligenstadt

Estamos ante la primera gran crisis vital de Beethoven. A comienzos del otoño de 1802, escribió en la ciudad de Heiligenstadt un doloroso documento en el que proclama sus penas. Así lo cuento en mi Vida de Ludwig van Beethoven:

Dejamos al final del capítulo anterior a Beethoven en Heiligenstadt, intentando mejorar de su sordera y recuperarse del fracaso de sus descabellados planes matrimoniales con Giulietta Guicciardi. Con mucho tiempo para pensar y rumiar en su mente lo sucedido y su situación. Teniendo, incluso, pensamientos suicidas. Por eso, al final de su estancia allí, se sentó a escribir un documento que se puede considerar una especie de válvula de escape de todos estos sentimientos, un testamento dirigido a sus hermanos y a toda la humanidad con el que pretende reconciliarse con ellos y a la vez confesar en público el secreto que guardaba con tanto celo: su sordera.

[Sigue el texto completo del Testamento, que no voy a reproducir aquí, solo voy a indicar una peculiaridad que tiene: el documento va dirigido a sus hermanos, pero solo escribió el nombre de Caspar Carl, mientras que dejó un hueco en blanco donde debería ir el de su otro hermano, Nikolaus Johann.]

Mucho se ha especulado sobre la no inclusión del nombre de Nikolaus Johann en el texto. Hay quienes sacan profundas conclusiones psicológicas sobre la relación de Beethoven con sus hermanos (Solomon) y quienes se limitan a señalar que Beethoven dudaba de cómo dirigirse a él, si como Nikolaus, como Johann o como Nikolaus Johann. El documento no fue encontrado hasta poco después de la muerte de Beethoven, es posible que por Schindler, y pasó de mano en mano hasta que a finales del siglo XIX quedó depositado en la biblioteca de la Universidad de Hamburgo, donde aún se conserva. Se publicó por primera vez en 1832, en el suplemento del libro de Ignaz von Seyfried Ludwig van Beethoven’s Studien im Generalbasse, Contrapuncte und in der Compositions-Lehre, del que ya se ha citado algún pasaje y del que hablaremos más en su momento. 

Sin embargo, esta muestra de desesperación no implicó una mengua en la capacidad creadora de Beethoven, pues 1802 fue un año muy rico en composiciones y publicaciones. En febrero completó la Segunda Sinfonía, que había empezado a escribir a finales de 1800; entre marzo y mayo compuso las tres sonatas para piano y violín Op. 30 y a la vez empezó las variaciones para piano Op. 34 y 35, las más ambiciosas que había creado hasta ese momento, y entre junio y septiembre escribió las tres sonatas para piano Op. 31. En cuanto a las publicaciones, Cappi imprimió en marzo de 1802 la sonata para piano Op. 26 (dedicada al príncipe Lichnowsky) y las dos sonatas quasi una fantasia Op. 27 (con dedicatorias para la princesa Liechtenstein y Giulietta Guicciardi, respectivamente). También en marzo, pero publicada por Hoffmeister en Leipzig, apareció la sonata para piano Op. 22, dedicada al conde Browne. También fue Hoffmeister quien sacó a la luz, a finales de junio o comienzos de julio, el celebérrimo Septeto Op. 20, con una dedicatoria a la emperatriz María Teresa. En agosto le llegó el turno a la sonata para piano Op. 28, publicada por la Oficina de Artes e Industria, dedicada a Joseph von Sonnefels. Y apenas unos días después, el 18 de octubre de 1802, escribió una carta a Breitkopf & Härtel ofreciéndoles las variaciones Op. 34 y 35 de esta manera: 


He compuesto dos conjuntos de variaciones, uno consistente en ocho variaciones y el otro con treinta. Ambos conjuntos están trabajados de una manera muy nueva y cada uno de un modo separado y diferente. Preferiría infinitamente hacer que los imprimiesen ustedes, pero no bajo otra condición que por unos honorarios de 50 ducados por ambos conjuntos – No consientan que haga esta oferta en vano, pues les aseguro que no se lamentarán con respecto a estas dos obras – Cada tema es tratado de su propia forma y de una manera diferente al otro. Habitualmente he de esperar que otras personas me digan cuándo tengo nuevas ideas porque nunca lo sé por mí mismo. Pero esta vez – yo mismo puedo asegurarles que en estas dos obras el método es muy nuevo allí hasta donde me concierne – 

Por tanto, no se puede decir que esos sombríos sentimientos hiciesen mella en su trabajo, ni siquiera que se trasluciesen en el ánimo que mueve a todas esas obras, tan diferentes entre sí, que no se puede decir que estén unidas por un invisible hilo en cuyo extremo haya un estado de ánimo negativo. Y la vigorosa defensa de sus variaciones y del nuevo modo de concebirlas en la carta a Breitkopf & Härtel deja claro que la crisis dejó paso a nuevas fuerzas que lo redimirían, como siempre, por medio del trabajo duro en su arte.

