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26.2.08

La chusca historia del concierto para violín de Schumann

Yelly d'Aranyi (1895-1966)
De la lectura de reseñas biográficas de Robert Schumann se deduce que fue un hombre feliz que logró casi todo lo que se propuso. Dedicarse a la música tras dudar sobre este arte o la literatura, conquistar a la mujer de sus sueños y casarse con ella a pesar de la oposición de su padre, crear un corpus musical paradigmático del romanticismo musical...

Una vida feliz y plena que sólo se quebró al final a causa de la enfermedad. Probablemente fue una sífilis la que llevó a la demencia a Schumann, que le impulsó a intentar suicidarse y que a la postre obligó a recluirle en el manicomio cercano a Bonn en que pasó los dos últimos años de su vida.

Poco antes del ataque final, en el otoño de 1853 (cinco meses después se arrojó al Rin) Schumann escribió su Concierto para violín en re menor, en una efusión creadora que le llevó a componerlo en apenas trece días.

Lo cierto es que al escucharlo uno no puede sino pensar que la enfermedad ya estaba haciendo mella en el compositor. El primer movimiento comienza con una serie de acordes deslavazados de la orquesta que parecen luchar por encontrarse y así formar una melodía, lo cual no consiguen. Algo de esto debió de ver el gran violinista Joseph Joachim (1831-1907), amigo de los Schumann y después de Brahms, para quien fue escrito el concierto. Joachim ni interpretó jamás el concierto en público ni permitió que se diera a la imprenta. Es más, estipuló en su testamento que no saliera a la luz hasta al menos cien años después de la muerte de Schumann.

Sin embargo no fue en 1956 cuando se estrenó, sino 19 años antes. Lo chusco de la historia viene aquí precisamente. Joachim tenía una sobrina nieta, Yelly d'Aranyi (nacida en Budapest en 1895 y muerta en Florencia en 1966), violinista como él, que en 1933 empezó a decir públicamente que el fantasma de su tío abuelo e incluso el de Schumann se le estaban apareciendo para hablar de la existencia de ese concierto inédito y oculto e instando a quienes correspondiese para que lo buscasen. Esto, que normalmente hubiese hecho que se la tomase por loca, fue sin embargo seriamente considerado nada menos que por el influyente crítico musical británico Sir Donald Tovey (1870-1940), íntimo amigo que fue de Joachim, que llegó a decir que tenía "una convicción positiva de que el espíritu de Schumann" estaba inspirando a la violinista...

El caso es que tanto debió de insistir la señorita d'Aranyi que finalmente se encontró la obra; se encargó su estreno a Yehudi Menuhin. Pero entretanto llegó el nazismo al poder y el violinista judío fue, por lo tanto descartado. Definitivamente fue Georg Kulenkapmpff quien lo presentó al público en un concierto con la Orquesta Filarmónica de Berlín en noviembre de 1937.

De esta forma los seres del otro mundo consiguieron dar a conocer a los mortales esta extraña y demencial obra...

12.11.07

Los discos de la isla desierta: Berg por Perlman y Ozawa

Alban Berg - Igor Stravinsky
Violin Concertos - Violinkonzerte
Ithzak Perlman - Boston Symphony Orchestra - Seiji Ozawa

Deustche Grammophon - The Originals 447 445-2

Grabado en 1978-86

He de confesar que en mis primeros pinitos como aficionado a la música tenía terror a todo lo que se saliese de la armonía tradicional. Estaba acostumbrado a escuchar en la radio y, a veces, en la televisión, música contemporánea de la más extraña y ruidosa, que muchas veces me hacía daño al oído. No se me olvida cierta ocasión en la que del aparato de radio salían ruidos de monedas, sonidos guturales, gemidos y otras lindezas; a veces, se hacía el silencio y una voz solemne decía: "Canto segundo". Después de un rato, la misma voz decía "Fin de los cantos" y el locutor nos anunció que acabábamos de escuchar los Cantos desde mi hígado. Siento no recordar su autor. Entonces me horrorizó. Hoy en día estoy más curtido.

Cómo sería la cosa, que cuando se empezó a hablar de Mahler en España (nos guste o no, de la mano de Alfonso Guerra), yo no tenía muy claro si me iba a gustar, pues no sabía si D. Gustav había ya traspasado los umbrales de la tonalidad. Hasta que no leí claramente que sus sinfonías estaban en una tonalidad concreta, no me animé a comprarlas...

Con esas actitudes, fue díficil que llegase tempranamente a valorar la llamada Segunda Escuela de Viena. Si bien mi curiosidad de aficionadillo se exacerbaba más y más y me llevaba a apuestas cada vez más arriesgadas, aún no me atrevía con el paso "definitivo": la atonalidad, el serialismo y... lo que viniera después.

Fue la casualidad la que me presentó la música de Berg. En plena efervescencia bartokiana compré una grabación de El castillo de Barbazul (firmada por Antal Dorati) que como complemento llevaba una obra de Berg: las tres piezas de Wozzeck. Me gustó y me enganchó, así que de ahí a conseguir una grabación de esta emotiva obra, su Concierto para violín, fue un paso.

Se dice que Berg es el más "comunicativo" de los Tres de la Segunda Escuela de Viena (los otros son Schoenberg y Webern, en el caso improbable de que alguien no lo sepa), un romántico hasta el final, que aplica las normas de su maestro de una manera que muchas veces nos sirve de ejemplo para demostrar que más que ruptura estos señores llegaron a su lenguaje por la vía de la evolución.

Este concierto, subtitulado "A la memoria de un ángel", fue la última obra que completó Berg antes de su muerte en 1935. El motivo que lo inspiró fue la muerte de Manon Gropius, hija de Walter y Alma Gropius (la viuda de Mahler), a los 18 años de edad. Berg interrumpió la composición de su ópera Lulu para emprender el trabajo en el concierto y no vivió para completar su segunda obra para la escena. El estreno tuvo lugar en Barcelona cuatro meses después de la muerte de Berg y sólo tres antes del estallido de la guerra civil española y estuvo a cargo del violinista que lo encargó, el norteamericano Louis Krasner.

Acompañan a esta clásica grabación de Perlman y Ozawa otras dos obras: el Concierto para violín en re mayor de Stravinsky, obra de 1931 escrita para el violinista Samuel Dushkin y que es uno de los puntos culminantes de su periodo neoclásico y, aunque no aparece en la cubierta, Tzigane, de Ravel (en este caso con la Filarmónica de Nueva York y Zubin Mehta), un típico arabesco exótico de los que tanto gustaban al compositor francés.

(Dedico este texto a mi estimado contertulio Singer, que sé que es un apasionado de esta obra)