Os dejo con una de estas obras del año 1802, la Sonata para violín y piano nº 6 en la mayor, Op. 30 nº. 1, en unas inmejorables manos:

27.7.20

Beethoven y Ferdinand Ries (Variaciones para piano en fa mayor Op. 34)

Beethoven y Ferdinand Ries



Hoy toca hablar del coautor de una de las fuentes primarias de información sobre Beethoven: Ferdinand Ries. Para ello, os incluyo este fragmento de las páginas 83-85 de mi Vida de Ludwig van Beethoven:

En algún momento entre octubre de 1801 y comienzos de 1802 llegó a Viena Ferdinand Ries, uno de nuestros conocidos autores de las Biographische Notizen. Tenía entonces 17 o 18 años; había empezado sus estudios musicales con su padre y con Bernhard Romberg y a los 13 años lo enviaron a Arnsberg para que prosiguiese su instrucción con un célebre organista, pero al final fue él quien acabó dando clases de violín a su supuesto maestro. Volvió a Bonn, donde siguió estudiando y dio sus primeros pasos en la composición. En 1800 marchó a Munich, donde se ganó la vida copiando música y de allí fue a Viena, donde se presentó ante Beethoven. Ries nos cuenta que cuando llegó lo encontró muy ocupado con la composición del oratorio Cristo en el monte de los Olivos (Christus am Oelberge), con vistas a interpretarlo en un concierto a su beneficio que se iba a celebrar próximamente. Aunque la intención era que Beethoven le diese clases, casi desde el primer momento Beethoven hizo que asumiese otros papeles, como el de secretario (por no decir «chico de los recados») o copista. Dejemos a Ries que nos describa la forma de enseñarle de Beethoven: 

Cuando Beethoven me daba lecciones, he de decir que, contrariamente a su naturaleza, era muy paciente. Solo puedo atribuir esto y su casi infalible comportamiento amigable hacia mí, sobre todo a su estima y afecto por mi padre. Así, en ocasiones me hacía repetir una cosa diez o más veces. En las Variaciones en fa mayor, dedicadas a la princesa Odescalchi (Opus 34), tuve que repetir las últimas variaciones Adagio enteras diecisiete veces. Aún no estaba satisfecho con la expresión en la pequeña cadenza, a pesar de que yo pensaba que la había tocado tan bien como él lo había hecho. Si cometía un error en algún punto de un pasaje, o tocaba notas equivocadas, o perdía intervalos –que él a menudo deseaba enfatizar mucho- no solía decía nada. Sin embargo, si no daba expresión a los crescendi, etc. o al carácter de una pieza, se enfurecía porque, sostenía, lo primero era accidente mientras que lo segundo derivaba de un conocimiento, sentimiento o atención inadecuados. Lo primero le ocurría a menudo a él, también, cuando tocaba en público. 

De lo que no se ocupó fue de la parte teórica, para lo cual le envió a Albrechtsberger. En otro pasaje de las Notizen Ries nos da una idea de lo que pensaba Beethoven de las estrictas reglas de la gramática musical: 

Una vez, durante un paseo que dimos juntos, le mencioné dos quintas perfectas que resonaban notablemente en uno de sus primeros cuartetos en do menor. Beethoven no las recordaba y afirmó que era erróneo llamarlas quintas. Como tenía la costumbre de llevar siempre papel pautado con él, le pedí una hoja y escribí el pasaje para él con las cuatro voces. Cuando vio que yo tenía razón, dijo: «Bien, ¿y quién las ha prohibido?» Como yo no supe cómo tomarme la pregunta, la repitió varias veces hasta que, muy arrepentido, al final respondí: «Marpurg, Kirnberger, Fuchs, etc., etc., ¡todos los teóricos!» «Bien, ¡yo las permito!» fue su respuesta. 

La narración de Ries nos sirve también para saber cómo iba afectando a Beethoven su sordera en las primeras etapas de la enfermedad: 

Estaba tan sensible al comienzo de su sordera que era necesario tener mucho cuidado para no hacerle notar su discapacidad hablando en tono alto. Si no había entendido algo, solía achacarlo a su despiste, que desde luego era un rasgo muy acusado. Gran parte del tiempo vivía en el campo, donde yo iba con frecuencia a tomar lecciones. De vez en cuando decía, a las ocho de la mañana, tras el desayuno: «Demos primero un pequeño paseo». Así que salíamos a pasear, muchas veces para no volver hasta las tres o las cuatro, después de haber comido algo en una de las aldeas. En una de esas salidas me dio Beethoven la primera prueba alarmante de su pérdida de oído, que Stephan von Breuning ya me había mencionado. Llamé su atención sobre un pastor del bosque que estaba tocando muy agradablemente una flauta hecha de madera de tilo. Durante media hora Beethoven no pudo escuchar nada en absoluto y se quedó muy quieto y sombrío, aunque muchas veces le aseguré que yo ya no estaba escuchando nada (lo que, no obstante, no era cierto). 

Ries permaneció en Viena hasta el otoño de 1805, cuando hubo de volver a Bonn al ser reclutado por el ejército francés (hay que recordar que desde 1797 toda aquella zona pertenecía a Francia). Luego volvió brevemente entre agosto de 1808 y julio de 1809. Tiempo tendrá de seguir apareciendo por estas páginas. Beethoven, durante toda su primera estancia en Viena, siempre miró por su bienestar. Por ejemplo, cuando supo de la escasez de fondos de su alumno, le consiguió un puesto como pianista del conde Browne. Mientras ejercía como tal, vivió un episodio que nos da una idea de cómo tenía por entonces Beethoven hechizados a sus admiradores: 

Beethoven me consiguió un trabajo como pianista con el conde Browne. El conde pasaba cierto tiempo en Baden, cerca de Viena, donde con frecuencia yo tenía que tocar para un grupo de entusiastas admiradores de Beethoven sus composiciones por las tardes, unas veces con la partitura, otras de memoria. Aquí me convencí de que para mucha gente solo el nombre es suficiente para encontrar todo en una obra bello y admirable o mediocre e inferior. Un día, cansado de tocar de memoria, toqué una marcha que elaboré según me venía sin pensar mucho en ella. Una anciana condesa, que en verdad estaba molestando a Beethoven con su admiración, llegó a un éxtasis con ella, ya que creía que era algo nuevo de él. Rápido, seguí con esta idea, divirtiéndome con ella y con los otros entusiastas. Mala suerte, el propio Beethoven llegó a Baden al día siguiente. Apenas entró en la sala en casa del conde Browne cuando la anciana dama empezó a parlotear sobre la excepcionalmente magnífica marcha que llevaba el sello del genio. ¡Mi apuro es imaginable! Sabiendo bien que Beethoven no aguantaba a la anciana condesa, en seguida lo llevé a un aparte y le susurré al oído que yo solo quise burlarme de su necedad. Por fortuna, se tomó el asunto muy bien, pero mi apuro fue a más cuando tuve que repetir la macha, que esta vez fue mucho peor, con Beethoven de pie a mi lado. Entonces recibió de todo el mundo las más extravagantes alabanzas por su genio, lo cual escuchaba con la mayor confusión e ira, hasta que al final estalló en una sonora carcajada. Más tarde me dijo: «¡Ya ve, querido Ries! Estos son los grandes connoiseurs que pretenden juzgar toda la música tan correcta e ingeniosamente. Deles solo el nombre de su adorado; no necesitan más». 

Añade Ries que de este incidente surgió el encargo por parte del conde de las tres marchas para piano a cuatro manos, que Beethoven escribió en 1803 y aparecieron publicadas en marzo de 1804 por la Oficina de Arte e Industria de Viena como Op. 45 y dedicadas a la princesa Esterházy.

Aquí os dejo una de las piezas que se citan en el texto, las Seis variaciones para piano en fa mayor sobre un tema original, Op. 34:

13.7.20

¿Beethoven galán?: Christine Gerhardi y Babette Keglevics (Sonata para piano nº. 4 en mi bemol mayor Op. 7)

¿Beethoven galán?: Christine Gerhardi y Babette Keglevics

(...)la magnífica biografía del compositor escrita por Jean y Brigitte Massin tiene la curiosa característica de adjudicarle innumerables flirteos, muchas veces de manera infundada. Tal parece ser el caso de dos que se sitúan precisamente en este año de 1797. 

Christine Gerhardi era una cantante aficionada de origen italiano que por entonces contaba unos 20 años. Dos de las seis cartas de Beethoven antes mencionadas están dirigidas a ella. Era una joven bella, con una excelente voz, asidua de los conciertos de los Asociirten de van Swieten, donde es posible que la conociese Beethoven. Las dos cartas de este año 1797 lo que indican sobre todo es que la relación entre ambos pasó de ser formal, como el tono de la primera, en la que agradece a la joven el envío de un poema en alabanza de su música (Anderson nº 23), a ser más íntima, como muestran el «Querida Christine» y el «que el diablo la lleve» de la segunda (Anderson nº 24), en la que discute el parecido de un retrato que le habían realizado. Por muy familiar que sea esta segunda carta, es muy difícil vislumbrar en ella algo más que una jovial amistad. El 20 de agosto de 1798, Christine se casó con el médico Joseph Frank, hijo del también galeno Peter Frank. Uno de ellos, no se sabe cuál de los dos, trató a Beethoven antes del verano de 1801; eran grandes amantes de la música y celebraban con asiduidad veladas musicales en su casa, en las que Beethoven era un participante habitual, y no solo eso, sino que además corregía las cantatas que Joseph solía componer para celebrar el cumpleaños y la onomástica de su padre. 

La segunda dama es Barbara (Babette) Keglevics, entonces de 17 años, hija de una noble familia de Presburgo que tenía también una casa en Viena. Este año de 1797 se convirtió en alumna de Beethoven y según una leyenda, aventada por un sobrino suyo, el compositor solía acudir en camisón, zapatillas y gorro de dormir a dar las lecciones, ya que vivía en la misma calle, justo enfrente. Es a este sobrino a quien los Massin dan crédito para la historia del asunto amoroso entre ambos. Lo que sí es cierto es que Beethoven le dedicó la sonata para piano Op. 7, la obra más importante que había escrito hasta el momento, y también más obras en el futuro, como las variaciones WoO 71, el primer concierto para piano (Op. 15) y las variaciones Op. 34. Babette se casó en 1801 con el príncipe Innocenz d’Erba Odescalchi.


(Vida de Ludwig van Beethoven, pp. 54-55) 

Aquí os dejo esa Sonata Op. 7 que Beethoven dedicó a Babette Keglevics, en buenas manos:

 

6.7.20

Beethoven y Giulietta Guicciardi (Sonata para piano nº. 14 en do sostenido menor Op. 27 nº. 2 "Claro de luna")

Beethoven y Giulietta Guicciardi




Aunque su oído no mejora, Beethoven está más a gusto, se mezcla más con la gente. Y todo gracias a una «querida y fascinante joven que me ama y a la que amo». ¿Quién era esta mujer? Con toda seguridad, se trataba de la condesa Giulietta Guicciardi, que entonces contaba dieciséis años de edad. 

Natural de Trieste, era hija del conde Franz Joseph Guicciardi y de Susanna Brunsvík; era prima de los Brunsvík, por medio de los cuales seguramente conoció a Beethoven poco después de que el conde fuese destinado a la Cancillería Austro-Bohemia en Viena el año 1800. La joven no solo era hermosa, sino que tenía en verdad dotes musicales, así que Beethoven aceptó ser su maestro como antes lo había sido el pianista y compositor Franz Xaver Kleinheinz. Pronto debieron de surgir sentimientos entre ambos que llevaron a Beethoven, como él mismo dice en la carta, a pensar en un matrimonio que a todas luces era imposible. 

A pesar de que Thayer «opina» que pudo haber petición de mano y que uno de los progenitores estaba de acuerdo y el otro no con el enlace, el caso es que a comienzos de 1802 Beethoven explotó cuando la condesa Susanna le hizo un regalo que él consideró pago por sus lecciones cuando su idea era que las daba gratuitamente, por amistad, a una familia a la que consideraba su igual. Esa muestra de su inferioridad social debió de herirle mucho. El caso es que a finales de la primavera de 1803 cesaron sus contactos con los Guicciardi. 

Giulietta se casó en noviembre de 1803 con el conde Wenzel Robert Gallenberg y al poco tiempo se marcharon a vivir a Italia. No regresaron a Viena hasta finales de 1821, cuando Domenico Barbaja se hizo cargo de la ópera de la corte y el conde pasó a formar parte de su administración. En aquella ocasión, Beethoven confesó a Schindler que, tras su boda, ella fue a buscarle llorando y él la rechazó y también que le había querido a él mucho más que lo que nunca pudo amar a su marido. 

Beethoven dedicó a Giulietta su sonata para piano Op. 27 nº 2, la conocida como Claro de luna, que apareció publicada por Cappi en marzo de 1802, es decir, poco después de la tormenta. En principio el compositor había entregado a su amada el rondó para piano en sol mayor, escrito en 1798 pero publicado en septiembre de 1802. Más tarde se lo pidió a Giulietta, pues necesitaba dedicar algo a la condesa Henriette von Lichnowsky, hermana del príncipe; a cambio ofreció a Giulietta la sonata y, sin duda, ganó con el cambio. 

Al igual que el apodo que acompaña a la obra es una invención (del poeta berlinés Ludwig Rellstab) que nada tiene que ver con Beethoven, ha habido quien ha especulado sobre un programa oculto que refleja el amor del compositor por la condesa. Empezando por Schindler, que fue quien sentó las bases de la idea al pensar que Giulietta era la «Amada Inmortal» y fechar erróneamente en el verano de 1803 la célebre carta de Beethoven. Sea como fuere, Beethoven guardó toda su vida un pequeño retrato de Giulietta que sus amigos encontraron oculto en el cajón secreto de su escritorio tras su muerte.


(De mi Vida de Ludwig van Beethoven, pp. 81-83)

El retrato que se menciona en la última frase de la cita es el que encabeza esta entrada. Y la finalizo con don Claudio Arrau interpretando la sonata que Beethoven dedicó a Giulietta.

29.6.20

Beethoven: Quinteto para piano e instrumentos de viento en mi bemol mayor Op. 16

La obra de hoy va a servir para ilustrar un episodio de la vida de Beethoven en sus primeros años en Viena: la proposición de matrimonio que hizo a Magdalena Willmann (al terminar la cita de mi Vida de Ludwig van Beethoven que sigue os explico la relación de esta dama con el Quinteto Op. 16)


En diferentes lugares de sus Biographische Notizen, Wegeler y Ries nos han dejado pinceladas de Beethoven como galán. Para Wegeler, en ocasiones hacía conquistas que habrían sido casi imposibles para un Adonis, aunque siempre las damas implicadas pertenecían a clases sociales muy diferentes la suya, y Ries cuenta cómo gustaba de admirar a las mujeres bellas y que sus enamoramientos eran tan frecuentes como breves; de hecho se rieron en una ocasión al constatar que una dama que le había gustado en particular había conseguido cautivarle durante nada menos que siete meses. 

Esto nos sirve para introducir el asunto de Magdalena Willmann en la historia de la vida de Beethoven. Ya hemos visto que en Bonn surgieron algunas pasiones por jovencitas que, como dice Wegeler, «eran de una posición social mucho más elevada que la suya». El caso de Magdalena pudo haber sido muy distinto. Un año menor que Beethoven, era hija de Ignaz Willmann, violinista de la corte electoral de Bonn, colega del padre y el abuelo de Beethoven. La propia Magdalena, que estudió en Viena con Righini, se convirtió en cantante de la capilla electoral en 1789 tras presentarse en Viena y actuar varias veces en la capital y en otras ciudades. Incluso formó parte del viaje a Mergentheim de 1791 que tan gratos recuerdos traía siempre a Beethoven. Se marchó de Bonn en el verano de 1793 y, tras cantar en diversos teatros europeos, fue contratada por la ópera de la corte vienesa en abril de 1795. 

Muchos años después de estos hechos, en 1860, una sobrina de Magdalena contó a Thayer que Beethoven quedó prendado de su tía que, en palabras del propio biógrafo era «bella, talentosa y experta». Tanto como para pedir su mano; la joven le rechazó. Cuando Thayer pregunto a la sobrina los motivos, esta se echó a reír y exclamó: «¡Porque era tan feo… y estaba medio loco!» Thayer despacha el asunto y a la dama con sequedad: «En 1799 Magdalena se casó con cierto Galvani, pero su felicidad fue breve; murió hacia finales de 1801». En realidad se casó en julio de 1796, lo cual situaría el hecho, de haberse producido, hacia 1795. No hay pruebas documentales contemporáneas para poderlo corroborar. (pp. 47-48)

¿Y qué relación hay entre Magdalena y el Quinteto? Pues una muy tenue... La obra fue estrenada en un concierto que dio Beethoven en el Augarten el 6 de abril de 1797, ocasión en la que acompañó al pianoforte a Magdalena, que cantó un aria que no se ha identificado. Aquí tenéis esta pieza para piano, oboe, clarinete, trompa y fagot (idéntica instrumentación e idéntica tonalidad que el KV 452 de Mozart):

22.6.20

Beethoven: Trío para piano, violín y violonchelo nº. 3 Op. 1 nº. 3

Los tres Tríos Op. 1 fueron las primeras obras a las que Beethoven consideró dignas de dar un número de opus. A cuento de una de ellas hubo otro encontronazo con Haydn, que os cuento en este fragmento de mi Vida de Ludwig van Beethoven:

Sin duda el proyecto más ambicioso de estos primeros meses en Viena fueron los tres tríos para piano que empezó a escribir en 1794 (aunque es posible que ya se trajese esbozos de Bonn) y que son las primeras obras que consideró merecedoras de llevar un número de opus. Estas piezas musicales se ensayaron a conciencia y se presentaron en casa del príncipe Lichnowsky, a quien están dedicadas. En agosto de 1795, cuando aún no se habían publicado, regresó Haydn de Inglaterra y, como es lógico, se requirió su opinión sobre estas primeras obras importantes del que todo el mundo seguía considerando, sobre todo, su alumno. Ries cuenta que Haydn alabó las obras, que habían causado una «tremenda convulsión», pero aconsejó a Beethoven que no publicase el último de los tríos, ya que, según dijo después al propio Ries, consideraba que el público no lo entendería bien y por lo tanto no sería recibido como se merecía. Sin embargo, Beethoven se lo tomó a mal y consideró que su antiguo maestro hablaba movido por la envidia y no tenía buena disposición hacia él. 

Finalmente, en julio-agosto de 1795, el editor Artaria publicó los tríos tal cual, sin seguir el supuesto consejo de Haydn. Fue una edición por suscripción; el príncipe Lichnowsky compró 20 ejemplares, tres su esposa, la princesa Christiane, y dos cada uno su hermano el conde Moritz (que, como su cuñada, era un excelente pianista) y su hermana la condesa Henriette. En total, se suscribieron 123 personas que se hicieron con 241 ejemplares. Beethoven pagó a Artaria un florín por cada ejemplar y la suscripción fue de 1 ducado. Teniendo en cuenta que, aproximadamente, un ducado equivalía a 4,5 florines, Beethoven obtuvo un beneficio bastante considerable de su primera aventura músico-editorial. (p. 46)

Aquí tenéis el tercero de los Tríos, el objeto de la polémica.

15.6.20

Beethoven: "Las criaturas de Prometeo" Op. 43

Las criaturas de Prometeo es uno de los dos ballets de Beethoven (el otro es el Ritterballet WoO 1, escrito en Bonn en 1790-91 y que en principio se presentó como obra de uno de sus principales protectores allí, el conde Waldstein). Esta segunda pieza, basada en un libreto de Salvatore Viganò que no se conserva, se compuso en 1800-01 y se estrenó el 28 de marzo de 1801. No se publicó su versión orquestal en vida de Beethoven. Va a servir esta obra no muy conocida para hablar de las relaciones de Beethoven con Haydn en los primeros tiempos de Viena; os pongo dos fragmentos de mi Vida de Ludwig van Beethoven:


Muy poco después de la llegada a Viena comenzaron las lecciones con Haydn. Ya el 12 de diciembre [de 1792] hay en el diario la anotación de un pago de 8 groschen para el maestro; en octubre del año siguiente aún se encuentran notas sobre compras de chocolate y café para Haydn. Esto demuestra que las clases se mantuvieron al menos hasta la partida de Haydn para su segundo viaje a Londres, en enero de 1794. 

Las lecciones de Haydn se basaron sobre todo en el contrapunto y utilizó como libro de texto un resumen hecho por él del Gradus ad Parnassum de Johann Joseph Fux. Se conservan 245 ejercicios de los realizados por Beethoven para Haydn, de los cuales 42 están corregidos. Pero hubo fallos cometidos por Beethoven que Haydn no vio y también fallos cometidos por él mismo. Esto demuestra que no dedicó todo el tiempo necesario a la instrucción de su alumno, dado que tenía muchas otras obligaciones, como preparar su inminente y nuevo viaje a Londres. Y esa falta de constancia es lo que seguramente llevó a Beethoven a decir que aunque hubiese recibido algunas lecciones de Haydn jamás había aprendido nada de él y a negarse a poner junto a su nombre en sus primeras obras el añadido «alumno de Haydn», como le hubiese gustado al maestro. (p. 31)

No hay pruebas que indiquen que Beethoven reanudase las clases con Haydn después del regreso de este de Inglaterra, en agosto de 1795. Lo más seguro es que siguiese teniendo el respeto debido a un músico tan venerable, pero no sin críticas e incluso ataques. Ries nos dice que «Haydn rara vez salía sin alguna pulla. El rencor de Beethoven en este caso es probable que se remontase a tiempos anteriores». Otra prueba de esta latente rivalidad fue la innecesaria réplica de Beethoven cuando Haydn lo felicitó por la música que compuso para Las criaturas de Prometeo: «Querido papá, es usted demasiado bueno, pero no es La creación ni mucho menos». La respuesta de Haydn fue lógica: «No, no lo es ni creo que nunca lo sea». (p. 33)

Pues aquí tenéis la obra que provocó el comentario elogioso del maestro, la respuesta insolente del discípulo y la réplica áspera otra vez del maestro:

8.6.20

Beethoven: Seis variaciones sobre "Nel cor più non mi sento" WoO 70

Hablemos de las primeras composiciones de Beethoven tras su llegada a Viena (y de su célebre galantería con las damas):

La variación era un género musical que tenía mucho predicamento en Viena por aquella época. No es de extrañar, pues, que Beethoven (...) se prodigase en sus primeros años en la ciudad escribiendo conjuntos de variaciones sobre determinados fragmentos de obras escénicas populares. Viene a cuento a este respecto una célebre anécdota que narra Wegeler, que hubo de tener lugar hacia finales de junio de 1795 y según la cual, estando Beethoven con una dama «muy querida por él» en el palco de la ópera escuchando La molinara, de Giovanni Paisiello, al llegar el famoso dúo «Nel cor più non mi sento», la joven se lamentó de haber perdido unas variaciones que en su día había tenido sobre este tema. La respuesta de Beethoven fue componer, aquella misma noche, seis variaciones (WoO 70) que le regaló; Wegeler añade que la pieza es tan fácil que seguro que «estaba pensada para que la dama las tocase a primera vista».


(De mi Vida de Ludwig van Beethoven, pp. 43-44)

Aquí tenéis la pieza, en muy buenas manos:

1.6.20

Beethoven: Octeto para instrumentos de viento Op. 103

En la anterior entrada me quejaba de lo abandonada que tenía esta bitácora y hacía propósitos de enmienda, pero... Huelga decir el motivo por el que de nuevo se hubo de abrir un paréntesis.

Voy a procurar cerrarlo. Sigo con Beethoven y he decidido que a partir de ahora voy a intentar que lo que ilustre la pieza musical presentada sea un breve pasaje de mi Vida de Ludwig van Beethoven (que, os recuerdo, si os interesa podéis conseguir aquí).

La obra de hoy es uno de las que nuestro genio compuso cuando aún no había abandonado su Bonn natal. El fragmento de hoy habla de su despedida de aquella ciudad y da una lista de composiciones de aquella época:

Una vez decidida la partida y otorgado a Beethoven solo el dinero necesario para el viaje, aunque con la promesa de mandarle más una vez llegado allí, sus amigos decidieron hacerle un álbum de despedida. No definitiva, pues la idea era que regresase al completar sus estudios y basar su vida profesional en su ciudad aunque realizase numerosas giras de conciertos. No sabía que no volvería nunca. 

El álbum de firmas incluye los nombres de los amigos con que se reunía en el restaurante de la viuda Koch, el Zehrgarten, quince entradas en total, aunque en él no figuran los músicos importantes de la ciudad. No se ha citado todavía a uno de estos amigos, Carl August Malchus, secretario del embajador de Austria, que pronto entabló una gran amistad con Beethoven, como lo demuestra su muy apasionada intervención en tal álbum: 

El firmamento de mi profundo amor une nuestros corazones con lazos que no pueden desatarse y solo la muerte puede destruirlos. Extiende la mano, querido mío, y así sea hasta la muerte.
Tu Malchus 

Eleonore von Breuning, de la cual, según Thayer, también se enamoró Beethoven (algo que, como es lógico su futuro esposo Wegeler no indicó en las Notizen) hizo su aportación citando al filósofo y poeta Johann Gottfried Herder: 

La amistad, con aquello que es bueno, 
crece como la sombra vespertina 
hasta la puesta de sol de la vida. 

Bonn, 1 de noviembre de 1792. Su verdadera amiga, Eleonore von Breuning 

Pero sin duda la anotación más famosa es la muy premonitoria que hizo el conde Waldstein: 

¡Querido Beethoven! Vas a Viena a colmar tus tan largamente frustrados deseos. El Genio de Mozart está de luto y llorando por la muerte de su pupilo. Encontró un refugio pero no ocupación con el incansable Haydn; por medio de él desea formar una unión con otro. Con la ayuda de un trabajo constante, recibirás el espíritu de Mozart de manos de Haydn.


Bonn, 29 de octubre de 1792                                                                                                                  Tu fiel amigo Waldstein. 

La fecha de la anotación de Eleonore demuestra que Beethoven aún se encontraba en Bonn el 1 de noviembre de 1792. Seguramente partió al día siguiente. 

Allí marchaba para estudiar con el compositor vivo más célebre, enviado nada menos que por el tío del emperador y con el aval del conde Waldstein, lo cual le abriría las puertas de los más importantes palacios de la aristocracia. Pero no iba de vacío, pues ya había compuesto bastante música en su ciudad natal. A lo largo de este capítulo se han citado algunas de esas obras. Otras dignas de mención son, por aproximado orden cronológico:

  • Dos preludios para piano u órgano, de c. 1789, publicados en 1803 como Op. 39. 
  • Dos arias para bajo (WoO 89-90), y una escena y aria para soprano (WoO 92) de c. 1791
  • Seis variaciones para piano o arpa sobre una canción suiza (WoO 64) de c. 1791. 
  • Un largo fragmento (259 compases) del primer movimiento de un concierto para violín en do mayor (WoO 5), de c. 1791. 
  • Un trío para piano, violín y violonchelo en mi bemol mayor (WoO 38), de c. 1791. 
  • Un concierto para oboe, perdido (Hess 12). 
  • 14 variaciones para piano, violín y violonchelo en mi bemol mayor, escritas c. 1792 y publicadas en 1804 como Op. 44. 
  • Tres conjuntos de variaciones para piano (WoO 40, 66, 67), todas de c. 1792. 
  • Un octeto para instrumentos de viento en mi bemol mayor, publicado póstumamente como Op. 103. 
  • La mayoría de las ocho canciones que aparecieron publicadas en 1805 como Op. 52, además de las WoO 110-115. 

También se llevó algunas obras comenzadas que concluyó en Viena y allí revisó asimismo piezas que había escrito en Bonn, como veremos en su momento.

Hasta aquí el fragmento de mi librillo y ahora, la música:



4.3.20

Beethoven: Sonata para piano en mi bemol mayor WoO 47 nº 1

No me da la vida, no me da la vida... Son demasiadas cosas y ya se sabe que quien mucho abarca poco aprieta. Quería haber dedicado más tiempo a este desangelado blog este año conmemorativo de los 250 años del nacimiento de Beethoven y aquí estamos, comenzando marzo, con la primera entrada... Pero, siguiendo con refranes, recurramos a eso de que nunca es tarde si la dicha es buena y procuremos enmendarnos. Consideraré esta entrada como un segundo arranque, después de la última, en la que os traje la que tal vez sea la primera obra compuesta por nuestro genio. La de hoy también es muy temprana, forma parte de un grupo de tres sonatas conocidas como Electorales, ya que fueron dedicadas al elector Maximiliano Federico. Datan de 1782 o 1783 y fueron publicadas por Bossler en el otoño del último año mencionado, seguro que con el apoyo de su maestro, Christian Gottlob Neefe. Disfrutad del incipiente talento del Beethoven niño.

16.12.19

¿Arrancamos ya el año Beethoven?


Aunque no hay certeza absoluta, es muy posible que Ludwig van Beethoven naciese el 16 de diciembre de 1770 (sí que se sabe que lo bautizaron al día siguiente). Por tanto, en 366 días se cumplirá el 250º aniversario de su venida al mundo, lo cual hace de 2020 un año de celebraciones. No parece, por tanto, esta de hoy una mala fecha para empezar con los fastos, que espero animen un tanto esta mortecina bitácora. Beethoven es mi ídolo musical y, desde luego, un acicate para seguir adelante. 

El año que pronto empieza verá sin duda una avalancha de publicaciones de todo tipo, empezando por las musicales (ya he contado cuatro ediciones en CD de sus obras completas) y siguiendo por las editoriales. Por cierto, si algún editor lee esto y quiere publicar una versión en español de la biografía de Thayer (la considerada aún canónica y, que yo sepa, nunca ha aparecido en nuestro idioma), que sepa que un servidor la tradujo hace tiempo y el texto está a su entera disposición. En su día me puse en contacto con Princeton University Press, la editorial responsable de la versión original inglesa y me contestaron rápida y amablemente, informándome de que ellos no trataban directamente con autores, pero que estarían encantados de hablar con la editorial que quisiera hacerlo. Pero bueno, ya lo dijo San Juan: "Yo soy la voz del que clama en el desierto".

Y bien, como por aquí lo que suelo hacer es poner música, vamos a ello. Os traigo la que se considera primera obra de Beethoven. Se trata de las nueve variaciones sobre una marcha de Dressler (WoO 63). Fueron escritas en 1782 bajo la supervisión de su maestro, Christian Gottlob Neefe, que además se encargó de que fuesen publicadas.


Como colofón, os recomiendo que, si queréis leer buenas biografías de Beethoven busquéis la de Thayer (en inglés) y, si no domináis la lengua de Shakespeare, os decantéis por las de Maynard Solomon o Jean y Brigitte Massin, que están en nuestra lengua. Pero si queréis algo medianamente válido por poco dinero, me atrevo a incluir aquí mi Vida de Ludwig van Beethoven, escrita con mucho cariño (y utilizando fuentes de lo más sólido). Sólo habla de la vida de Beethoven, de sus acontecimientos, éxitos, fracasos, alegrías y miserias, y no incluye análisis musicales, como es lógico, pero sí un catálogo exhaustivo de toda la obra del genio, incluidos los números de opus, los WoO (con anexos) y, lo que no suele ser habitual, todos los números del catálogo de Hess (que son 335 más 66 de anexos). Y por poco dinerito (en versión papel y Kindle). Aquí la podéis conseguir.

1.10.19

Jessye Norman: Los "Cuatro últimos lieder", de Richard Strauss

Tiempo llevaba buscando el modo de resucitar este blog, que espero esté muy activo el año que viene con los fastos beethovenianos. Me ha llegado una excusa, una triste excusa, pues hoy he sabido de la muerte de Jessye Norman, una de las cantantes míticas del siglo pasado. Conozco bastantes grabaciones suyas, pero si hubiese de destacar una es la que os traigo hoy, quizá muy adecuada por el elemento de despedida que contienen esos versos y esa música: los Vier letze Lieder de Richard Strauss, que registró la gran soprano de Augusta a principios de la década de 1980 con la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig dirigida por Kurt Masur.



17.6.19

Beethoven: "Adelaide"

La producción liederística de Beethoven no está entre lo más conocido de su obra. En su época, el lied tal vez seguía siendo "música de sociedad", pensada para un consumo doméstico en los salones burgueses (los aristócratas se podían permitir el lujo de mantener conjuntos de cámara e incluso orquestas enteras y teatros de ópera). Sin embargo, algunas de las piezas exceden ese mundo cerrado de la vida privada de la era Biedermeier. Tal es el caso de esta "Adelaide", escrita a mediados de la década de 1790 sobre un texto de Matthison. La versión es estupenda...

3.6.19

Humperdinck: Cuarteto en do mayor

¿Engelbert Humperdinck? ¿El de Hansel y Gretel? ¿No será el crooner también conocido como Arnold George Dorsey? Pero no, ese no creo que compusiera cuartetos...

Se trata del primero, por supuesto, tan asociado a esa celebérrima ópera y al entorno de Wagner. Sí, también escribió algo de música de cámara. En el fondo soy un romántico y todavía, de cuando en cuando, hago alguna incursión en las cada vez más desabastecidas tiendas de discos por ver qué me encuentro. Y en la última vi un CD del sello cpo (sí, el de los raritos) con música de cámara (los cuartetos, en concreto) de nuestro protagonista. Me pareció curioso y me lo llevé a casa. Aquí tenéis una muestra de este desconocidísimo repertorio (no hay más que ver cómo es el vídeo).



22.4.19

The Moody Blues: "Dawn is a Feeling"

Sin ningún motivo especial, sencillamente porque me parece una canción magnífica (como lo es todo este álbum, quizá uno de los mejores de la historia de la música pop), empezamos con ella la semana y volvemos al trabajo tras la pausa vacacional. Que la disfrutéis.

1.4.19

Mozart: "Una broma musical", KV 522

Hoy, 1 de abril, es el "día de los inocentes" de los anglosajones, así que, ¡cuidado!, las burradas, falsedades y disparates que de forma habitual se leen en las redes sociales puede que hoy sean de broma. Pensando en bromas musicales (que hay muchas) la primera que me viene a la cabeza es esta escrita por Mozart en 1787, titulada así por él (Eine musikalischer Spass). Trompas desafinadas, un solo de violín que acaba como el Rosario de la Aurora (rotura de cuerda incluida) y unos últimos compases que son una anticipación de la Segunda Escuela de Viena son los aspectos más evidentes de esta broma que seguro oculta otras sutilezas solo reconocibles por los expertos. Ahí la tenéis, April Fools...